Opinión

Haciendo mucho ruido

Con casi diez años de retraso, alguien ha querido que los españoles viéramos cómo fue aquel Comité Federal del PSOE que terminó con la dimisión de Pedro Sánchez después de que la mayoría de sus miembros rechazara las propuestas del hasta entonces secretario general. Lágrimas, gritos, insultos, intentos de agresiones y, sobre todo, un bochornoso espectáculo que se origina a partir de las obscenas maniobras de Sánchez para impedir ser descabalgado, a través del cauce establecido por los estatutos del partido, de la Secretaría General.

Emiliano García Page, en un premeditadamente incompleto relato de lo sucedido, habla de intento de pucherazo, y llega a acusar más que veladamente de tramposos, amorales y antidemócratas a los que organizaron aquel caos. Insiste, no obstante, en guardarse algún escabroso y esclarecedor detalle; quizá es porque sabe que necesitará munición el día que el sanchismo, del que él reniega, venga a pasarle la cuenta.

Karl Marx completaba a Hegel y escribió en su 18 de Brumario de Luis Bonaparte que si los grandes hechos y personajes de la historia aparecen dos veces, la primera es como tragedia y la segunda es como farsa. Y debe ser por eso que, pocos meses después, Sánchez volviera a lomos de los más cafeteros, ambiciosos y sectarios, o quién sabe si de otro pucherazo. Total, el que hace un cesto hace cientos.

La gran farsa del personaje y de sus consecuencias será, sin duda, de trascendencia histórica, pero de lo ocurrido en aquel Comité del 1 de octubre de 2016 (justo ochenta años después de que, con oscuras maniobras y chantajes, Franco fuera elevado a Generalísimo y jefe del Gobierno del Estado, comenzando formalmente la dictadura) debemos quedarnos con la convicción de una desasosegante amenaza: Sánchez no se irá sin hacer ruido.

El sanchismo ha traído de vuelta una corrupción económica que, lamentablemente, parece que nunca se fue del todo, pero que ahora afecta a la cabeza, al corazón y hasta a las partes pudendas del régimen. Y aún peor es la corrupción política, que comenzó con las alianzas y concesiones con las que se conformó y que ha ido creciendo hasta la implicación transversal de multitud de instituciones y poderes públicos. Por otro lado, y cada vez les resulta más difícil obviarlo, no solamente nos han empobrecido con lo que nos han robado, sino con la incontinencia en el gasto público y con una política fiscal casi confiscatoria. Los últimos informes de la OCDE o de FEDEA son casi trágicos: reducción de los salarios reales y pérdida de capacidad adquisitiva (divergiendo con los países más ricos) y crecimiento de la tributación directa hasta rozar el 40% de los rendimientos del trabajo. Y a cambio de ese expolio, los servicios públicos ni mejoran ni llegan mejor a los contribuyentes, reduciéndose el número de familias de clase media que tienen un balance positivo entre lo que aportan y lo que reciben del Estado.

Pero al sanchismo no le bastará con dejarnos empobrecidos ética y económicamente, sino que va a dejar a la sociedad española polarizada y enfrentada como no lo estaba desde hace noventa años. El famoso muro es más una alegoría que una metáfora; lo han construido sólidamente con la exhumación del odio y el revanchismo que la transición había enterrado.

Y ese enfrentamiento interno puede reproducirse en el exterior, promoviendo un cambio en la política de alianzas que da mucho vértigo; que nos distancia de nuestros aliados y que, como en aquella comedia en la que Clooney hacía de abogado matrimonialista, nos deja expuestos. El rey Mohamed VI de Marruecos aparece (cuando aparece) muy desmejorado y se oye que tiene una salud muy quebrantada y que no vivirá muchos años. Es muy posible que, como su abuelo Mohamed V, quiera irse haciendo ruido; y es también posible que el príncipe Moulay Hassan quiera llegar, como hizo su abuelo Hasán II, haciendo más ruido. Y ya sabemos que a estos monarcas alauitas el ruido que más les gusta es el de aprovechar los momentos de debilidad y aislamiento de España.

En menos de veinte días el PSOE y el sanchismo habrán completado el ciclo de derrotas en elecciones autonómicas con la más severa de todas. A pesar de ello y de la absoluta parálisis legislativa o de la barahúnda administrativa y de gestión de los servicios públicos (huelga de médicos, un año del inexplicado apagón, caos ferroviario…), Sánchez no ve, como en julio de 2023, una ventana de oportunidad; seguramente porque no existe y porque no puede irse con el Gobierno, el partido y la familia sentados en el banquillo.

Así que no, no será antes de que toque y no será sin hacer ruido, porque Sánchez nunca ha hecho algo con discreción, honor y elegancia. Así que habrá que esperar un año más; y con los dedos cruzados para que, con la misma desfachatez con la que dicen no darse las condiciones para presentar los presupuestos, no nos digan que tampoco se dan para convocar elecciones. Será, por tanto, como dice la canción de Sabina: …y hubo tanto ruido que al final llegó el final.