Opinión

¡Es el Frente Popular! Por eso no caerá Sánchez

Por increíble que parezca, una de las grandes características de la historia es que resulta predecible porque se repite de tanto en cuando, porque es simple y llanamente la misma, con diferentes actores pero siempre, absolutamente siempre, un mismo guión. Y al hilo de todo esto no está de más recordar que fue precisamente un filósofo español pasado por Harvard, Jorge de Santayana, el que en los albores del siglo XX acuñó una frase que resume mejor que nada ni nadie cuanto estoy diciendo: «Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla».

El Frente Popular representó, en contra de lo que sostiene el asqueroso y falsario wokismo, una tragedia cuasiinsuperable para España. Que no miento lo certifica el evidente hecho de que 90 años después el guerracivilismo continúa vivito y coleando en nuestro país. Robaron las elecciones de febrero de 1936 instaurando desde el poder un reinado del terror que consistía en la quema de iglesias, el asesinato de curas y adversarios políticos, la violación de monjas y la expropiación forzosa sin justiprecio de bienes de lo que ellos denominaban «la burguesía». Odio u hodio en resumidas cuentas.

Los diferentes consejos de ministros del Frente Popular estuvieron esencialmente conformados por el PSOE, el Partido Comunista de España (PCE), la Izquierda Republicana de Manuel Azaña, ERC y Acció Catalana, con la colaboración ocasional del PNV y el respaldo incondicional del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Vamos, que eran los mismitos que ahora sostienen a Pedro Sánchez, con la única ausencia de esa ETA-Bildu que entonces no existía y Junts, que salvando las distancias tal vez sea un sucedáneo posmoderno de Acció Catalana. El rol de PCE y POUM lo juegan ahora Sumar y el jibarizado Podemos del delincuente Pablo Iglesias.

Padecemos en España una reedición de ese Frente Popular que se llevó por delante nuestro primer gran experimento de libertad plena

La obsesión del Frente Popular era transformar España en un satélite de la Unión Soviética, el régimen que más rivales y disidentes ha eliminado físicamente en la historia de la humanidad. Tan cierto es que el franquismo fue una dictadura, y como tal absolutamente rechazable, como que sin el terror infinito del Frente Popular ni la Segunda República hubiera resultado un gatillazo institucional ni el general más joven de la historia de Europa hubiera permanecido en el machito 36 años.

Pues eso, que lo que llevamos padeciendo ocho años en España es una reedición de ese Frente Popular que se llevó por delante nuestro primer gran experimento de libertad plena, eso que el gran Stanley G. Payne denominó «la primera democracia española». Sobra recordar que la Primera República fue poco más que una bufonada.

La gran diferencia entre aquel Frente Popular y el de nuestros días es que en el de la Segunda República estaban permanentemente a gorrazos entre ellos y éste está sólidamente unido y cohesionado, precisamente porque ciñéndose al consejo de Santayana no quieren que se repita la historia. El objetivo es el mismo: destruir la alternancia dinamitando el espíritu de la Constitución y cargarse la unidad de España. Idéntico libreto al del periodo iniciado en febrero de 1936 con esos comicios generales robados vía pucherazo.

La puesta en libertad o en semilibertad de 225 etarras, multiasesinos bastantes de ellos, la banalización de ese terrorismo que asesinó a 856 españoles e hirió a miles, la cesión de toda suerte de competencias a País Vasco y Cataluña, incluido el 100% de las tributarias a esta última autonomía, la amnistía a los cabecillas condenados por el 1-O y un largo etcétera ratifican que este Frente Popular parido en 2018 con una moción de censura facilitada por un prevaricador párrafo en la sentencia de Gürtel camina por los mismos derroteros que el anterior.

El objetivo es idéntico: destruir la alternancia dinamitando el espíritu de la Constitución y cargarse la unidad de España

Existe otro paralelismo que acojona. Lluís Companys, un criminal que fusiló a 8.000 rivales políticos, mayormente religiosos, declaró en 1934 el Estado Catalán dentro de la República Federal Española [sic] aprovechando esa mal llamada Revolución de 1934 que no fue sino un golpe de Estado en toda regla. El ilerdense fue condenado por el Tribunal de Garantías Constitucionales a 30 años de cárcel por establecer la independencia por su cuenta y riesgo, la Generalitat fue intervenida por el Ejecutivo central y la autonomía suspendida. Apenas año y medio después, el 23 de febrero de 1936 —ojito a la fecha—, quedó libre de todos los cargos que pesaban sobre él en sentencia firme gracias a una amnistía. Literalmente lo que ocurrió en España con Puigdemont y Junqueras.

En cualquier democracia de calidad un presidente del Gobierno con ciento veintitantos colaboradores imputados, procesados o encarcelados habría dimitido o llamado a las urnas. En Francia, Reino Unido, Dinamarca, Suecia o Austria un primer ministro con el cónyuge tetraprocesado y el hermano biprocesado duraría en la poltrona menos que un caramelo a la puerta de un colegio. Y Olaf Scholz, correligionario de Pedro Sánchez, convocó elecciones en 2025 tras no haber podido aprobar los Presupuestos y las perdió. Aquí no sólo seguimos con las cuentas públicas refrendadas por el Parlamento en 2022 sino que, además, nuestro caudillo ha incumplido la obligación constitucional de presentarlos durante toda esta legislatura.

Hará cosa de año y medio me jugué una angulada en ese templo gastronómico que es Kulixka con José Luis Martínez Almeida. Él sostenía que el caudillo agotaría la legislatura; un servidor que caería antes del pasado verano o que en el peor de los escenarios no se comería el turrón. Mi información privilegiada me permitía vaticinar que no llegaría a Navidad por el universo de corrupción que se le venía encima. Ganó el alcalde. La cuestión está clara. PSOE, Sumar, las cenizas de Podemos, PNV, ERC, Junts y ETA tienen un objetivo común: cargarse la unidad de España y transformar nuestra antaño envidiada democracia en una autocracia en la que gobierne monopolísticamente la izquierda mientras independentistas vascos y catalanes gozan de la independencia de facto. La ética en la vida pública les importa un comino. Y para ese diabólico objetivo resulta fundamental mantener artificialmente con vida al marido de la cuatro veces presunta delincuente. Olvidémonos, pues, de mociones de censura salvo giro inesperado del más coherente de todos ellos, Carles Puigdemont.

Y, como quiera que vivimos un constante déjà vu, corremos el serio riesgo de que a la derecha le birlen las elecciones del año que viene o cuando le venga en gana al autócrata que se celebren. Así como en 1936 se alteró el veredicto de las urnas con la falsificación de las actas electorales, ahora el PSOE pretende con la aquiescencia de todos sus aliados robar legalmente los próximos comicios con esa ley de Memoria Democrática que permitirá votar a 2,5 millones de presuntos nietos de exiliados. Un tangazo que alterará para muchas décadas nuestro censo y que puede provocar que el Frente Popular se convierta en hegemónico y triunfe donde antes fracasó estrepitosamente. Si Dios no lo remedia, acabaremos en Venezuela o Rusia previa escala en México o Turquía.