Desmontando a Marta Rovira
Marta Rovira es fruto de un vacío de poder. Fue elegida por Oriol Junqueras como secretaria general en el 2011. En las elecciones al Parlament del año 2010, Esquerra había perdido once diputados de golpe. Quien pagó los platos rotos fue Joan Puigcercós, el entonces líder del partido, que tuvo que dejarlo.
Carod, su predecesor en el cargo, salvó los muebles en las de cuatro años antes: de 23 a 21 escaños. A pesar de que tuvo que dimitir por su viaje a Perpiñán y el desgaste del primer tripartito.
Puigcercós intentó una sucesión pactada. El elegido fue Oriol Junqueras que, en año y medio, pasó de eurodiputado independiente en las filas de ERC a presidente de la formación. Imaginen su independencia ideológica. Como número dos eligió a Marta Rovira.
Ahora esta pareja política se ha roto. Junqueras fue a recibirla a Cantallops, la localidad del Ampurdán donde fue agasajada tras seis años en Suiza. Incluso hubo abrazo delante de las cámaras. Luego, por la tarde, ya no asistió al acto en la sede del partido.
Yo, la verdad, no entiendo la parafernalia del regreso. Nada más cruzar la frontera -amnistía mediante- afirmó que «hemos ganado». «Esto de hoy es una victoria y hemos de celebrarlo», añadió.
En cierta forma sí, porque vuelve indemne, pero una amnistía es el reconocimiento de una derrota. Ni Cataluña es una República independiente ni España se ha hundido. Hasta acaba de ganar la Eurocopa.
Días después, en su vuelta al Parlament por todo lo alto, dijo más o menos lo mismo: «estoy aquí para seguir luchando». A mí me vino a la cabeza sus palabras aquel 2 de noviembre del 2017 delante del edificio del Supremo cuando, con cara desencajada y voz temblorosa, aseguró que lucharía «hasta el final». Lo de «hasta el final» lo repitió hasta tres veces. Duró lo que duró: en marzo del 2018, antes de declarar ella misma ante el Supremo, también salió por patas.
José Luis Martín, el humorista gráfico de La Vanguardia, la retrataba el sábado en su viñeta. Se veía a una Marta Rovira histérica por los precios en Suiza. «Ha sido horroroso», se lamentaba. «¡Un café con leche, 12 euros!», proclamaba en alusión a las «duras» condiciones de vida en el país helvético. Nada que ver con Venezuela.
Como decía al principio, Marta Rovira no habría llegado a donde ha llegado si no hubiera sido por un vacío de poder. Junqueras la eligió a ella porque el entonces secretario general, Joan Ridao, le plantó cara en unas primarias y no podía repetir.
Además, era mujer. A pesar de que su experiencia hasta entonces era escasa. Había llegado a la dirección, donde se encargaba de las relaciones exteriores, pero ni siquiera era diputada en el Parlament.
El sector Puigcercós intentó endilgarle a la actual consejera de Educación en funciones, Anna Simó, pero Junqueras prefirió romper amarras. Si repasan el curriculum vitae de Rovira en la web de Esquerra no verán experiencia profesional alguna al margen de la política.
Es más, describe la trayectoria «personal», la «cívica», la «política» y la «institucional». Pero no sale la «laboral» aunque es licenciada en derecho y en ciencias políticas. En algún otro curriculum creo que he visto que pasó por algún bufete de abogados en régimen de pasantía.
En fin, Marta Rovira (Vic, 1977) se enfrenta ahora al reto de enderezar el partido -de 33 a 20 diputados en las últimas elecciones-, preparar la sucesión de Junqueras si se deja, hacer tragar el pacto con el PSC a las bases, defenderse de las críticas de Junts y finalmente lidiar con la crisis de los carteles de Maragall.
El hermano del exalcalde ya ha dicho que deja la militancia. También es verdad que lo hace al final de su carrera política. Cuando ya no puede aspirar a ningún cargo. En sus últimas elecciones como alcaldable por Barcelona perdió cinco concejales de golpe y se esfumaron sus posibilidades.
El consejo nacional celebrado el pasado día 12, hace más de diez días, tenía que cerrar la crisis en teoría. Dimitido Sergi Sabrià –al que Aragonès nombró nada menos que viceconsejero de Comunicación y Estrategia- han intentado cargarle el muerto al ya exdirector de comunicación, Tolo Moya, despedido fulminantemente.
Y han expedientado también al vicesecretario de la misma área, el periodista Marc Colomer. Antes director de la ACN, la agencia de noticias de la Generalitat. Además de al militante de base que iba pegando los carteles en cuestión.
Pero a mí me cuesta mucho de creer que un director de comunicación vaya por libre. De hecho, Moya apuntó a la propia Marta Rovira el mismo día de su regreso. A ver si está más pringada de lo que parece.
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