Del feminismo histórico al feminismo histérico
Analizar un tema requiere claridad. No hay espacio para definiciones ambiguas ni para la confusión cómoda de los discursos políticos. El feminismo, según la RAE, es “el principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre”. En España, esos derechos están garantizados por la Constitución y protegidos legalmente. Sin embargo, ciertos grupos se han apropiado del término, distorsionándolo y convirtiendo la causa de la mujer en un instrumento de poder y reparto de subvenciones.
El feminismo histórico logró avances esenciales: educación, participación política, derechos legales sobre los hijos. Mujeres que lucharon por esto buscaban autonomía y dignidad. Hoy, esa lucha se pervierte. La izquierda, ante la disminución de la lucha de clases frente al progreso económico, ha encontrado un nuevo conflicto: la mujer como víctima perpetua. La victimización genera resentimiento y confrontación allí donde no existía. Y se vende como causa moral.
Se proclama defender a la mujer mientras se restringe su libertad real. Limitar decisiones sobre cuerpo, imagen o profesión y acusar de cosificación a quienes ejercen su autonomía no protege a nadie: es un ataque directo al feminismo auténtico. La mujer deja de ser protagonista de su vida y se convierte en símbolo político. La educación y la presión social forman niñas enseñándoles que son víctimas, contradiciendo la esencia de la libertad que aquel feminismo defendía.
Las cuotas y la sustitución de la excelencia por el sexo pervierten la igualdad. Una mujer realmente feminista aspira al mérito, no a privilegios artificiales. La justicia no puede depender de compensaciones; debe aplicarse con coherencia. Las leyes que crean asimetrías por sexo debilitan la independencia y fomentan la dependencia, mientras la libertad individual queda relegada.
El verdadero feminismo busca mujeres fuertes, autónomas, dueñas de sus decisiones. La auténtica emancipación es crear, amar, educar, trabajar y vivir según su voluntad. Todo lo que contradiga esto —especialmente si se presenta como “progreso” para justificar subvenciones o poder político— es femimarxismo: manipulación disfrazada de liberación, generadora de resentimiento y control.
La igualdad no se mide solo en leyes o salarios, sino también en cómo hablamos. Introducir distinciones verbales por sexo —hablar de “hombres” y “mujeres” cuando no es necesario— reproduce divisiones que no tienen sentido práctico y perpetúa la percepción de desigualdad.
Imaginemos que un texto legal distinguiera por color de cabello: “los rubios tendrán derecho a esto, los morenos a aquello”. Sería absurdo y discriminatorio. Separar innecesariamente a hombres y mujeres en la redacción oficial es igual de absurdo. La igualdad exige neutralidad: tratar a todos como individuos, con derechos y responsabilidades idénticos.
El lenguaje refleja nuestra cultura y mentalidad. Al enfatizar diferencias sexuales cuando no importan, reforzamos desigualdad donde debería imperar la libertad individual y la responsabilidad personal. La verdadera igualdad comienza por reconocer a cada persona como individuo, no como miembro de un grupo determinado por sexo.
El feminismo auténtico es libertad, no victimización. La igualdad no se mide con cuotas ni símbolos, sino por la capacidad de decidir, actuar y prosperar sin imposiciones. España necesita recuperar este feminismo: uno que empodere, enseñe autonomía y respete la libertad como principio absoluto. Solo así honramos a quienes lucharon por la igualdad y construimos una sociedad donde cada individuo, sin importar su sexo, pueda prosperar por sus propios méritos.
Olvidar lo que realmente significa luchar por la igualdad, al servicio de intereses políticos pasajeros, convierte aquel épico feminismo histórico en un simple y vergonzoso feminismo histérico.
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