La economía debe orientarse hacia el alto valor añadido
El problema es un modelo excesivamente orientado hacia empleos de baja cualificación
La economía española afronta un desafío decisivo que determinará su prosperidad futura: elegir entre continuar creciendo de manera extensiva, apoyándose en la acumulación de población y de empleo de baja productividad, o transformarse en una economía intensiva en conocimiento, innovación y alto valor añadido. Ésa es, en realidad, la gran cuestión económica nacional. No basta con crecer. Lo verdaderamente importante es crecer bien.
Durante los últimos años, España ha presentado cifras positivas de crecimiento económico y de creación de empleo en el corto plazo. Sin embargo, conviene analizar con detenimiento la calidad de ese crecimiento. Una parte significativa se ha sustentado en actividades de reducido valor añadido, intensivas en mano de obra poco cualificada y con niveles de productividad modestos.
La riqueza de un país no depende únicamente del tamaño absoluto de su economía, sino, sobre todo, de su capacidad para generar valor por habitante. Es decir, del crecimiento del PIB per cápita. Y éste sólo puede aumentar de manera consistente cuando la productividad se incrementa. No existe otro camino. Ninguna economía se hace próspera simplemente acumulando trabajadores de baja cualificación en sectores de escaso valor añadido.
España necesita orientar su estructura económica hacia actividades intensivas en conocimiento, tecnología, investigación e innovación. Hacia sectores capaces de generar una elevada productividad y salarios altos porque producen mucho valor económico. Esa es la diferencia fundamental entre las economías más avanzadas y aquellas que permanecen atrapadas en modelos de menor sofisticación.
En demasiadas ocasiones, el debate económico español parece conformarse con cualquier crecimiento, independientemente de su composición. Pero no todo crecimiento es equivalente. No produce los mismos efectos una economía basada prioritariamente en innovación industrial, servicios tecnológicos avanzados o investigación biomédica que otra apoyada fundamentalmente en actividades de escasa productividad relativa.
El problema de un modelo excesivamente orientado hacia empleos de baja cualificación no es únicamente salarial. Es también estructural. Cuando una economía se especializa de manera predominante en actividades de reducido valor añadido, termina limitando sus propias posibilidades de progreso. Los salarios medios permanecen contenidos, la capacidad fiscal se debilita y el incentivo a la formación y al talento se deteriora.
Además, se produce un fenómeno especialmente preocupante: la expulsión progresiva de los profesionales más preparados. España forma excelentes ingenieros, investigadores, médicos, economistas, abogados, científicos y especialistas tecnológicos. El nivel educativo de muchas generaciones jóvenes españolas es extraordinariamente elevado. Sin embargo, una parte importante de ese talento acaba emigrando porque el mercado laboral nacional no ofrece suficientes oportunidades acordes con su cualificación. Cada vez hay más rider’s y menos profesionales de alta cualificación, y eso radiografía la evolución económica española.
La razón es clara. Una economía orientada prioritariamente hacia sectores de menor productividad no puede remunerar adecuadamente el capital humano altamente cualificado. Y a ello se añade, en ocasiones, una cierta cultura de igualitarismo salarial mal entendido, que penaliza la excelencia, desincentiva el mérito y dificulta la diferenciación retributiva basada en la aportación de valor. Las economías avanzadas prosperan precisamente porque premian la productividad, la innovación y el talento.
No se trata, naturalmente, de despreciar ninguna profesión. Todo trabajo digno merece respeto y reconocimiento. Una sociedad moderna necesita ocupaciones de toda naturaleza y distintos niveles de cualificación. Pero una cosa es reconocer la dignidad de cualquier empleo y otra muy distinta construir la estrategia económica de un país sobre actividades de bajo valor añadido.
España no puede resignarse a que su horizonte económico esté crecientemente vinculado a modelos donde proliferen empleos de escasa productividad relativa. Una economía orientada principalmente hacia actividades como el reparto a domicilio o determinados servicios poco intensivos en conocimiento difícilmente podrá sostener niveles elevados de prosperidad colectiva. Son actividades legítimas y necesarias, pero generan un valor económico limitado en comparación con otros sectores mucho más sofisticados.
El verdadero motor de las economías prósperas se encuentra en la investigación, la innovación industrial, la biotecnología, la inteligencia artificial, la digitalización avanzada, los servicios financieros complejos, el ámbito jurídico internacional, la medicina de alta especialización o la ingeniería tecnológica. Ahí es donde se concentra el mayor valor añadido y donde se producen los incrementos sustanciales de productividad.
España dispone de capacidad suficiente para competir en esos sectores. Tiene universidades de calidad, profesionales altamente preparados y empresas capaces de internacionalizarse con éxito. Lo que necesita es una estrategia económica orientada claramente hacia ese objetivo. Hace falta un entorno regulatorio favorable, estabilidad institucional, menor burocracia, incentivos a la innovación y una fiscalidad que no penalice la inversión productiva ni el talento.
Por eso, el objetivo no debe ser simplemente crecer, sino crecer intensamente, con calidad y generando alto valor añadido. Esa es la única vía para elevar salarios, fortalecer las clases medias, sostener el Estado del bienestar y garantizar oportunidades reales para las nuevas generaciones.
España tiene que decidir qué modelo económico quiere ser en las próximas décadas. Puede aspirar a convertirse en una economía avanzada basada en el conocimiento y la innovación o puede resignarse a competir mediante salarios moderados y baja productividad. La diferencia entre ambos caminos es, sencillamente, la diferencia entre prosperar o empobrecerse lentamente.
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