Internacional
REPORTAJE

Nueva York conmemora los 25 años del mayor atentado islámico con un alcalde musulmán

  • Carlos Esteban
  • Columnista de Internacional. Quince años en el diario líder de información económica Expansión, entonces del Grupo Recoletos, luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico Alba, escribió opinión en Época, en La Gaceta y ahora como freelance en OKDIARIO.

Es un ejercicio mental interesante imaginar cómo reaccionaría un neoyorquino el 12 de septiembre de 2001, aún fresca en su retina la imagen de las torres desplomándose en el mayor atentado de la historia de Estados Unidos, si se le dijera que, de sobrevivir 25 años más, él mismo podría ver a un musulmán legítimamente elegido alcalde de la Gran Manzana.

La idea podría antojársele aún más loca durante los dos años posteriores, con sus guerras —tan devastadoras como desastrosas— en Irak y Afganistán, por no hablar de aventuras bélicas menores contra países musulmanes. George Bush había declarado la Guerra contra el Terror y, aunque ese «terror» no tuviera apellido oficial, todo el mundo sabía que no se estaba refiriendo a los budistas o a los mormones.

Y, sin embargo, aquí estamos: un cuarto de siglo después del traumático atentado, Nueva York tiene un alcalde orgullosamente musulmán. ¿Qué ha pasado? La derecha soberanista norteamericana lleva años resumiendo una parte de la respuesta en una frase: «Invade the world, invite the world». Invade el mundo e invita al mundo. Estados Unidos ha pasado buena parte del cuarto de siglo transcurrido desde el 11-S haciendo ambas cosas.

Fuera de Estados Unidos, el islamismo constituía una amenaza suficientemente grave como para invadir países, derribar gobiernos, ocupar territorios durante décadas, lanzar miles de ataques aéreos y gastar cantidades de dinero difíciles de concebir. Dentro de Estados Unidos, en cambio, establecer alguna relación entre islam, inmigración y seguridad fue convirtiéndose progresivamente en una sospechosa muestra de islamofobia.

La Guerra contra el Terror ha costado unos ocho billones de dólares —con «b» de «barbaridad»—, según datos de la Universidad Brown. Afganistán fue ocupado durante veinte años. Irak fue invadido y su régimen derribado. A las dos grandes guerras se añadieron operaciones militares de distinta naturaleza en Pakistán, Siria, Libia, Yemen y Somalia, entre otros países. Estados Unidos llegó a desarrollar actividades que calificaba de antiterroristas en 78 países.

Las guerras producen muertos, ruinas y también refugiados. Brown calcula que los conflictos posteriores al 11-S han desplazado a 38 millones de personas en Afganistán, Pakistán, Irak, Siria, Libia, Yemen, Somalia y Filipinas. Y muchos de estos buscaron refugio, de todos los países posibles, en Estados Unidos. Tras la desastrosa retirada de Afganistán, Washington recibió a unos 88.500 afganos, muchos de los cuales habían colaborado con los propios estadounidenses o huían precisamente de los talibanes.

El fenómeno, naturalmente, excede con mucho a los refugiados producidos por las guerras. Durante esos mismos 25 años continuó la inmigración ordinaria procedente del mundo islámico y, en una escala todavía mayor, de lo que antes llamábamos sin demasiados complejos Tercer Mundo.

Por lo visto, el suelo americano es mágico y convierte un terrorista potencial en un pacífico americano 

Y lo peor fue el cambio de mentalidad, de actitud hacia los recién llegados. Hasta no hace tanto, se presumía que el destino obligado del que venía era americanizarse. Italianos, irlandeses, polacos o judíos rusos podían conservar su religión, sus comidas, sus fiestas y hasta vivir rodeados de compatriotas. Pero el movimiento esperado tenía una dirección inequívoca: ellos se adaptaban a América. Sus hijos serían más americanos que ellos y sus nietos probablemente tendrían que hacer un esfuerzo para recordar cuatro palabras de la lengua del abuelo.

Pero entonces llegó el multiculturalismo. La asimilación empezó a sonar a imposición, la conservación de la identidad de origen se convirtió en una riqueza que había que proteger y la sociedad receptora adquirió también la obligación de adaptarse al recién llegado. No hizo falta que el Congreso aprobara una ley para impedir que los inmigrantes se americanizaran. Bastaba escuchar a los grandes medios, las universidades, Hollywood, las ONG y los líderes de opinión para saber por dónde soplaba el viento. Europa recorrió simultáneamente el mismo camino.

El resultado tiene algo de esquizoide. Por lo visto, el suelo americano es mágico y convierte un terrorista potencial en un pacífico americano. El mismo tipo que en Afganistán, Irak o Somalia forma parte de una sociedad cuyas características religiosas, culturales y políticas estudia obsesivamente el Pentágono porque de ellas puede depender la vida de sus soldados, adquiere al pisar suelo estadounidense una prodigiosa condición de individuo abstracto.

