La zoología mundial celebra un hito sin precedentes: las tortugas gigantes regresan a esta isla después de 170 años
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Las tortugas gigantes vuelven a caminar por la isla Floreana casi siglo y medio después de su desaparición. El Parque Nacional Galápagos liberó 158 ejemplares juveniles para recuperar una especie que la isla perdió en el siglo XIX.
El operativo inaugura una fase clave dentro del plan de restauración ecológica de Floreana. Los técnicos pretenden introducir hasta 700 individuos en los próximos años para reconstruir una población estable con la mayor carga genética posible del linaje original.
Las tortugas gigantes regresan a la isla Floreana tras 170 años de ausencia
El Parque Nacional Galápagos soltó los 158 ejemplares en las zonas altas de Floreana, una isla de 173 kilómetros cuadrados situada en el extremo sur del archipiélago ecuatoriano. Los animales tienen entre 8 y 13 años y pesan lo suficiente como para resistir ataques de ratas y gatos asilvestrados, dos de las amenazas que aún persisten en el territorio.
Los guardaparques trasladaron las tortugas desde el centro de cría de la isla Santa Cruz tras varios años de controles sanitarios y seguimiento veterinario. Cada ejemplar lleva un microchip que permitirá registrar desplazamientos, crecimiento y supervivencia. El equipo eligió el inicio de la temporada de lluvias para la suelta porque la vegetación brota con mayor fuerza y facilita la adaptación.
Fredy Villalba, responsable del centro de crianza, explicó que el parque seleccionó individuos con la mejor condición física y con mayor peso dentro de su cohorte. El criterio no fue estético, sino práctico. Las tortugas más fuertes soportan mejor los primeros meses en libertad, cuando deben reconocer el terreno y competir por alimento.
La base científica del proyecto se remonta a un hallazgo en la isla Isabela. Investigadores localizaron en el volcán Wolf tortugas híbridas que conservaban parte del ADN de la población original de Floreana, integrada dentro del complejo Chelonoidis niger. Los análisis genéticos confirmaron que esos animales descendían de ejemplares trasladados por marinos en el siglo XIX.
A partir de ahí, el parque impulsó un programa de cría selectiva. Los biólogos cruzaron a los adultos con mayor porcentaje de ese linaje y obtuvieron crías con entre el 40 % y el 80 % de la carga genética vinculada a la población extinguida.
Christian Sevilla, director de ecosistemas del parque, defendió que esa proporción resulta suficiente para reconstruir progresivamente una población con rasgos muy próximos a los originales.
La isla Floreana alberga cerca de 200 habitantes y comparte espacio con flamencos, iguanas, pingüinos y halcones. Además, arrastra desde hace décadas un problema de especies invasoras: ratas, gatos, cerdos y burros siguen presentes en distintos puntos, mientras plantas como la mora y la guayaba compiten con la vegetación autóctona.
Los técnicos combinan la reintroducción con programas de control de invasoras y vigilancia permanente. El parque medirá durante años la evolución de los ejemplares antes de autorizar nuevas sueltas.
Por qué desaparecieron las tortugas gigantes de la isla Floreana
Floreana perdió a sus tortugas por la acción directa de los humanos y por la alteración del entorno en el siglo XIX. Balleneros y colonos capturaron miles de animales porque podían mantenerlos vivos durante meses en las bodegas de los barcos, como reserva de carne fresca en travesías largas. La explotación fue constante y redujo la población a un ritmo que la isla no pudo compensar.
Los marinos y los primeros pobladores introdujeron cabras, cerdos y ratas. Las cabras arrasaron la vegetación de la que dependían las tortugas adultas. Las ratas y los cerdos se alimentaron de huevos y crías. Sin relevo generacional y con menos alimento disponible, la población colapsó hasta desaparecer por completo a finales del siglo XIX.
La ausencia de las tortugas alteró el paisaje. Sin su pastoreo, algunas plantas leñosas avanzaron y cambiaron la estructura de la vegetación. La dispersión de semillas disminuyó y ciertos claros naturales se cerraron.
Washington Tapia, biólogo especializado en Galápagos, sostiene que la reintroducción tiene un valor doble. Por un lado, recupera un linaje que la ciencia logró rastrear cuando parecía perdido. Por otro, restituye una función ecológica concreta que ninguna otra especie desempeña con la misma intensidad.
Los responsables del parque calculan que harán falta al menos diez años para detectar cambios claros en la vegetación y en la dinámica del suelo, pero el regreso de las tortugas ya supone un avance decisivo en la recuperación ecológica de la isla.
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