Comer chuletón es de fachas
Hubo un tiempo en el que existía una izquierda que tenía como aspiración que todo el mundo pudiera comer chuletones, que tener una alimentación lo más completa posible debía estar al alcance de todos. Ahora tenemos una ‘izquierda’ bobalicona que considera que comer carne es de fachas, incluyendo como ‘fascista’ al presidente Sánchez, ya que lo pide “al punto” porque es “imbatible”. El líder del PSOE seguro que figura en la lista negra del comunismo-veganismo para ser reeducado en el futuro en algún campo de esos que tanto abundan en los países ‘referentes’ para Yolanda Díaz, Alberto Garzón o Irene Montero.
La izquierda podemita quiere que obedezcamos lo que nos ordenan, pero que no nos fijemos en lo que hacen. Como Ada Colau, que abomina del transporte privado, pero que no se baja ni a tiros del coche oficial. Que habla de “vivienda social”, pero sus dirigentes a la que pueden consiguen hipotecas milagrosas para comprarse chalets con piscina. Que denuncia las “puertas giratorias”, mientras los ‘camaradas’ enchufan a todos sus amigos y familiares en la administración pública con sueldos que no bajan de los cincuenta mil euros. Que acusa a la “derecha” por sus malas prácticas a la hora de financiarse, mientras que el dinero que paga sus campañas guerracivilistas y su legión de asesores es tan cuestionable como la democracia interna de la que presume, y carece.
Hay una presunta izquierda que ha decidido abandonar la lucha para mejorar las condiciones de vida de los más desfavorecidos para exigir más kilómetros de carril bici, cerrar las fábricas de automóviles –y de paso mandar a sus trabajadores al paro-, crear una neolengua que enmascare sus renuncias y consolidar un sistema clientelar que le garantice una cuota suficiente de voto para mantener sus privilegios. El PSOE, que dejó de ser de izquierdas en el Pleistoceno, lleva años apuntado a esta moda. A fin de cuentas, si se habla de memoria histórica, se enmascara que con un gobierno de presunta izquierda el paro juvenil bate récords y que las posibilidades reales de emancipación de los españoles entre veinte y treinta años son cada vez menores.
Aún quedan muchos españoles que recuerdan cómo en su infancia comer carne era un lujo. Disfrutaban de un pollo guisado en ocasiones especiales, y lo del chuletón quedaba para las bodas o los bautizos. Hemos pasado de querer prosperar comiendo mejor, a que nos quieran endilgar proteína vegetal procesada como si fuera un gran avance para la humanidad. Esa presunta izquierda carca nos quiere dictar qué hemos de cocinar, cómo y cuándo podemos flirtear o follar, qué debemos pensar, qué podemos sentir y, sobre todo, qué hemos de decir.
La discrepancia, para esta presunta izquierda inquisidora, no puede existir. En Cataluña sabemos mucho de eso, de cómo el totalitarismo separatista lincha socialmente al que disiente, al que se aparta del dogma tribalista. Pierdes oportunidades de promoción, empleos, amistades y vida social por oponerse al dogma de la ‘estelada’. En eso Podemos, y los comunes, son idénticos. No en vano son compañeros de viaje del secesionismo en la tarea de dinamitar nuestro sistema constitucional.
Por eso hemos de comer chuletones, decir lo que pensamos, oponernos a los ataques al Rey y a la Constitución, denunciar sus mentiras y poner en evidencia sus contradicciones. Porque si algún día consiguen el poder con mayúsculas, no podremos hacerlo. Solo nos quedará el “sí, señor”, mientras nos zampamos nuestra hamburguesa de tofu mientras vemos en televisión el “Aló, presidenta” de Yolanda Díaz. O de Irene Montero. O de Ione Belarra. O Lilith Verstrynge. O…
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