¿Cuántos muertos más debe haber para que dimita?
Kostas Achilleas Karamanlis pertenece a una de las grandes dinastías de esa derecha griega que, bajo las siglas de Nueva Democracia, más elecciones ha ganado desde el fin de la Dictadura de los Coroneles y la consiguiente vuelta de la libertad. Su padre fue primer ministro y presidente de la República y él mismo llegó a titular de Transportes tras una exitosa trayectoria en el sector privado.
El 28 de febrero de 2023, es decir, hace nada, se desencadenó la madre de todas las tragedias ferroviarias en Grecia con un accidente en la región de Tesalia que costó la vida a 57 personas y dejó gravemente heridas a un centenar. Karamanlis no aprendió ni aprehendió la doctrina de las responsabilidades políticas en Tufts, la bostoniana universidad donde estudió, sino en casa. Y la aplicó sin contemplaciones: el 1 de marzo presentó su renuncia. Le bastaron 24 horas para entender que no podía seguir allí un minuto más por respeto a las víctimas y para no perjudicar a su propio partido. Una razón objetiva, la más importante, y otra subjetiva, la menos, le llevaron al adiós.
Lo cierto y verdad es que allí sí que un fallo humano fue el principal motivo de un accidente que jamás debería haber tenido lugar. El jefe de estación de Larisa, la localidad donde nació Aquiles y murió Hipócrates, ordenó a un tren de pasajeros cambiar de vía sin percatarse de que por ella venía un mercancías a toda velocidad. El impacto fue brutal, casi tan brutal como el del miércoles en Urda cuando un Ave se empotró en un Iryo a 190 kilómetros por hora.
Los automatismos de seguridad no estaban operativos en la estación de Larisa, no griparon, no, simplemente ni estaban ni se les esperaban. La conmoción en la sociedad helena resultó similar a la que vivimos en España desde hace cuatro días y Karamanlis se fue más por vergüenza torera que por presión de su íntimo amigo Kyriakos Mitsotakis, el primer ministro.
Queda claro que Óscar Puente no es Karamanlis, ni por preparación, ni por moral, ni por ética ni por estética
Queda claro que Óscar Puente, apodado ya por la implacable calle como «Óscar Muerte», no es Karamanlis. Ni por preparación, ni por moral, ni por ética y está de más subrayar que ni por estética. Y no hablo de bellezas o fealdades sino de lo bien que queda un hombre público cuando asume responsabilidades políticas. Son antitéticos en todo. El uno estudió en una pedazo de universidad, la bostoniana Tufts, triunfó en el mundo privado como directivo de UBS y una naviera antes que en lo público y asumió sus responsabilidades políticas, mientras que el otro es un abogadillo de Valladolid que sacó la carrera a trancas y barrancas, dos años más tarde de lo que le tocaba, que lleva 20 años chupando de la teta pública y que se aferra al Ministerio como Chanquete a su barco. Por cierto: el Sánchez griego, Mitsotakis, estudió en Harvard y Stanford, igualito que el ladrón de tesis.
Porque esto de que al frente de Transportes, lo que en la Restauración y el aznarismo se denominaba Fomento, haya maestros de escuela, letradillos o iletradillos, tipos sin carrera alguna y no ingenieros de Caminos, Canales y Puertos representa un insulto a la inteligencia y un castigo a ese mérito y esa capacidad que deben constituir el principio de todas las cosas en el sector privado y en la Administración. Y luego nos extrañamos de que pase lo que pasa.
Óscar Puente se tendría que haber marchado este miércoles por donde, claramente, nunca debió haber venido, aunque sólo hubiera habido un deceso. Pero no, por el momento hay contabilizados 69, que se sepa, escalofriante cifra a la que hay que sumar los 46 de Adamuz hace nueve meses y medio. Sólo con Adamuz debería haber puesto pies en polvorosa pero con Adamuz y Urda su permanencia deviene directamente en insulto.
