¿Dónde estás, Fátima?
¿Dónde estás, Fátima?, ¿dónde estás, Luis?, ¿dónde estás, Antonio…?
Esta última pudo haber sido la llamada de mi madre, usando torpemente por los nervios su móvil, tratando de averiguar si su hijo había sobrevivido a un trágico accidente de trenes de alta velocidad. Afortunadamente, no ha sido así en mi caso y podré darle un abrazo este fin de semana. Pero Fátima no podrá abrazar a sus hijos ni a su marido. Ni Luis, ni Jorge, ni… Así hasta 69 personas, quizá alguna más. Pero podrían haber sido 100 ó 200, da igual. Personas todas con familias, hijos, padres, hermanos, con amigos, con compañeros de trabajo, con vida…
Desde hace mucho tiempo, algunos tratan de convencernos de la diferencia entre «siniestro» y «accidente». Los que trabajamos en seguros, bendita profesión, las mezclamos sin cuidado. Y no, no hay que hacerlo. Desde hace tiempo nos vienen advirtiendo los cuidadosos del marketing que siniestro es propio de nuestra actividad y que frente a los clientes suena mal. Pero ¿cómo no va a sonar mal si siempre lo utilizamos cuando es un momento trágico para uno, unos pocos o muchos? Y veníamos hablando de accidente, accidente, accidente… Una y otra vez. «Accidente», dice el diccionario, es un «suceso eventual o acción del que resulta daño involuntario para las personas o las cosas». Un accidente de coche usualmente no es un accidente. Un evento trágico como el que ocurrió ayer en Urda (Toledo), no, no es un accidente. No ha ocurrido por un «acto de Dios», como lo define la vieja teoría anglosajona del seguro: aquel acto fortuito, de fuerza mayor, extraordinario, totalmente imprevisible, exento de responsabilidad.
No, esto no ha sido un accidente, no ha ocurrido por providencia divina —perdonadme el atrevimiento—. Ha sido un evento extraordinario, terrible, pero previsible y con responsabilidades que acabarán dilucidándose. Escribo estas líneas con lágrimas, muchas, en los ojos, incapaz de asimilar por qué Fátima, o Luis, y otros muchos no amanecen esta mañana junto a sus seres queridos.
Casi 40 años de profesión aseguradora, unas veces atendiendo a víctimas, tantas otras trabajando en la formación para la prevención. En nuestra actividad el accidente es genérico: ocurre por una acción humana, una imprudencia, una falta de diligencia o simplemente ocurre porque la naturaleza o las circunstancias no humanas lo han provocado. Como aseguradores, vivimos la tragedia todos los días: niños huérfanos, padres que pierden a sus hijos, parejas jóvenes que quedan truncadas para siempre. Nuestros esfuerzos en prevención —ingentes los que desarrolla el sector asegurador; sí, ojalá nuestra actividad desapareciera para siempre porque el mundo fuera perfecto—, los del tercer sector, los de los medios de comunicación, los de las autoridades por difundir la prevención, la protección y la minimización del riesgo no son suficientes, nunca lo son. Pero si evitamos muchas desgracias, o una sola, el esfuerzo merece la pena. Nos sentimos recompensados y felices sabiendo que cada día contribuimos a tener un mundo más seguro y feliz.
Pero toda esa felicidad se borra de golpe un solo día, en un solo instante, cuando alguien escribe en un chat de amigos: «Acaba de ocurrir un grave accidente en el AVE de Andalucía, en la provincia de Toledo». Otra vez la palabra. Y de inmediato surge en tu mente Adamuz: 46 fallecidos, cientos de lesionados, cientos de familias destrozadas. Y comienzas a rezar y a esperar que esta vez no sea así. No, no puede ser. La estadística lo dice: es posible, pero no es probable. Pero desgraciadamente sí puede ser: cuando la imprevisión, la negligencia, la incompetencia afloran, puede ser, sucede.
Y sólo nos queda rezar por los cientos de seres humanos —niños, ancianos, hombres, mujeres— que iban escuchando música, viendo una película, durmiendo, tomando un café o simplemente preparando la próxima reunión en Sevilla. Sabemos que la alta velocidad es inapelable. Que, si ocurre una desgracia, serán muchos los afectados. Y así está siendo. Muchos, demasiados, siempre demasiados.
Ahora sólo cabe esperar que aparezcan todos, todos los que faltan. Ahora sólo cabe llorar a las víctimas, ahora sólo cabe esperar que los supervivientes se recuperen pronto, ahora sólo cabe rezar por todos, incluso si no eres creyente, y confiar en que algún día seamos capaces de construir un país mejor, una sociedad mejor, en la que todo lo evitable —los «accidentes»— se evite. Sólo entonces podremos ser felices del todo.
Descansa en paz, querida Fátima; descansad en paz todos los que tuvisteis la mala fortuna de perder la vida por viajar en ese maldito tren.
Antonio Huertas es presidente de Mapfre
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