Otro motivo más para no poner la X en la renta, y van…
Nadie se podrá extrañar en el seno de la Iglesia Católica cuando miles de contribuyentes decidan dejar de enviarles parte de sus impuestos a través de la declaración de la renta. Y es que lo están poniendo muy difícil por el comportamiento de sus representantes en Cataluña, donde por acción u omisión siempre acaban favoreciendo a los golpistas que han tratado de convertir la legalidad vigente en un guiñapo. El último caso es la misa de este pasado fin de semana donde se homenajeó a los Jordis, al ex consejero Joaquim Forn —»el talibán del independentismo»— y al ex vicepresidente de la Generalitat Oriol Junqueras.
Una ceremonia que poco tuvo que ver con lo religioso y mucho con lo político. Se pudo ver un gran lazo amarillo en el altar y fotografías de esos líderes secesionistas. Lo peor es que la Archidiócesis de Barcelona ha rechazado condenar este aquelarre independentista. Tanto en este caso como en los sucedidos en las últimas semanas, caen constantemente en el silencio connivente cuando no en el apoyo implícito. Si bien el perdón está bien arraigado en los preceptos eclesiásticos, como decía el escritor italiano Baldassare Castiglione: «Perdonando demasiado al que yerra se comete una injusticia con el que no yerra». ¿O sería la Iglesia tan tolerante a la hora de celebrar una misa por los niños que han sido violados en todo el mundo por los sacerdotes?
Los servidores eclesiásticos deberían ocuparse de hacer el bien, de atender a los más necesitados y de convertir su existencia en una vida de estudio, culto y reflexión. Si quieren hacer política, primero han de abandonar los hábitos. Mezclar una cosa con la otra, además de ser contraproducente para la propia institución, es una perversión de ambas actividades. Un claro ejemplo de ello es la monja argentina Sor Lucía Caram, que llora por los golpistas presos contradiciendo a los legítimos tribunales al decir que el único delito de estos es «amar la libertad». Si fuera coherente, Caram abandonaría su labor actual y se dedicaría a construir un mundo mejor desde la política. Su país natal, Argentina, sería un buen sitio para comenzar: los niveles de corrupción y violencia quintuplican los de España tras el paso de los Kirchner. En nuestro país, al menos por ahora, la ley funciona. La Iglesia parece obviarla al ponerse del lado de los que no saben ni quieren respetarla.
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