Opinión
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Argentina y España, la hermandad que nadie podrá romper

En medio de la euforia y las tensiones de este Mundial, conviene detenerse un momento y recordar algo que ningún partido de fútbol puede borrar: argentinos y españoles somos, desde hace siglos, la misma sangre. Lo que algunos quieren presentar como un enfrentamiento entre hermanos no es más que una pelea familiar, y como toda pelea familiar, se olvida frente a lo que realmente nos une.

La historia lo demuestra una y otra vez. Nuestra bandera azul y blanca, que Belgrano inspiró en la Orden de Carlos III y en el “Milagro de Empel” de los Tercios Españoles en Flandes, llevó a Miguel de Unamuno a decir en las Cortes españolas que la bandera argentina era, en el fondo, la bandera de la monarquía española. Somos, literalmente, hijos del mismo estandarte.

Lo que algunos quieren presentar como un enfrentamiento entre hermanos no es más que una pelea familiar.

Esa hermandad se pagó, además, con sangre compartida. En la Guerra de Malvinas de 1982, 77 españoles combatieron junto a nuestros soldados, y dos de ellos, Manuel Olveira Insua y Rafael Luzardo Barrios, yacen hoy en el lecho del Mar Argentino. Nuestros combatientes se lanzaban sobre el invasor, orgullosos de tener sangre española, invocando a Stella Maris y a la Virgen de Loreto. Miles de españoles se presentaron en la embajada argentina en Madrid pidiendo ir a combatir con nosotros. Eso no se olvida, ni se compensa con ninguna plaza dedicada a Margaret Thatcher.

La hermandad también se demostró en los momentos más oscuros de España. Cuando terminó la Guerra Civil y el país fue tratado como un paria internacional, Argentina decidió compartir el pan con su Madre Patria. Nuestra embajada, junto con la de República Dominicana, fue de las pocas que permaneció en Madrid cuando otras se retiraban por presión de la ONU. Argentina le compró a España todo lo que el resto del mundo no quería comprarle, y le envió alimentos con créditos blandos a muy largo plazo. El propio presidente argentino lo dejó dicho para la posteridad: “La Argentina no le ha dado nada a España, solo le devuelve en parte lo mucho que España le ha dado a la Argentina”. Esa frase debería estar grabada en una plaza de cada ciudad española.

Esa hermandad no es solo política ni militar: es cultural y espiritual. Juan Domingo Perón, como presidente, pronunció en 1947 en la Academia Argentina de Letras un discurso en homenaje al cuarto centenario de Cervantes que todavía emociona a cualquier español que lo lea. Fue Hipólito Yrigoyen quien impulsó el 12 de octubre como fecha patria en Argentina, decreto que hoy puede verse esculpido en bronce en el Parque del Retiro de Madrid. Marxistas, conservadores, radicales, peronistas y nacionalistas, sin distinción de ideología, defendieron siempre en Argentina la herencia de España y de la Iglesia católica. Pocas naciones en el mundo pueden decir que su clase intelectual, de punta a punta del arco político, se puso de acuerdo en algo así.

Incluso en la música compartimos gestas: la Marcha de San Lorenzo, compuesta por el músico argentino de raza negra Cayetano Silva, fue la marcha con la que desfilaron los ejércitos aliados al entrar en París y en Varsovia, y hoy se toca en el cambio de guardia del Palacio de Buckingham. Un compositor argentino, sin saberlo, terminó formando parte de la memoria de media Europa.

Por eso resulta doloroso ver hoy peleas entre hinchas, insultos cruzados en redes o algún tonto que confunde a Argentina con un club de fútbol rival y quema una camiseta. Medio millón de españoles viven en Argentina; medio millón de argentinos construyen hoy sus sueños en España. Decenas de millones de personas de ambos lados llevamos la misma sangre. Es probable que quienes hoy se insultan en las redes sean, sin saberlo, primos lejanos.

No caigamos en la trampa de dejarnos enfrentar por un partido de fútbol. Los mismos poderes que no quieren un mercado unido de 600 millones de hispanohablantes son los que se benefician de vernos peleados entre nosotros en lugar de unidos. Miren hacia el Canal de la Mancha: ahí está quien realmente se beneficia de nuestra división.

Fue solo un partido de fútbol, no una guerra. Se ganó, se perdió, y la Copa del Mundo se gritó en español de un lado y del otro del Atlántico. Nuestra civilización es más fuerte que cualquier disgusto pasajero. Compartimos la misma trinchera desde hace más de dos siglos, la misma lengua, la misma fe y la misma sangre. Me aprecien o dejen de hacerlo, argentinos y españoles seguiremos siendo, aunque algunos se empeñen en lo contrario, una sola familia. La sangre no es agua. Valorémosla.

Patricio Lons es historiador.