El intento de transformar Afganistán terminó con los talibanes de nuevo en Kabul. La transformación de Estados Unidos tuvo bastante más éxito

Su cultura deja de tener consecuencias previsibles. Su religión pasa a ser una cuestión estrictamente privada. Preguntarse si trae consigo hábitos, lealtades, ideas políticas o concepciones de la sociedad distintas de las estadounidenses empieza a resultar de mal gusto. Mágicamente, es un americano más que viene a contribuir al proyecto común. Y la demografía ha acabado, como suele, triunfando.

En 2023 vivían en Nueva York 3,1 millones de personas nacidas fuera de Estados Unidos, el 37,5% de la población. Pero el dato verdaderamente revelador aparece al sumar la segunda generación: más de dos de cada tres neoyorquinos son inmigrantes o hijos de al menos un inmigrante. En Estados Unidos en su conjunto esa proporción es del 29%. También ha cambiado radicalmente de dónde vienen. En 1970, el 64% de los inmigrantes de Nueva York procedía de Europa. En 2023 los europeos representaban sólo el 14%. Latinoamérica aportaba el 32%, Asia el 30%, el Caribe no hispano el 17% y África el 5%.

Es difícil imaginar un escenario electoral más apropiado para Zohran Mamdani. Nació en Uganda, hijo de padres indios, llegó de niño a Estados Unidos y creció en una familia intelectual y cosmopolita. Pero es difícil encontrar un póster boy más perfecto para la transformación de Nueva York durante este cuarto de siglo: inmigrante, africano de nacimiento, asiático de origen, musulmán y socialista. Y no hace falta ser musulmán para reconocer en él a uno de los suyos. Un bangladesí o un pakistaní comparte además su religión; un senegalés, un dominicano, un guyanés, un mexicano o un etíope pueden encontrar una identificación más difusa, pero políticamente comprensible. Mamdani pertenece inequívocamente a la nueva Nueva York inmigrante.

Él mismo entendió perfectamente la naturaleza de su coalición. Al celebrar su victoria, dio las gracias a los propietarios yemeníes de bodegas, las abuelas mexicanas, los taxistas senegaleses, las enfermeras uzbekas, los cocineros trinitenses y las tías etíopes. Estaba describiendo a sus votantes.

A esa identificación añadió una oferta económica especialmente atractiva para las rentas bajas y medias de una ciudad carísima: congelación de alquileres regulados, autobuses gratuitos, guardería universal, supermercados municipales y otras políticas destinadas a trasladar al Estado una parte mayor del coste cotidiano de vivir en Nueva York. Para alguien procedente de un país en el que ha dispuesto de muy poco, la promesa de recibir servicios que jamás tuvo difícilmente constituye un argumento electoral desdeñable.

Dentro de esa enorme Nueva York inmigrante existe además un bloque específicamente musulmán cuyo peso electoral ya resulta considerable. Una base de datos elaborada por la organización comunitaria DRUM identificó 307.000 musulmanes registrados para votar en las elecciones de 2025, frente a 245.000 cuatro años antes. La propia organización calcula que representaron el 14% de los votos emitidos, aunque las encuestas a pie de urna ofrecen una estimación sensiblemente menor. Lo que admite mucha menos discusión es la dirección de ese voto: en zonas de elevada concentración musulmana Mamdani obtuvo apoyos muy superiores a su media.

La vieja exigencia de americanización cedió terreno ante una cultura que celebraba precisamente la conservación de las identidades que traían consigo

Estados Unidos salió del 11-S dispuesto a transformar el mundo del que habían salido sus atacantes. Gastó ocho billones de dólares —con «b» de «barbaridad»—, derribó gobiernos, ocupó países, bombardeó otros y sacrificó miles de vidas en el intento. Aquellas guerras desplazaron a decenas de millones de personas y una parte terminó en Occidente. Entretanto siguieron llegando inmigrantes del mundo musulmán y, en una escala muchísimo mayor, de Asia, África, Latinoamérica y el Caribe. Y la vieja exigencia de americanización cedió terreno ante una cultura que celebraba precisamente la conservación de las identidades que traían consigo.

El intento de transformar Afganistán terminó con los talibanes de nuevo en Kabul. La transformación de Estados Unidos tuvo bastante más éxito. Y así llegamos al 11 de septiembre de 2026. Un cuarto de siglo después de que diecinueve islamistas desencadenaran el mayor atentado de la historia de Estados Unidos y pusieran en marcha la Guerra contra el Terror, el hombre que representa a la ciudad que recibió el golpe principal es Zohran Mamdani: inmigrante, socialista y orgullosamente musulmán.