Alfa y Ónega
La gente se muere o se nos muere, según toque. En consecuencia, Fernando Ónega se me ha muerto. No tanto por tener contacto directo con un periodista de voz baja y alto pensamiento, sino por influencia. Y es que es difícil sustraerse al legado de quien puso letra a las más brillantes piezas sonoras de una época que no hace falta desclasificar, porque son como las canciones del verano de una democracia que languidece por momentos. Están ahí, cosquilleando la memoria.
Fernando ha sido un gallego practicante que no abusó nunca de su superioridad intelectual, pero que apabullaba por su sentidiño, eso que algunos definen como sentido común pero que en realidad es otra cosa: tiene que ver más con acompasar el pensamiento a los latidos del momento.
Y eso es tan difícil que habría que explicarles a los nuevos periodistas que hubo una época de España en que la gente admiraba a los profesionales de la información que explicaban las cosas despacio para que quien escuchara se enterara deprisa. Al revés que ahora. Fernando Ónega le impuso a la Transición española una cadencia que era como una lección de anatomía política.
No sé si hoy Fernando hubiera exaltado a las masas, pero entonces las masas no nos fijábamos en cómo los periodistas hacían aspavientos con las manos en las tertulias de televisión y nos quedábamos mirándoles los labios, seguros de que lo que iba a salir de sus bocas tendría eso que los cursis llaman carga de profundidad.
Se me ha muerto Fernando Ónega y quiero desclasificar su memoria para que quienes le reprocharon su extrema centralidad se enteren de una puñetera vez de que se puede tomar partido desde la moderación, porque su sentidiño era consecuencia directa de su compromiso con una España que, para lanzarse por la pendiente de la democracia, necesitaba mirar a los labios de esa admirable corte de letristas que nos enseñaron a pensar. Alfa y Ónega.
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