Licenciados en totalitarismo
El escrache al que fueron sometidos en la UAB Alejandro Fernández, Maite Pagaza, Manuel Valls y Cayetana Álvarez de Toledo vuelve a poner de manifiesto hasta qué punto el radicalismo se ha adueñado de la universidad, donde llueve sobre mojado. No en vano, la entidad convocante del acto que despertó la ira de la jauría cupera, S’ha Acabat, lleva siendo hostigada por este y otros grupúsculos desde su fundación, en una flagrante violación de las libertades asociativa y de expresión, y del más elemental sentido de la convivencia. La epidemia no es privativa de esta institución. No hace un año, una banda de extremistas reventó en la Universidad de Barcelona una conferencia sobre Cervantes en la que debía intervenir, junto con otros ponentes, el historiador Ricardo García Cárcel. Los asistentes, convocados por Sociedad Civil Catalana, fueron insultados, amenazados y zarandeados por un centenar de camisas pardas que, al igual que los sujetos que el jueves la emprendieron con Álvarez de Toledo y el resto de los oradores, se arrogaban la potestad de dictar qué actividades se celebran en el centro y cuáles no tienen cabida en él. La criba no tiene misterio: las favorables a la Constitución Española jamás se libran de la tunda.
Hace 9 años, yo misma sufrí, acompañando a Rosa Díez, el boicot en la UAB de la quinta de niñatos que entonces gobernaba el Campus. Recuerdo cómo Salvador Cardús, todo un decano, imploraba, y digo bien, ‘imploraba’ a un individuo que se había sentado sobre la mesa del estrado que depusiera su actitud, pues con ella (‘¡No seas ingenuo!’, le decía) le estaba haciendo ‘el juego’ a los españolazos. Nada de qué asombrarse, pues el compadreo entre rectores y revoltosos estaba y está a la orden del día, como quedó patente la semana pasada. Añádase a ello la circunstancia de que la policía no suele estar presente en las universidades (un vestigio inexplicable, pues obedece a la preservación del alma máter como templo de la libertad, que es precisamente lo que la turba, con la complicidad de sus mayores, impide que sea) y el cuadro (clínico) estará completo.
No se trata de un fenómeno exclusiva ni fundamentalmente catalán, como evidencia el caso de la madrileña Complutense, donde la propia Rosa Díez sufrió el sabotaje de Pablo Iglesias, profesor de la casa, acompañado de sus acólitos. Ni tan siquiera se circunscribe al ámbito universitario español. La aversión a la discrepancia que suponen los escraches, con el consiguiente deterioro del pluralismo político y académico, y lo que el psicólogo social Jonathan Haidt llama “infantilización” de las mentalidades, es una tendencia que caracteriza a buena parte de los ámbitos culturales, educativos y políticos de lo que aún llamamos Occidente.
La moda anglosajona de los llamados “espacios seguros”, la mengua creciente y bien documentada de la diversidad ideológica dentro de nuestras universidades, donde las voces liberales y conservadoras cada vez encuentran más difícil acomodo, y la asfixia del debate público son fenómenos claramente relacionados. En un entorno donde el espectro de lo que es correcto pensar y discutir cada vez se estrecha más y donde la protección de las identidades prima sobre el desafío intelectual, y en definitiva la búsqueda de la verdad mediante el uso de argumentos convincentes, las personas corren el riesgo de perder el hábito de disentir de forma civil. Irónicamente, esta obsesión posmoderna por ciertas identidades seguras, a menudo bendecidas por la izquierda hegemónica, relativista y poscolonial nos está llevando a un espacio público posliberal donde el silencio, la censura, o la violencia son la única respuesta disponible. Malas noticias para nuestra democracia.
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