32 años de aquel 9-N que pudo cambiar el mundo
La Universidad del País Vasco permite el despliegue de una pancarta con el rostro de Stalin en su campus
El comunista del ático del millón de euros dice que «el capitalismo es incompatible con los derechos»
En la noche/madrugada de aquel 9 de noviembre de 1989 no fueron los carros blindados de la OTAN, ni su fuerza aérea los que demolieron los cascotes que el comunismo soviético había levantado para privar a una parte del pueblo alemán de la libertad y el pan.
No. Fueron las manos de los alemanes oprimidos durante muchos años por Stalin, Kruschev, Brézhnev, Chernenko, Ulrich y demás compañeros mártires, los que decidieron aprovechar el resquicio que les ofreció Mijail Gorbachov para poner punto y final a tres décadas de ignominia, vergüenza, violencia de todo lo humano y la miseria.
Ni el brutal aparato represivo de la Stasi fue capaz de paralizar la determinación de los alemanes del Este en busca de su libertad. Ahí alcanzó el comunismo su mayor desprestigio intelectual y político que tuvo jamás. Tal fue así que muchos partidos comunistas del mundo cambiaron a toda velocidad sus nombres para parapetarse en nombres que no pudieran compadecerse con los regímenes soviéticos. Ese fue el caso de España donde Julio Anguita, inteligentemente mimetizó el PCE por Izquierda Unida.
El gran intelectual y profesor Francis Fukuyama (Stanford&Harvard) escribió tras la caída del Muro un famoso libro El Fin de la Historia y el último hombre en el que preconizaba que, a partir de ese derrumbe, el mundo dejaba de ser bipolar (USA&URSS) para convertirse en un predio liberal donde la libertad de todas las libertades era irreversible. Se equivocó.
32 años de aquella caída histórica los herederos del comunismo siguen ahí ahítos y perennes. El vestigio más ruinoso lo encontramos en la isla de Cuba donde el régimen sigue torturando y matando de hambre a sus sufridos súbditos. Como será la cosa que un funcionario de España, un tal Juan Carlos Monedero, el multimillonario que ha arramplado millones de todas las satrapías caribeñas que pertenecen a sus pueblos, acaba de firmar un manifiesto en defensa del régimen asesino de La Habana.
La caída del Muro terminó con un sistema inviable. Pero continúan en pie dictaduras de parecido jaez que asientan sus reales sobre el odio, la mentira, y los métodos que un día aplicaron cruelmente dos personajes siniestros. Uno se llamaba Lenin; el otro Stalin. No era concebible hace 32 años. Hoy es una realidad perfectamente descriptible.
Ahí siguen.
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