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ELECCIONES ESPAÑA

Sánchez no está muerto

Basta con repasar su comparecencia del lunes en la que anunciaba elecciones anticipadas

Querría rebajar la euforia: Sánchez no está muerto políticamente. Basta con repasar su comparecencia del lunes en la que anunciaba elecciones anticipadas. Apenas diez minutos. Ideal para las redes.

Antes de empezar, tomó aire. Se oye hasta un resoplido. En plan: ahí voy. Tras haber recorrido el pasillo de La Moncloa con semblante serio y paso firme. Traje marrón. Camisa y corbata azul a juego. El color de la esperanza.

Declaración institucional. Como, por otra parte, es habitual en estos casos. Feijóo y Abascal hicieron lo mismo. Pero te ahorras las preguntas incómodas. Demasiados temas en el alero: Ábalos, el hermano, la mujer, las joyas de Zapatero, Ceuta.

Comenzó recordando que «hace más de tres años» consiguió continuar en La Moncloa contra pronóstico. Era una manera de darse ánimos. A él y a su electorado. No está nada perdido, era el mensaje.

A continuación, poco menos que dijo que él era la «justicia social» que ha venido «recorriendo» España desde 2018, es decir, desde que alcanzó el poder. «No ha sido fácil», añadió. Ni una palabra de la DANA de Valencia, el volcán de La Palma, Adamuz, el apagón, Ceuta. Lo redujo todo a «emergencias inéditas». Algunas, sin duda, agravadas por la desidia, la incompetencia o el mirar al otro lado del propio Gobierno.

Se quejó de «un Congreso muy bronco», que enlazaba con aquello que proclamó en un comité federal del PSOE. «Vamos a avanzar con determinación, con o sin apoyo de la oposición, con o sin el concurso de un poder legislativo que necesariamente tiene que ser más constructivo y menos restrictivo», manifestó aquel 7 de septiembre de 2024.

A fe de Dios que lo ha hecho: lleva tres años sin Presupuestos, ha gobernado a base de decretos y la única ley importante aprobada es la de la amnistía que, obviamente, beneficia solo a unos cuantos, no persigue el interés general.

Luego hasta apeló a la teoría de la conspiración. Aseguró que han tenido que «batirse contra élites económicas y sociales muy poderosas». En cierta manera, intenta erigirse en el líder de toda la izquierda, incluso mundial. Entre otras razones, porque sabe que más allá del PSOE hay un vacío, un hueco, un precipicio. Visto el previsible pinchazo de Sumar y la fracasada operación Rufián.

Inmediatamente, la emprendió contra PP y Vox. Es «la peor oposición que ha conocido nuestra historia democrática». Pedro Sánchez (1972) es muy joven, pero convendría recordar la operación de acoso y derribo a la que fue sometido Adolfo Suárez por su propio partido. No fue una oposición, fue una cacería. Tenían prisa por llegar al poder.

A su juicio, los partidos de Feijóo y Abascal no tienen «ningún sentido de Estado». Lo dice alguien que ha aprobado la citada ley de amnistía por siete votos. «No ha parado de cuestionar nuestro sistema electoral», en alusión
a la ley de nietos. Y de boicotear “políticas buenas para la gente”. En resumen, qué malos son.

No faltaron tampoco las alusiones a Ayuso —el ático— o a Milei —la motosierra—, lo que confirma que el PSOE considera a la presidenta de la Comunidad de Madrid como la auténtica rival.

Luego se erigió en líder de la izquierda mundial. Hasta afirmó que habían contribuido a construir «un mejor mundo para nuestros compatriotas y el resto de la humanidad». Metió en el mismo saco a los «genocidas» —en referencia ahora a Netanyahu—, los «tiranos», los «tecnoligarcas» y los «especuladores». Resulta que España es un referente mundial «de paz, de feminismo y de prosperidad».

En esta línea vendió «los mejores resultados económicos» como obra de gobierno. «No es una exageración, tampoco es una opinión, es un hecho, un dato contrastable», reiteró para los incrédulos. Un poco más y sale con la camiseta de los 22 millones de ocupados.

Sin embargo, la tasa de paro es de casi el 10%, la inflación roza el 5% y la deuda pública alcanza los 1,7 billones de euros, que equivale al 101,4% del PIB. Antes ibas al Mercadona y el litro de zumo de naranja recién exprimido costaba un euro; ahora, 2,10. Me he pasado al de mandarina, 1,70.

A partir de aquí, ya solo faltaba pedir el voto directamente para el PSOE. Apeló a la «mayoría social» tres veces, lo del «gobierno de coalición progresista» lo dijo en dos y la «ola reaccionaria» o la «coalición ultraderechista», una en cada ocasión.

Consideró que el Parlamento «ha pisoteado» los intereses de la gente con los decretos de vivienda «en beneficio de unos pocos» y, por tanto, necesita «una mayoría progresista mucho más amplia» para «doblegar a las élites».

Antes de concluir, osciló entre el temor al hombre del saco («el mundo se asoma a una época muy compleja») y el compromiso («vamos a dejarnos la piel»). Al fin y al cabo, la gente vota por tres motivos: por ilusión (Obama), por miedo (Zapatero en el 2007: «Si tú no vas, ellos vuelven») o por el bolsillo (Clinton).

Terminó haciendo un llamamiento a convertir España en un «baluarte» contra los malos y que hay que estar en el «lado correcto de la historia». Quim Torra, por cierto, decía lo mismo. No fue una declaración institucional, fue el primer mitin de precampaña. Maquiavelo no lo habría hecho mejor.