España, ay, España… ¿Qué le pasa a España?
España, ay, España… ¿en qué laberinto de sombras y comisiones hemos caído? Lo que fue un país que olía a justicia y a libertad —esa libertad que se conquistó con sangre, coraje y palabras— hoy huele a pólvora húmeda, a tinta que se disuelve en los despachos oficiales, a promesas que caen como confeti sucio sobre el pavimento de una democracia fatigada. Cada escándalo, cada pulsera que no funciona, cada ley del solo sí es sí torpemente diseñada -Irene-, es una mueca que nos recuerda que no estamos gobernados, estamos tutelados por un teatro de máscaras. Y las máscaras tienen nombres: Montero, Cerdán, Koldo, la esposa del presidente, el hermanísimo, Sánchez, fontaneros y fontaneras, capos y capas… y tantos otros que giran en este carrusel de escándalos como figuras de un carnaval siniestramente interminable.
Y mientras ellos gritan, el país calla: España, ay, España…. O mejor dicho, murmura entre dientes mientras los casos de corrupción se acumulan como basura bajo la alfombra de los ministerios y con sobres eso sí, con membrete: comisiones, clubs varios y varias, droga, favores cruzados, favores que huelen a dinero público malgastado, favores que nos devuelven un espejo donde ya no nos reconocemos…; que si Marruecos, que si Venezuela, que si China.
Mientras esto ocurre, muchas mujeres, atrapadas en un feminismo de escaparate, observan desde sus casas, bajo discursos que aseguran protegerlas, pero que, en realidad, las relegan al papel de meras espectadoras de los desastres: pulseras rotas y un alarmante aumento de ataques que no hace más que crecer; y los hombres que lucharon por esta democracia, aquellos que vieron caer la dictadura y alzaron la bandera de la libertad con ahínco, deben estar revolviéndose y preguntándose cómo España ha permitido que un Gobierno de su tiempo se atreva a atacar a los jueces, a desvirtuar los valores, a diluir la autoridad de la ley como si fuera jarabe barato sobre la cabeza de los ciudadanos.
Y mientras esto ocurre, Zapatero -ese fantasma que flota entre China y Venezuela, país último asediado por Trump y por la historia— nos recuerda que la geopolítica y la indecencia local se entrelazan en un baile que marearía a cualquier estadista con vergüenza. La España que luchó, que se levantó evitando sucumbir de rodillas y se sostuvo en el filo de la dignidad, ahora observa un Gobierno que presume de poder mientras se hunde en la mediocridad y el desdén. Y nosotros, como distraídos, seguimos preguntándonos, como si fuera una letanía:
España, ay, España…. ¿Qué le pasa a España?
Qué le va a pasar: que no se puede creer tanta mezquindad de unos pocos políticos: un puñado que no se merece ese título de servicio público. España necesita, ante este desbarajuste y falta de cordura a los jóvenes, más que nunca con su cultura underground, esa irreverente forma de hablar, de exigir dignidad: basta ya, señor Sánchez, ¡váyase!
Nuestro país recuerda y recordará, en un rincón de su memoria, las palabras de Adolfo Suárez: «La libertad exige responsabilidad», o el eco de Santiago Carrillo, por citar varias corrientes políticas, advertir que «La democracia se defiende cada día, no se regala». Porque esta no es la España que amamos, ni la que defendimos con manos abiertas, con sudor y con conciencia. Esta España está dormida, anestesiada por la desidia y la impunidad, pero este mal sueño, tarde o temprano, terminará, y volveremos a abrir nuestras ventanas, dejando entrar la luz que todavía nos pertenece.
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