Opinión

La España de Sánchez es, para Trump, «un caso perdido»

  • Carlos Esteban
  • Columnista de Internacional. Quince años en el diario líder de información económica Expansión, entonces del Grupo Recoletos, luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico Alba, escribió opinión en Época, en La Gaceta y ahora como freelance en OKDIARIO.

«España es un caso perdido». Con esta frase despachó Donald Trump a nuestro país durante la primera jornada de cumbre de la OTAN celebrada en Ankara, antes de ordenar públicamente estudiar represalias comerciales y asegurar que no quiere mantener relación comercial alguna con España.

En el último año y pico, creo que todos hemos aprendido a relativizar las balandronadas del presidente norteamericano y la probabilidad de que cumpla esta última amenaza es, por decir poco, escasa, sobre todo porque la política comercial corresponde a la Unión Europea. Pero no es esa la cuestión en este caso y otros similares en los últimos meses; la cuestión es que nunca antes un presidente estadounidense había convertido a España en el blanco preferente de sus ataques dentro de la Alianza Atlántica. Dicho de otra manera: no es Trump, es Sánchez.

Ankara no ha sido un episodio aislado, sino el último capítulo de una secuencia que lleva meses construyéndose. Primero llegaron los choques por el aumento del gasto militar exigido por Washington. Después, las críticas españolas a la estrategia estadounidense en Oriente Próximo. Más tarde, la negativa del Gobierno a facilitar determinadas operaciones relacionadas con el conflicto con Irán. Finalmente, la cumbre de la OTAN convirtió ese desencuentro en un enfrentamiento público con nombres y apellidos. España, tradicionalmente uno de los aliados más discretos de Estados Unidos, ha pasado a convertirse en el enfant terrible de la Alianza.

Y ni siquiera estamos ante una actitud geopolítica errónea pero coherente o siquiera basada en criterios ideológicos. Responde a la principal motivación de nuestro presidente, quizá ya la única: el cálculo electoral. Sánchez parece haber encontrado un espacio político muy rentable: presentarse ante una parte de la izquierda internacional como el dirigente occidental que con mayor claridad desafía a Donald Trump, cuestiona la política israelí y reclama una autonomía estratégica europea frente a Washington. Igual que puede decretar que decidan nuestro Parlamento desde Buenos Aires o La Habana o meter de golpe a millones de extraños venidos de los cuatro puntos cardinales, todo por seguir en Moncloa, ha decidido que jugar al audaz caballero debelador de gigantes imperiales le puede dar votos.

Tiene sentido, si lo piensan. Cada choque con Trump genera titulares internacionales. Cada desencuentro con Israel refuerza una imagen de liderazgo moral entre determinados sectores progresistas europeos y latinoamericanos. La política exterior deja así de ser un ámbito reservado a los intereses permanentes del Estado para convertirse en una prolongación de la batalla política nacional. Pero a qué precio.

Estados Unidos figura entre los principales socios económicos de España. El intercambio comercial entre ambos países supera ampliamente los 40.000 millones de euros anuales, mientras las inversiones estadounidenses sostienen decenas de miles de empleos en sectores industriales, tecnológicos y financieros. A ello se añade una cooperación militar que lleva décadas articulándose alrededor de las bases de Rota y Morón, piezas esenciales tanto para la defensa española como para la presencia estadounidense en el Mediterráneo. Israel, por su parte, se ha convertido durante los últimos años en un socio tecnológico de primer nivel en ámbitos como la ciberseguridad, la inteligencia artificial aplicada a la defensa o los sistemas de vigilancia.

Y ahora viene la parte ridícula: poco o nada de esta chulería antiamericana va más allá de la retórica. Las grandes estructuras de la relación permanecen prácticamente intactas. España sigue formando parte de la OTAN. Las bases estadounidenses continúan operando con normalidad. No se han roto relaciones diplomáticas con Israel. Tampoco se han denunciado los acuerdos estratégicos con Washington. La distancia es enorme entre el lenguaje utilizado en los discursos y la prudencia que termina imponiéndose cuando llega el momento de tomar decisiones irreversibles.

Eso no significa que las palabras carezcan de consecuencias. Las relaciones internacionales funcionan también sobre percepciones, confianza y expectativas. Los gobiernos pasan. Las alianzas permanecen. Y cada episodio de confrontación pública deja un pequeño sedimento que puede condicionar negociaciones futuras sobre comercio, defensa o inversiones.

El presidente Theodore Roosevelt resumía en una frase cuál debía ser la actitud de Estados Unidos en política internacional: hablar suave y llevar un gran garrote. Nuestro presidente le ha dado la vuelta para aplicarla a nuestras relaciones con Estados Unidos: vocifera como un matón de bar y no tiene media bofetada.

Es una apuesta arriesgada. Porque las campañas electorales duran unas semanas. Las relaciones entre Estados suelen durar décadas. Y cuando un gobierno convierte la política exterior en un escenario más de la confrontación partidista, el rédito inmediato puede ser considerable. La incógnita es quién acaba pagando la factura cuando los focos se apagan y llega el momento de volver a sentarse alrededor de la misma mesa.