Largo Caballero e Indalecio Prieto: los socialistas sanguinarios que soñaron con una España soviética
Un escolta de Indalecio Prieto asesinó al ministro José Calvo Sotelo en las calles de Madrid la madrugada del 13 de julio de 1936
Ambos dirigentes del PSOE protagonizaron el golpe de Estado de 1934 contra la República
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Francisco Largo Caballero e Indalecio Prieto, los dos dirigentes socialistas cuyas calles el Tribunal Supremo avalará mantener en Madrid, fueron protagonistas de uno de los episodios más controvertidos de la Segunda República. El conocido como el Lenin español y su correligionario vasco encabezaron el golpe de Estado de octubre de 1934 que rompió la legalidad republicana y dejó cientos de víctimas mortales.
Largo Caballero, secretario general de la UGT y líder del ala revolucionaria del PSOE, había manifestado públicamente su intención de convertir España en un Estado soviético. «Habrá soviet en España en cuanto caiga Azaña», declaró en una entrevista al diario La Prensa de Nueva York en febrero de 1936.
Su radicalización había comenzado mucho antes, cuando en 1933 afirmó: «Si no nos permiten conquistar el poder con arreglo a la Constitución, tendremos que conquistarlo de otra manera».
El dirigente socialista mantuvo correspondencia directa con Stalin durante la Guerra Civil. El líder soviético llegó a pedirle por carta «moderación» y que siguiera la vía parlamentaria al socialismo, no la revolucionaria que defendía Largo Caballero. «El socialismo exige ahora una dictadura proletaria: antes de cinco años España será soviética», había proclamado el político madrileño.
Por su parte, Indalecio Prieto impulsó el golpe de Estado de 1934. En septiembre de ese año, el vapor Turquesa fondeó próximo a San Esteban de Pravia, en Asturias, para descargar un importante alijo de armas. Prieto vigiló el desembarque junto con otros dirigentes socialistas, mientras sus correligionarios cargaban el armamento en camiones de la Diputación controlada por el PSOE.
La operación fue interceptada por la Guardia Civil y los Carabineros. Años más tarde, Prieto describió con detalle su participación en el desembarque en su libro Convulsiones de España, escrito desde su exilio mexicano.
La autocrítica llegó décadas después. En la celebración del 1 de mayo de 1942, Prieto asumió su responsabilidad: «Me declaro culpable ante mi conciencia, ante el Partido Socialista y ante España entera, de mi participación en el movimiento revolucionario. Lo declaro como culpa, como pecado; no como gloria».
El episodio más turbulento de la carrera parlamentaria de Prieto tuvo lugar el 4 de julio de 1934 en el Congreso de los Diputados. Según el Diario de Sesiones, el dirigente socialista «sacó la pistola después de haber visto frente a mí otra ya fuera del bolsillo» y la amartilló para apuntar a un diputado conservador. Sin embargo, nadie más vio la supuesta segunda pistola.
El terror rojo
Durante la Guerra Civil, ambos dirigentes tuvieron responsabilidades directas en el llamado terror rojo. Largo Caballero, como presidente del Consejo de Ministros, tuvo conocimiento y responsabilidad en las sacas de Paracuellos, donde se calcula que fueron asesinadas 6.000 personas, incluyendo centenares de mujeres y 276 niños.
El historiador Stanley Payne ha documentado la «responsabilidad directa» de Largo Caballero «en la entrega de armas a los militantes de los partidos y sindicatos de izquierda, y en la conversión ilegal de esos militantes en cuerpos de policía que propició los numerosos crímenes en la zona republicana».
Indalecio Prieto, por su parte, creó el siniestro Servicio de Investigación Militar en agosto de 1937, órgano bajo el cual funcionaban las checas, centros de tortura, secuestro y muerte donde se cometían todo tipo de vejámenes. Estos centros operaron bajo la supervisión del entonces presidente del Consejo de Ministros, Largo Caballero.
El fanatismo de Largo Caballero era tal que llegó a declarar: «Tenía razón Marx: La violencia es la partera de la Historia». En 1933, durante un almuerzo con el soviético Álvarez del Vayo, manifestó: «España debe optar entre el estilo soviético y el estilo nazi; yo me inclino por el soviético».
Fracturas internas
El PSOE de la Segunda República se dividió en tres facciones: los caballeristas (seguidores de Largo Caballero), los prietistas (partidarios de Prieto) y los besteiristas (liderados por Julián Besteiro). Este último fue el único que se opuso sistemáticamente a la violencia y abogó por una solución negociada al conflicto.
Niceto Alcalá-Zamora, presidente de la República, llegó a definir a Largo Caballero como «doblemente traidor a la Monarquía y a la República». Hay que recordar que el dirigente socialista había sido consejero de Estado durante la dictadura de Primo de Rivera.
Las declaraciones belicistas de Largo Caballero marcaron el clima prerrevolucionario de la época. «Pongámonos en la realidad; estamos en plena guerra civil. Estamos en pie de guerra», proclamó en los albores del golpe de 1934. Ya en 1936, escribió en Claridad: «Sea la guerra civil a fondo; todo menos el retorno de la derecha».
El legado de estos dos dirigentes socialistas sigue generando controversia ocho décadas después, demostrando que algunas heridas históricas permanecen abiertas en una España que aún no ha logrado cicatrizar completamente las fracturas de su pasado más convulso.
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