El gato gourmet

Berria, el vino se pone la chaqueta de gala

Berria

Hay países que fabrican coches. Otros exportan tecnología. Algunos presumen de misiles, de bancos o de políticos capaces de prometer imposibles sin despeinarse. España, en cambio, lleva siglos haciendo vino. Muchísimo vino. Bueno, malo, regular y extraordinario. Sobre todo extraordinario. Lo curioso es que durante décadas hemos sido como ese cantante prodigioso que desafina cuando le toca explicarse en una entrevista.

Porque aquí siempre hemos sabido plantar viñas, cuidar cepas y llenar botellas. Lo de contar la historia ya era otra cosa. Hemos producido vinos capaces de emocionar a un francés, de hacer llorar a un italiano y de provocar ataques de patriotismo repentino a cualquier español después de la tercera copa. Pero luego llegaba el momento de venderlos y aparecía ese ancestral complejo nacional que nos lleva a pensar que todo lo extranjero es mejor, aunque venga dentro de una caja con instrucciones en sueco y sabor a cartón reciclado.

Por eso tiene tanto mérito lo que acaba de conseguir Berria.

El elegante templo vinícola situado frente a la Puerta de Alcalá acaba de recibir el Grand Award de Wine Spectator. Traducido al lenguaje de los mortales: los Oscar, los Grammy y la Champions League del vino metidos en una misma botella. Un reconocimiento que poseen apenas 99 establecimientos en todo el planeta. Noventa y nueve. Menos personas que las que suelen opinar sobre política en cualquier comida familiar de domingo.

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Hasta ahora, España compartía este selectísimo club gracias a dos auténticos tótems del vino: Atrio y Rekondo. Ahora se suma Berria, que en apenas cinco años ha pasado de ser una brillante apuesta familiar a convertirse en una referencia internacional. No está mal para una ciudad donde cada semana abre un restaurante nuevo prometiendo revolucionar la gastronomía mundial con una croqueta deconstruida y una carta escrita en tres idiomas para explicar una tortilla.

Lo divertido es que el premio no reconoce simplemente tener muchas botellas. Si fuera por acumular referencias, algunos coleccionistas privados de La Moraleja ya tendrían una vitrina entera de galardones. Wine Spectator premia algo mucho más difícil: el criterio.

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Y ahí es donde empieza la diferencia entre una bodega y una biblioteca líquida.
Porque en Berria conviven más de 3.000 referencias. Una cifra capaz de provocar vértigo incluso a quienes confunden un Ribera con una marca de bicicletas. Más de 100 vinos por copas permiten viajar desde Jerez hasta Borgoña sin necesidad de pasar por la T4 ni sufrir retrasos de aeropuerto.
Pero el verdadero lujo no son los números. El verdadero lujo es que detrás hay una idea.

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En tiempos donde muchos restaurantes utilizan la carta de vinos como quien exhibe un reloj de oro recién comprado, Berria ha decidido practicar un deporte mucho más complejo: despertar curiosidad. Allí conviven leyendas internacionales con pequeños productores desconocidos, añadas históricas con jóvenes rebeldes y botellas míticas con hallazgos inesperados.

Gran parte de esa labor lleva la firma de Mario Ayllón, uno de esos sumilleres que entienden que el vino no necesita sacerdotes ni intérpretes simultáneos. Bastante tenemos ya con descifrar las facturas de la luz. Su mérito consiste precisamente en haber desmontado la solemnidad que durante años convirtió algunas catas en algo parecido a una oposición a notario.

Porque no, no hace falta recitar las subzonas de Borgoña de memoria ni describir aromas de piedra húmeda acariciada por unicornios para disfrutar de una copa.

El vino está para beberlo.

Y si además se aprende algo por el camino, mejor.

Madrid llevaba años convirtiéndose en una capital gastronómica de primer nivel. Tenía cocineros, restaurantes, barras, tabernas y una legión de foodies fotografiando cada plato antes de atacarlo con el tenedor. Le faltaba una gran medalla internacional exclusivamente vinícola.

Ya la tiene.

Y ha conseguido un proyecto que ha demostrado algo fundamental: que una botella no es cristal, corcho y etiqueta. Es cultura, territorio, historia y placer.
Berria ya juega en la primera división mundial del vino.

Lo certifica Wine Spectator. Lo celebra Madrid. Y lo brindarán, probablemente, miles de personas que seguirán diciendo aquello de «yo de vinos no entiendo mucho» mientras vacían la copa con una precisión absolutamente profesional. Salud.

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