Hacer de la necesidad vicio
El argumento con el que el PSOE justifica su alianza estratégica con todos los socios que componen el sanchismo ha sido el haber conseguido que, componiendo unas mayorías de progreso, la derecha no alcanzara el poder. Sobre todo, y ese se convierte en el principal reclamo para cerrar filas, porque para alcanzarlo tenía que auparse en una «ultraderecha franquista, machista y negacionista».
A Pedro Sánchez ese argumento le ha debido parecer imbatible (como los tomates españoles) en vista de lo exitoso que se demostró en el final de la campaña de las elecciones de julio. Pero el que siga sirviendo para movilizar a un electorado que desmoviliza la deriva socialista, no convierte en verdadero el contenido del argumento. Para Sánchez sí, porque él equipara la verdad a la realidad, pero no es cierto que los gobiernos de la derecha sean esencialmente malos, ni, aunque lo fueran, es moralmente aceptable evitar un mal permitiendo o impulsando otros mayores.
El Partido Popular mantiene gobiernos de coalición con Vox en cuatro comunidades autónomas y, en otras, gobierna con apoyos más o menos implícitos del partido de Abascal. Estos ejecutivos autonómicos tienen ya más de seis meses y, transcurrido este tiempo, no se manifiestan, ni lo harán, las políticas racistas, las restricciones de libertades o los retrocesos de derechos sociales con que asustaban desde la izquierda.
Al contrario, el Gobierno de Sánchez realiza día a día el pago de las deudas o, más bien, de los chantajes mafiosos del sanchismo y no hay ni una de las políticas o concesiones que se pueda poner en positivo. Por increíble que parezca, ninguno de los socios que acompañan al PSOE en la versión 2.0 del sanchismo está por defender la constitución y, aún peor, todos ellos reconocen que la acrecida situación de poder con que les recompensa Pedro Sánchez les coloca en una mejorada posición para combatirla.
Nadie en el PSOE puede afirmar, sin que se le dibuje una cínica sonrisa, que con la concesión de la alcaldía de Pamplona a Bildu y los oportunísimos socorros a los presos etarras, con los indultos y la próxima amnistía a los políticos golpistas catalanes, o con los futuros apoyos a gobiernos de PNV y ERC, se estén defendiendo las instituciones constitucionales o contribuyendo a favorecer los intereses de la mayoría de los españoles.
¿Y en Galicia? ¿Cuál sería el motivo para apoyar en Galicia a un partido anticonstitucional, antimonárquico, antisistema… anti todo?
La excusa de que se evita la llegada de la ultraderecha es más falaz y artificiosa que nunca, ya que allí Vox ni es ni será un actor relevante. Y, sin embargo, un tercer gobierno autonómico con ideología y vocación secesionista es un riesgo inmenso para Galicia y para toda España.
Para el propio PSOE, que pagará el ser Sánchez presidente siendo una comparsa en País Vasco y Cataluña, haberse convertido, por otro desembolso de ese mismo trato, en el mamporrero del BNG, será un golpe definitivo. En Galicia muchos socialistas no saben ni quién es su candidato, el del PSOE, porque es evidente que el del sanchismo es la bloquista Ana Pontón.
Y es que el sanchismo, aunque es un gran éxito para los socios periféricos que lo conforman y para sus aspiraciones, es un fraude y una gran ruina para los españoles y una evidente amenaza para el régimen constitucional. Pero, además, es también una ruina para un partido socialista que nunca ha tenido menos ascendencia y que quema sus principios y su poder territorial para mantener a su líder en la Moncloa.
Las alianzas estratégicas del PSOE son en realidad tácticas ambiciosas y mentirosas, y de la necesidad de componerlas que tiene Pedro Sánchez no se extrae ninguna virtud, sino únicamente el vicio de mantenerse en el poder.
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