El gato gourmet

A falta de playa, piscina y buena mesa

playa piscina

El verano español tiene dos grandes mentiras. La primera es que «se está mejor en Madrid en agosto». La segunda, que todos tenemos un amigo con piscina. Ese amigo existe… hasta que llega julio. Entonces desaparece con la misma habilidad que un ministro cuando aparecen los micrófonos. Su móvil deja de tener cobertura, los mensajes se quedan en doble check y su chalet entra en un misterioso programa de protección de piscinas privadas.

Así que el ciudadano medio, derrotado por 40 grados a la sombra y un ventilador que mueve aire caliente como si fuera un secador de pelo gigante, empieza a buscar alternativas. Porque la playa está muy bien… siempre que uno no tenga que recorrer cuatro horas de atasco para descubrir que ha pagado 20 euros por una sombrilla, 15 por el aparcamiento y 30 euros por un arroz que ha visto más colorante que marisco.

playa piscina

Ahí aparece el auténtico lujo del siglo XXI: una buena piscina y un restaurante donde el chef entienda que una ensalada puede ser algo más que lechuga deprimida. Ya no buscamos hoteles; buscamos refugios climáticos con servicio de habitaciones.

En la Serranía de Ronda, Relais & Châteaux Finca La Donaira demuestra que el Mediterráneo no tiene la exclusiva de la felicidad líquida. Su piscina de agua de manantial invita a olvidar el reloj mientras Nerea Ortiz y Manuel Vargas cocinan casi todo con lo que da la propia finca. Kilómetro cero, sí, pero sin necesidad de dar una conferencia sobre sostenibilidad entre plato y plato.

playa piscina

Después llega Cantabria y Helguera Palacio, donde uno descubre que una piscina infinita también puede tener acento pasiego. Allí el verde no es un filtro de Instagram, sino el paisaje. Renzo Orbegoso mezcla producto cántabro con recuerdos peruanos y consigue que el viaje continúe incluso sentado a la mesa. Porque hay cocineros que hacen recetas y otros que hacen turismo gastronómico sin necesidad de pasaporte.

playa piscina

Madrid tampoco se rinde. Mientras media ciudad huye despavorida, el Hotel Emperador convierte su azotea en una playa sin arena. Bendita decisión. Porque si algo sobra en agosto son grados, no granos de arena dentro del bañador. Su piscina panorámica permite contemplar el skyline madrileño mientras uno confirma que la mejor manera de soportar el calor es hacerlo con un cóctel en la mano y la conciencia en modo avión.

Y cuando España empieza a parecer un horno con denominación de origen, Portugal recuerda que cruzar la frontera también sirve para refrescarse. El Valverde Santar Hotel & SPA, en pleno Dão, reúne viñedos, jardines, piscina y la cocina de Inês Beja. Tradición portuguesa con elegancia contemporánea. Lo suficientemente sofisticado para impresionar y lo bastante auténtico para que el protagonista siga siendo el producto.

playa piscina

Al final, uno descubre que el verano no consiste en recorrer miles de kilómetros para hacerse una foto diciendo que está «desconectando». Eso nunca es verdad. La auténtica desconexión llega cuando el móvil queda olvidado sobre la tumbona, el camarero aparece con algo bien frío y la única decisión importante del día consiste en elegir si el siguiente baño será antes o después del postre.

Porque, seamos sinceros, a falta de playa… que nunca falte una buena piscina, una mesa memorable y alguien dispuesto a rellenarnos la copa antes de que vuelva a apretar el sol.

playa piscina

Lo último en Gastronomía

Últimas noticias