España
Invasión a Ceuta

Ceuta, al límite: «Los sentimientos están a flor de piel; en cualquier momento salta la chispa»

Hay una Ceuta que no aparece en los planos generales de televisión. Yo la recorrí junto a una mujer que lleva 23 años cuidando menores inmigrantes y conoce la ciudad palmo a palmo.

Me condujo por el barrio del Príncipe, entre locales sepultados tras construcciones improvisadas con telas, palos y plásticos. Allí se levantan refugios, puestos de venta y pequeñas calles dentro de las propias calles. Algunos comerciantes apenas pueden acceder a sus negocios en las naves. Después fuimos al entorno del hospital, a las montañas y a una periferia de la que casi nadie habla. La playa del Trampolín está saturada hasta el último metro, pero el Trampolín es sólo la imagen más conocida de una realidad que se prolonga durante kilómetros. No son dos asentamientos. No es un barrio. Es Ceuta entera sometida a una presión que modifica sus ritmos, sus espacios y la vida cotidiana de sus habitantes.

Por la mañana, el centro ofrece una tregua engañosa: muchos de los recién llegados duermen. A partir de las 16:00 horas, cuando despiertan y comienzan a deambular por la ciudad, la verdadera dimensión de la crisis emerge ante los ojos.

La cuidadora habla de niños de nueve años que llegan soñando con la Península, los papeles y la vida fácil que han visto en las redes. Recuerda incluso a uno de cuatro que apareció acompañado únicamente por su hermano de ocho. Durante más de dos décadas ha visto todas las caras de la inmigración: menores que consiguieron integrarse y hoy son guardias civiles o educadores sociales, y otros que terminaron perdiéndose en la delincuencia.

Ella es musulmana y ceutí. Le duele contemplar a los ilegales del 31 viviendo en condiciones infrahumanas, pero también le duele la ciudad en la que ha trabajado, criado a sus hijos y construido su vida. Ese desgarro resume mejor que ningún discurso lo que sucede ahora mismo en Ceuta: la compasión no elimina el miedo y la solidaridad no puede sustituir indefinidamente a la acción del Estado.

La población está cansada, los centros se multiplican, los cuidadores no dan abasto y muchas familias temen dejar que sus hijos caminen solos hasta el instituto. Ceuta ha convivido durante décadas con credos, culturas y orígenes distintos. Precisamente por eso, lo verdaderamente grave, más allá del desorden visible, es la posibilidad de que esta crisis fracture una convivencia que costó generaciones construir. Ella nos alerta: «Los sentimientos están a flor de piel. En el momento en que alguien haga cualquier cosa, salta la chispa».