Aznar no se amorra
En estos días, ha comparecido el señor Aznar en la comisión del Congreso de los Diputados y ha vuelto a levantar ampollas en aquellos que tienen la piel muy fina cuando se les pisa el callo, pero muy dura la cara cuando quienes pisan son ellos. Cuando uno comparece en una comisión del Congreso para hablar de la financiación ilegal de su partido con una sentencia que le condena en dos municipios de Madrid parece que no acude en una posición grata, ni placentera, en la que sus explicaciones se deben de circunscribir a lo que realmente se concurre, responder sobre una supuesta financiación ilegal, que no se ha demostrado con carácter general, y para su investigación asiste.
El problema es que las comisiones de investigación no buscan, ni pretenden, cumplir con su misión de escrutar la verdad y exigir una responsabilidad política sobre lo demostrado en la misma, sino que se acude a ellas con criterios preconstituidos a formar un circo del que sacar rédito político y, cuando el que asiste, consciente de dicha forma de actuar, entra en el juego, las bofetadas están garantizadas. Que el Sr. Aznar no llevó a la Guerra de Irak ni un solo soldado de combate es una verdad que se ha destruido con una mentira reiteradamente repetida, pues nuestro presidente, en aquel momento, lo que hizo fue facilitar una cobertura política a dicha ofensiva, colocando a España en la cabeza de la política internacional, apostando por Estados Unidos. Que dicha apuesta no gusta a todos, es evidente; que fue una apuesta arriesgada, seguro; pero ello no justifica el montaje falaz de que España envió soldados a la misma, pues lo único que hicimos es enviar algunos efectivos una vez finalizada esta.
Hablar de la muerte del cámara Couso, para imputársela a Aznar, es parte de un montaje pues, en ese momento, no había soldados españoles; pero, que lo hagan personajes que se jactan de compartir plato, mantel e ideología con los terroristas actuantes en nuestra democracia para hundirla resulta no chusco, sino demostrativo de que vivimos un momento de enfermedad moral clara. Que Aznar no debió de celebrar la boda de su hija con quienes lo hizo y de la forma que lo hizo, no deja de ser cierto; pero, que quien se compra un casoplón —de aquella manera— no puede hablar de suciedad, pues tiene las manos manchadas y sucias por incoherencia, por cobrar dinero de Irán y Venezuela y por juntarse con los asesinos de la democracia. Quizá, sería bueno recordar que, en 1956, el Tribunal Constitucional Alemán prohibió el Partido Comunista Alemán por buscar la “dictadura del proletariado” y, aquí, además, debería de hacerse por jactancia de ser “antisistema”, cuando el sistema es el democrático.
Que el señor Rufián o perverso, malvado, vil, bribón, ruin, malo, canalla, depravado, maligno, bajo, desleal, despreciable, o traidor, como él prefiera, es un golpista, no es un insulto, ni algo que le deba suponer desdoro, pues él se engríe de ello y actúa como tal, por lo que, cuando el señor Aznar se lo indica, no debía de dolerse. Pero, ¡coño! cómo podemos hablar de la guerra, de la boda —de la que se critica acuda el novio—, y del perro que ladra, pero no intentar saber algo de la financiación del partido y, así, por fin, un político ni se calla, ni se achanta ante la canalla. Lo malo es que los demás tampoco buscaron la verdad, ni la investigación, y él se creció y, seguro que, también, se pasó.
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