Opinión

Guerra sin fin entre Ucrania y Rusia

  • Pedro Fernández Barbadillo
  • Columnista de Internacional. En la editorial Homo Legens ha publicado 'Eternamente Franco' y 'Los césares del imperio americano'. Su último libro es 'Eso no estaba en mi libro de historia del Imperio español' (Almuzara).

Cuando el 24 de febrero de 2022, los blindados y los camiones rusos penetraron en Ucrania, el presidente Vladímir Putin estaba convencido, porque así se le habían asegurado sus generales, de que la «operación militar especial» duraría unos pocos días. La campaña ha superado en duración otras guerras en las que ha intervenido Rusia, como la de Crimea, en el siglo XIX, y las dos mundiales. Sólo la guerra de Afganistán ha durado más, nueve años.

Según los planes elaborados en el Kremlin, el presidente ucraniano, el cómico Volodímir Zelenski, elegido en 2019, huiría en avión, caería el gobierno y se instauraría uno nuevo prorruso, todo antes de que Estados Unidos, Alemania y las demás potencias de la OTAN pudieran reaccionar. Pero Zelenski se negó a abordar un avión; y los soldados ucranianos, en vez de dispersarse o unirse a los «libertadores», les atacaron como a invasores. La «desnazificación» de Ucrania se atragantó a los rusos.

Ante la resistencia de los ucranianos, Estados Unidos y Gran Bretaña, ya presentes en el país, para reorganizar su aparato militar contra los rebeldes de las regiones de Donetsk y Lugansk empezaron a mandar ayuda. En las semanas siguientes, se les unieron los demás miembros de la OTAN, incluso España, cuyo gobierno de izquierdas al principio anunció el envío de «armas defensivas».

Aunque Ucrania ha perdido un 20% de su territorio, ni el gobierno de Kiev ni el frente se han hundido. Rusia ha conseguido unir por tierra la península de Crimea, donde se encuentra el único puerto en aguas tibias que tiene su armada, con la masa continental rusa. Pero ha fracasado en provocar la caída del régimen pro-occidental y en alejar a la OTAN de sus fronteras, ya que se han incorporado a la alianza Finlandia (2023) y Suecia (2024), hasta entonces neutrales. Además, el estancamiento de la guerra está provocando la pérdida de autoridad en las antiguas repúblicas soviéticas.

Ucrania resiste gracias al apoyo de la OTAN. Aparte del armamento y de todo tipo de suministros, la OTAN comparte su inteligencia de señales (sigint), obtenida mediante satélites y escuchas de radio, con las fuerzas armadas ucranianas, lo que les permite a éstas bombardear objetivos hasta en el interior de Rusia con HIMARS o drones.

El número de bajas militares es desconocido. Ucrania ha perdido alrededor de 10 millones de habitantes desde el inicio de la guerra, entre quienes han muerto, han huido o viven en zonas ocupadas. El número de bajas militares, aunque secreto por ambos bandos, se calcula en 1,2 millones por parte rusa y por debajo de la mitad por parte ucraniana.

La economía rusa no se ha hundido a causa de las sanciones aplicadas por Occidente. Ha seguido exportando materias primas, como petróleo y gas natural, a China, India y a varios países europeos. A estos últimos, Donald Trump los abroncó por alimentar la máquina bélica del enemigo. En los últimos meses, debido a la bajada del precio del crudo y al reforzamiento de las sanciones, las exportaciones rusas y, por tanto, los ingresos dinerarios están disminuyendo.

Mientras la guerra ha quemado el alma de todos los ucranianos, los rusos que viven en Moscú, San Petersburgo (las dos juntas suman 18 millones) y otras grandes ciudades apenas la sienten, salvo cuando se produce un ataque con drones que bloquea los aeropuertos o destruye una refinería, o con motivo de algún atentado contra un alto mando militar. Ni el reclutamiento ni el desabastecimiento afectan a los privilegiados.

Otra de las bajas es el mito de que «el ruso es el segundo ejército más poderoso del mundo». La estrategia que sigue aplicando su estado mayor abunda en ataques frontales y el envío de tropas de infantería en oleadas sucesivas contra las posiciones enemigas. Las baladronadas y amenazas de Putin y de su corte, como el expresidente Dimitri Medvédev, a los países que se unían a la OTAN o a toda Europa si se cruzaban sucesivas líneas rojas (como ataques en el interior del país con armas de la OTAN) tampoco se han cumplido. Sin embargo, Rusia sigue teniendo el mayor arsenal nuclear, por encima de Estados Unidos.

Para aguantar las campañas, ambos gobiernos están recurriendo a reclutar extranjeros (kenianos, colombianos, georgianos, sirios…). Moscú ofrece a los reclusos condenados por delitos como el asesinato el indulto a cambio de un período de servicio de varios meses. El régimen comunista de Corea del Norte ha mandado a varios miles de militares al frente. En apoyo de Ucrania se formó una Legión Internacional, cuyos miembros se distribuyeron entre otras unidades en 2025.

Esta guerra de desgaste ha aportado una gran novedad tecnológica: los drones. Los pequeños se usan para matar soldados o destruir carros y los mayores para atacar grandes instalaciones o cazas. La flota del mar de Negro ha abandonado Sebastopol para escapar de los drones ucranianos, tanto aéreos como submarinos. Estos aparatos están cumpliendo en el frente la finalidad de la aviación, las trincheras y los campos de minas: inmovilizar a los combatientes y obligarles a ocultarse.

Rusia puede contar dos victorias políticas. Desde el principio del conflicto, fuera del ámbito del Atlántico norte, el resto del mundo no se ha sentido concernido por esta «violación del orden internacional», como se comprueba en las votaciones de la ONU y en la baja aplicación de las sanciones.

La segunda, más trascendental, es la discrepancia dentro de la OTAN entre Estados Unidos y el resto de sus miembros, sobre todo el Reino Unido (el más belicista) y los orientales. Para los europeos, Rusia es un peligro palpable y cercano. Algunos políticos e intelectuales de izquierdas y de cierta edad que nunca condenaron la expansión de la URSS, en cambio ahora tiemblan por la amenaza rusa.

¿Por qué Putin no está aprovechando los deseos de Trump de llegar a un armisticio o alto el fuego, cuando incluso el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, después de una reunión con el norteamericano, declaró que Ucrania no ingresaría en la alianza? ¿Porque el viejo oficial de la KGB no puede admitir ese “empate” después de cuatro años de triunfalismo?, ¿o porque cree que el tiempo trabaja a su favor y que Trump, o quien le suceda, se cansará de la guerra o bien surgirá otra crisis que le obligue a retirarse?

Mientras tanto, las oligarquías europeas usan la guerra para justificar sus planes de control social y de desmantelamiento de las naciones. Los gobiernos, con la colaboración de la Comisión Europea, están aumentado sus deudas públicas para pagar los planes de rearme anunciados. El ministro de Asuntos Exteriores español, José Manuel Albares, declaró en una entrevista que es partidario de disolver los veintisiete ejércitos nacionales en uno europeo.

De cumplirse este sueño de burócrata, ¿bajo qué mando se pondría?, ¿con qué objetivos?, ¿tropas españolas defenderían los intereses de Francia en África o la base británica de Gibraltar?

El tiempo transcurre, las negociaciones entre Rusia y Ucrania en Ginebra no llegan a ninguna conclusión y sigue muriendo gente por unos metros cuadrados de llanura.