Familia Real

Antonio Eraso, testigo de la muerte del hermano del Rey Juan Carlos hoy hace 70 años: «El balazo fue un fatal accidente»

Juan Carlos quiso meterse monje cartujo pero Don Juan, su padre, le ordenó volver de inmediato a la Academia Militar de Zaragoza y seguir su hoja de ruta dinástica

hermano Rey Juan Carlos
El entonces príncipe Juan Carlos con su hermano, el infante Alfonso de Borbón.
Roberto Pérez
  • Roberto Pérez
  • Periodista y licenciado en Ciencias Políticas. Especialista en sector público, economía política y presupuestaria, e instituciones político-administrativas. Trabajó para Agencia Efe y Cope, ejerció durante más de 20 años en ABC -etapa que incluyó el ejercicio temporal de la corresponsalía de Nueva York- y actualmente es subdirector de OKDIARIO.

Estoril (Portugal), Villa Giralda, 20:30 horas del 29 de marzo de 1956, Jueves Santo. Un grito desgarrador, el de la infanta Margarita, rasga para siempre la vida de la familia de Don Juan de Borbón en su exilio portugués. Al príncipe Juan Carlos acababa de disparársele una pistola que le habían regalado, una pequeña pistola de salón de gatillo tremendamente suave. La bala salió proyectada, fatalmente, justo en el momento en el que irrumpió en la habitación el hermano de Juan Carlos, el infante Alfonso. Cayó desplomado al instante, herido de muerte. Se desangró en cuestión de minutos en presencia de toda la familia. «Fue un fatal accidente, ésa es la verdad, la única verdad», rememora para OKDIARIO Antonio Eraso, íntimo amigo del infante Alfonso, con quien había compartido ese mismo día, poco antes de la tragedia, un partido de golf.

La familia de Antonio Eraso vivía a escasos metros de Villa Giralda. Acudió de inmediato. «Hablé con todos quienes vivieron aquellos instantes, con Don Juan Carlos, con el médico que acudió, con la familia… Y todos los testimonios, todos, sin excepción, fueron coincidentes en el relato de lo ocurrido: fue un disparo accidental, un infortunio absoluto, una tragedia que marcó un antes y un después».

Juan Carlos de Borbón tenía 18 años. El infante Alfonso, 14. Ambos habían viajado desde España a Estoril para pasar en familia las vacaciones de Semana Santa. Don Juan Carlos estudiaba ya en la Academia General Militar de Zaragoza. Su hermano, en el madrileño colegio de Los Rosales.

Los Eraso habían llegado a Estoril tras –y por– la Guerra Civil. Como otros españoles, al asentarse la dictadura franquista decidieron afincarse en Portugal. El padre de Antonio Eraso era cuñado del secretario particular de José María Gil-Robles, diputado de la CEDA –coalición de partidos de derechas y católicos– que llegó a ser ministro de la Guerra en 1935, en la II República. Durante su mandato promocionó a militares que a la postre desempeñaron un papel fundamental en el Alzamiento, entre ellos el propio Franco, a quien el Gobierno de la República nombró jefe del Estado Mayor Central. Franco, después, forzó al exilio a Gil-Robles. Los Eraso optaron también por dejar España y se afincaron en Estoril unos cinco años antes de que establecieran también allí su residencia familiar los condes de Barcelona, Don Juan de Borbón y su esposa María de las Mercedes, tras haber vivido en Roma. En la capital italiana nacieron tanto el príncipe Juan Carlos como su hermano Alfonso.

El propio José María Gil-Robles se asentó con su familia en Estoril. El que fuera diputado y ministro de la II República no sólo compartía vecindad con la familia real española; también fue estrecho colaborador monárquico de la Casa de Don Juan.

«Todos los testimonios, todos, sin excepción, fueron coincidentes: fue un disparo accidental, un infortunio absoluto»

«Nada tenía que ver el Estoril de entonces al de ahora», recuerda Antonio Eraso. «Era un enclave rural, de carreteras sin asfaltar», en el que vivía un reducido número de españoles, entre ellos personal diplomático destinado en la Embajada de España en Portugal.

El fatídico Jueves Santo de 1956

Antonio Eraso y su hermano Joaquín vivían con sus padres a escasos metros de Villa Giralda. Ese día, Jueves Santo de 1956, al personal de servicio de la residencia real en Estoril se le había dado libre por Semana Santa. Nada más producirse el mortal disparo que segó la vida del infante Alfonso, acudieron los más allegados del lugar. El médico, vecinos amigos de los condes de Barcelona y, entre ellos, el propio Antonio Eraso. Villa Giralda era un escenario dramático, desgarrador, insoportable. «Todos quienes fueron testigos directos de lo ocurrido y el médico que acudió de inmediato coincidieron en un relato idéntico e inequívoco: la pistola se le disparó involuntariamente a Don Juan Carlos justo cuando irrumpió en la habitación el infante Don Alfonso», relata Antonio Eraso a OKDIARIO. Primera fatalidad: la coincidencia del instante. Segunda fatalidad: «La bala rebotó sobre el labio superior del infante, le entró por la nariz y le atravesó el cráneo. Se desangró mortalmente en cuestión de minutos».

