Opinión

EEUU no dejará la OTAN pero aumentará la cuenta

  • Pedro Fernández Barbadillo
  • Columnista de Internacional. En la editorial Homo Legens ha publicado 'Eternamente Franco' y 'Los césares del imperio americano'. Su último libro es 'Eso no estaba en mi libro de historia del Imperio español' (Almuzara).

Sabemos que la política exterior apenas interesa en España, sobre todo después del trauma de los atentados del 11-M, que la izquierda atribuyó a un castigo islamista por la implicación en la pacificación de Irak en 2003 y no en la invasión, en la que no participaron tropas españolas. A esa minoría que no recibe las noticias de internacional como crónicas de un partido de fútbol, le preocupa el traslado de las bases de EEUU en España a Marruecos o el desmantelamiento de la OTAN.

Que la Operación Furia Épica no está siendo el éxito que esperaba Donald Trump cuando Benjamín Netanyahu le presentó en la misma Casa Blanca el plan israelí para derrocar al régimen islámico iraní mediante una corta campaña de bombardeos letales, como ha publicado el New York Times, se confirma con los últimos mensajes del presidente contra sus aliados de la OTAN. En ellos incluso especula con una retirada de los mismísimos EEUU.

Después de reunirse el miércoles en la Casa Blanca con el secretario general de la OTAN, el holandés Mark Rutte, Trump escribió en Truth, el siguiente mensaje, redactado con abundantes signos de exclamación:
«¡La OTAN no estaba allí cuando la necesitábamos, y no estarán allí si la necesitamos otra vez! ¡¡¡Recordad Groenlandia, ese grande, mal gobernado, pedazo de hielo!!!». De las dos frases del mensaje, una se dedica a Groenlandia, cuya anexión pretende Trump desde 2019, pero centrémonos en la primera.

Entre los agravios que Trump esgrime contra los europeos destaca su falta de esfuerzo para abrir el estrecho de Ormuz. El Tratado del Atlántico Norte obliga a los miembros de la alianza a apoyar a otro miembro atacado. Y Estados Unidos no ha sido atacado por Irán, sino al contrario. La única vez que un gobierno invocó el artículo 5 del tratado y solicitó la asistencia mutua ocurrió en 2001, después de los atentados del 11-S, por parte del presidente George Bush. En cambio, la actual operación la planearon Washington y Tel Aviv sin contar con nadie más.

Otro agravio que los europeos pueden aducir es el repliegue de Afganistán decidido por Joe Biden (o quienes tomasen las decisiones en su lugar, dado su estado decrépito) en el verano de 2021, sin consultar con ellos.

Aunque en su segundo mandato Trump ha repudiado el multilateralismo, ahora trata de comprometer a los miembros de la OTAN y los «Major non-NATO allies» (entre los que figuran Japón, Corea del Sur, Australia, Filipinas, Marruecos y Pakistán) en la operación para controlar el estrecho de Ormuz. Y eso es lo que está intentando lograr ahora Rutte en Bruselas.

La realidad es que ni Estados Unidos puede prescindir de sus aliados europeos ni éstos pueden formar una defensa autónoma. Washington necesita a Europa para tener una amenaza contra Rusia en su frontera occidental y una escala en su proyección hacia Oriente Próximo e Israel. En ambos casos, la base española de Rota le es imprescindible. Se trata de la instalación europea más accesible para la Flota del Atlántico de EEUU y la más cercana a la base naval de Norfolk, la mayor del mundo. Por último, Rota, con asentimiento del pacifista Sánchez, es uno de los pilares del escudo anti-misiles.
En Alemania, donde el Pentágono dispone de un centenar de instalaciones militares, sobresale Ramstein, cuartel general de las Fuerzas Aéreas de EEUU en Europa. Desde la invasión de Ucrania por Rusia, en ella se recopila y transmite información a Kíev, misión en la que colaboran varios miembros de la OTAN. En esta base también se ha planeado la Operación Furia Épica. Su importancia es tal que el embajador iraní en Alemania ha pedido al canciller Merz una aclaración sobre si su uso por EEUU en esta campaña de bombardeos podría constituir un «acto de agresión», tal como lo define la Resolución 3314 de la ONU.

A la vez, Europa, que carece de soldados y de industria de defensa, no puede desengancharse de Estados Unidos, aunque sus gobiernos rechacen involucrarse en la campaña contra Irán. Esa renuencia responde, en parte, al miedo a extender la guerra y causar una crisis mundial y, además (es un secreto a voces), al malestar de la creciente población musulmana en sus países.

Es verdad que Rusia ha demostrado que su ejército carece del poderío que se le ha atribuido, pero también lo es que los países europeos necesitarían años para construir una estructura defensiva autónoma. Veamos una de las últimas pruebas de la impotencia europea.

A finales de marzo, causó un escándalo en Londres la petición por parte de la Royal Navy de una fragata a la Armada alemana para llenar el hueco dejado en un grupo de combate en el Atlántico Norte por un destructor que el gobierno de Starmer envió a Chipre. Sin embargo, la Deutsche Marine se encuentra en una postración aún mayor, ya que recurre a personal de la Luftwaffe para completar las tripulaciones de su minúscula flota, la más pequeña desde 1945. Esto les ocurre a los dos países cuya rivalidad en la construcción de acorazados fue uno de los factores que condujo a Europa a la Primera Guerra Mundial.

En resumen, los mensajes de Trump y los anuncios del secretario de Guerra, Pete Hegseth, tienen tres finalidades:

1) Implicar a los europeos en una coalición para controlar Ormuz, sobre todo ahora que comienzan las nuevas negociaciones entre la Casa Blanca y Teherán.
2) Presionarles para que aumenten su gasto militar y sus pedidos a la industria norteamericana.
3) Recordarles que no se han olvidado de Groenlandia.

Como sabe Trump, en todas las negociaciones, la parte más paciente y que, además, posee algo que su contraparte desea es la que cuenta con la ventaja. La siguiente pregunta consiste en si los europeos, que tienen objetivos distintos y voces diferentes, sabrán jugar sus cartas.