¿Enfriar la lava de un volcán? Este bombero islandés ha conseguido algo que parecía una locura
La temperatura que alcanza la lava puede superar los 1.200 grados centígrados
Cuando la lava se enfría, se vuelve más lenta y espesa
Islandia ya consiguió enfriar un volcán en 1973 con agua del mar
Durante una erupción volcánica, la lava puede superar los 1.200 ºC, una temperatura capaz de fundir la roca hasta convertirla en un fluido incandescente que arrasa prácticamente con todo lo que se encuentra en su camino. En situaciones tan extremas, resulta difícil imaginar que el ser humano pueda intervenir con éxito ante el poder de la naturaleza.
Pero eso es lo que ha conseguido en Islandia Helgi Hjorleifsson, un jefe de bomberos cuya historia ha sido contada recientemente por el New York Times. En un país tan acostumbrado a convivir con volcanes activos, Hjorleifsson se ha atrevido a plantear una estrategia para alterar el comportamiento de la lava con el fin de evitar su impacto sobre poblaciones e infraestructuras.
El planteamiento es, además, de una pasmosa sencillez: si el problema es que la lava está muy caliente, ¿por qué no enfriarla con agua? Así lo hicieron las autoridades locales en las navidades de 2023, cuando la colada se acercaba peligrosamente al pueblo pesquero de Grindavík, de unos 3.500 habitantes, así como a una central eléctrica y a la Laguna Azul, un célebre balneario natural islandés.
Redirigir la lava
Dado que detener la lava resultaba inviable, se pensó que la mejor solución consistía en modificar su trayectoria. Para ello, se construyeron diques de tierra y roca concebidos como barreras de contención capaces de redirigir la colada y alejarla de las zonas más vulnerables.
El principal inconveniente para el plan de Hjorleifsson radicaba en las altísimas temperaturas que puede alcanzar la roca fundida, que son tan extremas como para erosionar, desbordar e incluso destruir prácticamente cualquier estructura.
Entonces fue cuando al jefe de bomberos se le ocurrió una idea tan simple como efectiva: echar agua, mucha agua, con bombas y mangueras, para enfriar la lava. De hecho, se tuvieron que comprar kilómetros de mangueras y un gran número de bombas nuevas para poder llevar a cabo su propuesta.
Temperatura y viscosidad
Aunque pueda parecer lo contrario, la decisión no fue fruto de una ocurrencia improvisada, sino que hay una base científica detrás. La lava es un fluido cuya viscosidad depende directamente de su temperatura: cuanto más caliente, más fluida y rápida; a medida que pierde calor, se vuelve más espesa, se ralentiza y termina solidificándose.
Cuando el agua entra en contacto con la colada, se produce un enfriamiento superficial brusco que genera una costra sólida externa. Esa capa actúa como barrera, aumenta la resistencia al movimiento y reduce la velocidad del flujo.
Comportamiento alterado
Este proceso no enfría completamente la lava, cuyo interior sigue a temperaturas extremas, pero sí altera su comportamiento de forma significativa. La colada pierde movilidad y puede ser más fácilmente conducida o desviada mediante barreras físicas, como los diques de contención.
Por otro lado, hay que aclarar que no se trata de verter agua sin control sobre la lava. La gestión del enfriamiento es crítica: un exceso de agua puede desestabilizar o erosionar las propias estructuras de contención, comprometiendo toda la estrategia.
Por eso, la aplicación debe ser continua, pero también precisa y adaptada al comportamiento de la lava en cada momento.
Volcán Eldfell
La idea de enfriar la lava tiene un precedente clave en Islandia. Fue en 1973 con la erupción del volcán Eldfell en la isla Heimaey, la única habitada en las Islas Vestman. Entonces fue el puerto la infraestructura que se encontraba en peligro debido al avance de la colada.
Ante un escenario sin alternativas claras, las autoridades tomaron una decisión arriesgada y sin precedentes: bombear agua de mar de forma masiva sobre la lava para enfriarla.
Millones de toneladas
Según el Servicio Geológico de Estados Unidos, «en total se bombearon 6,2 millones de toneladas métricas de agua de mar». La operación de enfriamiento se prolongó, con diferentes niveles de intensidad, durante más de cuatro meses.
Aquel episodio marcó un antes y un después en la gestión del riesgo volcánico. Fue la primera vez que el ser humano lograba enfriar para posteriormente frenar y desviar una colada de lava a gran escala. Se demostró que, con suficiente agua y tecnología, se podía manipular el avance de un volcán.
Futuro incierto
La historia de Hjorleifsson es otro ejemplo de victoria humana frente a los volcanes. Hoy Grindavík sigue en pie, y también la central eléctrica y la Laguna Azul. Pero la localidad permanece en gran parte deshabitada y su futuro continúa siendo incierto.
A día de hoy, no hay una erupción ni coladas de lava avanzando hacia Grindavík tras el final del último episodio eruptivo en agosto de 2025. Sin embargo, la península de Reykjanes, donde se encuentra el pueblo, continúa siendo un sistema volcánico activo.
Las erupciones recurrentes desde 2021 han confirmado lo que ya apuntan los científicos: Islandia ha entrado en un nuevo ciclo volcánico que podría prolongarse durante décadas. Grindavík sigue siendo un territorio en vigilancia constante, donde la pregunta ya no es si volverá a haber lava, sino cuándo y por dónde volverán a ser necesarios los enfriadores de lava.
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