Alrededor de 120 ciudadanos han perecido desde enero en lo que ya constituye un insoportable récord mundial en la alta velocidad ferroviaria. Desgraciadamente, nada nuevo bajo el sol. Pulverizamos registros en el Covid gracias a esa bomba biológica que fue el 8-M y en una DANA cuya culpa primordial hay que asignar a ese Ministerio de gilipollesco nombre, Transición Ecológica, más que a un Carlos Mazón que no era el responsable de que el Poyo no estuviera desbrozado y se convirtiera en un misil o de que la Aemet la pifiase en todas y cada una de sus previsiones. Estos dos últimos marrones tienen nombre y apellido bien distintos: Teresa Ribera, a la que premiaron su negligencia criminal regalándole la Vicepresidencia Primera de la UE con sus correspondientes 441.000 euros de soldada.
La gran duda a despejar por el todavía ministro es cuántos fallecidos más se han de producir para que renuncie, ¿hay un umbral de óbitos mínimo?
Lo dije en mi vídeo del día del terrible suceso de Urda e insisto en estas líneas: un suceso como el de Adamuz puede ser una fatalidad, pese a que ya se sabe que el origen reside en una chapuza sideral en la soldadura de un raíl, dos no son casualidad sino más bien el fruto de una política chapucera y del caos que reina en un Ministerio en el que el número 1 está más preocupado por insultar en Twitter a los rivales políticos que en gestionar lo público. En el Código Penal se recoge todo esto con un término muy concreto: negligencia criminal.
Ahora esta gentuza y la no menos gentucil prensa a sueldo, con El País y la Ser a la cabeza, se apresuraron a perpetrar un delito de revelación de secretos difundiendo los audios del Centro de Control de Adif en Atocha para salvar su pellejo de mierda. Le echaron la culpa a un pobre hombre llamado Martín. Pero no cuela. Aquí, al contrario que en Tesalia, sí fue antes la gallina que el huevo, el fallo del sistema de seguridad LZB se desencadenó minutos antes que el humano en la Sala de Control de Adif; en Grecia el dolo o la culpa fue enteramente del jefe de estación. El marrón imputable a Karamanlis y sus antecesores reside en no haber modernizado los mecanismos electrónicos de control. Que ni parece ni desde luego es lo mismo que lo de Óscar Muerte.
La gran duda a despejar por el todavía ministro es cuántos fallecidos más se han de producir para que renuncie. No eran suficientes 46 y, por lo que se ve, tampoco 120. ¿Hay un umbral de óbitos mínimo para cesar en el cargo? Simplemente pregunto. Yo pensaba que estas cosas no dependían tanto de la cantidad como de la calidad, de la gravedad de lo acontecido. Humildemente creo que 120 fallecidos en dos siniestros en nueve meses es motivo para coger el petate, esfumarse y no volver jamás. Aquí, en Atenas y en Sebastopol.
Teníamos meridianamente claro que, pese a su pública y notoria catadura, a Óscar Muerte aún le quedaría un mínimo de dignidad, la dignidad necesaria para pedir perdón y renunciar. Pero no. En un yo-mí-me-conmigo de manual le preocupa más su prestigio que la memoria de las víctimas: «Si dimito, quedará la sensación de que me voy porque soy el culpable de lo que ha pasado». Vamos, que los viajeros que dejaron su vida en Urda por culpa del Ministerio de Transportes le importan un comino.
China tampoco se libró de un accidente en su ultramoderna alta velocidad. Sucedió en julio de 2011. Hubo 40 muertos y 172 heridos. Sobre el Puente chino, Liu Zhijun, recayó una pena de muerte teóricamente por corrupción que, dos años después, fue conmutada por cadena perpetua, aunque en el ambiente flotaba el dictamen del Gobierno de Hu Jintao que le apuntó como máximo responsable del siniestro. No digo yo que se envíe al paredón o a la horca a Óscar Muerte, obviamente, no, afortunadamente esto no es China, simplemente le pido que se largue. Por su bien, por la memoria de las víctimas y porque es lo que toca en estos casos. Y que se aplique el cuento su jefe, Pedro Sánchez, el primer y último responsable de los 120.000 muertos de la pandemia, los del apagón y los 120 de Adamuz y Urda. Óscar Muerte no se entiende sin Pedro Sánchez. Tan culpable es el uno como el otro. Son tal para cual.
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