«De haber vivido ese hermano, hubiera sido una ayuda inestimable para Don Juan Carlos en su reinado, hubiera cambiado todo»

Las probabilidades de que se den a la vez un cúmulo de fatalidades de ese calibre son ínfimas. Pero se dieron en Villa Giralda aquel Jueves Santo de 1956. Algunos le llaman destino; otros, fatales coincidencias. El resultado, una familia rota y una fatalidad que también cambió la historia. «De haber vivido ese hermano, su único hermano varón, a Don Juan Carlos le hubiera ayudado enormemente», afirma Antonio Eraso. «Se parecían muy poco los dos hermanos», apunta. «Don Alfonso hubiera sido una ayuda inestimable para Don Juan Carlos en su reinado, hubiera cambiado todo», dice, convencido, este testigo excepcional de la tragedia de Villa Giralda.

«Juan Carlos adoraba a su hermano»

«El respeto que el infante Don Alfonso tenía por su hermano era absoluto, como lo era la adoración que Don Juan Carlos sentía hacia su hermano», destaca Antonio Eraso. El infante quería seguir los pasos de su padre e ingresar en la Escuela Naval de Marín (Pontevedra).

En esos instantes inmediatamente posteriores al fatal y accidental balazo, Antonio Eraso fue testigo del absoluto hundimiento anímico y de la desesperación del príncipe Juan Carlos. «¿Estaría en una absoluta conmoción?», preguntamos a Eraso. «Más que eso. Terrible», contesta sin dudar.

Quiso hacerse monje cartujo

Juan Carlos expresó su firme intención de abandonar no ya su carrera iniciada en la Academia General Militar de Zaragoza, no sólo la hoja de ruta marcada por su padre con cruda resignación ante la tutela del dictador Franco sobre el primogénito de la dinastía Borbón. Ni expectativa de trono, ni seguir siendo pieza clave para reinstaurar un día la monarquía en España con voluntad democrática. Don Juan Carlos estaba decidido a apartarse por completo y recluirse en un monasterio cartujo, aislado para siempre en el silencio absoluto. Su padre no se lo consintió.

Don Juan –que entonces tenía 43 años–, en medio del dolor más absoluto, del propio y de toda su familia, decidió sin opción que Don Juan Carlos regresara de inmediato a la Academia General Militar. «Yo creo que fue la mejor decisión, porque si Don Juan Carlos se hubiera quedado más tiempo en esa casa hubiera sido mucho peor para él». Anímica y psicológicamente podría haber sido un pozo que, además, hubiera cambiado decisivamente la historia de España tal como la hemos conocido, explica Antonio Eraso.

El conde de Barcelona mandó de vuelta a la Academia General de Zaragoza a su hijo Juan Carlos el mismo día que fue enterrado en Estoril el infante Alfonso

Así, el Sábado Santo se celebró el funeral y entierro del infante Alfonso. Y ese mismo día, por la tarde, acudió a Lisboa el avión militar español que llevó de vuelta al príncipe Juan Carlos para reincorporarse en la Academia General Militar de Zaragoza.

La manipulada versión oficial

¿Por qué, estando constatado que fue un accidente, lo ocurrido ha dado pie a teorías ajenas a lo estrictamente accidental? «Porque Don Juan se equivocó por culpa de Franco y del dictador portugués Salazar, que quisieron ocultar la realidad de lo ocurrido; y, cuando ocultas algo, inmediatamente alientas la rumorología y la fabulación», afirma Antonio Eraso.

La dictadura franquista prefirió eliminar del relato el disparo accidental de la pistola en manos del entonces príncipe Juan Carlos, a quien Franco tutelaba no sólo con sus particulares criterios políticos sino también con un palmario ascendiente moral y paternalista. Y Don Juan, en esos momentos críticos, se plegó a lo que prefirió El Pardo y secundó el régimen portugués de Salazar. La Agencia Efe lanzó este teletipo: «La Secretaría de Sus Altezas Reales los Condes de Barcelona ha facilitado la siguiente nota: Estando el Infante D. Alfonso de Borbón limpiando una pistola de salón con su hermano, la pistola se disparó, alcanzando al Infante en la región frontal. Don Alfonso falleció a los pocos minutos. El accidente sucedió a las veinte horas y treinta minutos, momentos después de regresar Su Alteza Real de los oficios del Jueves Santo, donde había recibido la sagrada comunión» (sic).

Franco falseó lo ocurrido para ocultar que el arma se le había disparado accidentalmente a Juan Carlos, y el padre del futuro Rey hizo suya esa versión manipulada

El monárquico Abc del día siguiente a la tragedia, el del 30 de marzo de 1956, no dio la noticia en su portada. Sí recogió textualmente en páginas interiores ese teletipo de la Agencia Efe, precedido del siguiente titular: «Ha muerto en accidente el Infante Don Alfonso de Borbón, hijo segundo de Sus Altezas Reales los Condes de Barcelona».

La España de aquel momento

Era la España del tramo final de la dura y empobrecedora autarquía que fue de la mano del aislacionismo. El tramo final de aquella primera etapa de la dictadura marcada por las dramáticas consecuencias de la Guerra Civil que destrozó el país y alumbró una dictadura.

Apenas tres años antes de la tragedia de Villa Giralda, Franco había firmado con EEUU los Pactos de Madrid que integraban a España en el bloque occidental. Fue el histórico acuerdo que, en plena escalada de la Guerra Fría, permitió a Washington asentar estratégicas bases militares en nuestro país y, a cambio, garantizaron a España una enorme ayuda dineraria –y alimenticia– desde EEUU que se prolongó hasta finales de los años 60.

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