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Los psicólogos confirman: las personas que guardan cajas y bolsas para usarlas más adelante no son desordenadas, sólo se preparan para imprevistos

Guardar bolsas en un cajón de la cocina, incluso guardar alguna que otra caja por si acaso se necesita es algo que muchos hacen y que entra dentro de la normalidad de cualquier persona. Sin embargo, los hay que tienen tendencia a guardar todas las cajas y bolsas que pueden llegar a recopilar cada vez que compran o piden un paquete. Una actitud que la psicología ha investigado revelando ciertos aspectos interesantes de la personalidad.

No siempre tenemos un problema de desorden ni de una incapacidad para tirar cosas si de repente hemos acumulado varias cajas y bolsas. En muchos casos, detrás de este hábito existe una forma práctica de anticiparse a situaciones cotidianas y evitar quedarse sin algo necesario. Pero la psicología lleva años estudiando los motivos que llevan a determinadas personas conservar objetos aparentemente insignificantes. Y según lo analizado, la utilidad futura, el deseo de no desperdiciar, el valor emocional y la sensación de estar preparado aparecen entre las razones más habituales, por lo que la clave no está únicamente en guardar, sino en cuánto espacio ocupa lo acumulado, qué malestar provoca y si interfiere o no en la vida diaria.

Los psicólogos confirman: las personas que guardan cajas y bolsas para usarlas más adelante no son desordenadas

El psicólogo estadounidense Randy O. Frost es uno de los principales especialistas en el apego a las posesiones y los comportamientos de acumulación. En una investigación publicada junto a Rachel C. Gross en 1993 observó que algunas personas compraban objetos de más para no encontrarse sin ellos cuando hicieran falta. También llevaban consigo artículos «por si acaso» en bolsos, bolsillos o coches.

Y esto aplicado a guardar una caja o una bolsa, nos permite resolver por adelantado una necesidad que todavía no ha aparecido. El objeto funciona como una especie de recurso disponible frente a un imprevisto. Saber que está ahí puede transmitir tranquilidad porque evita tener que buscarlo, comprarlo o improvisar cuando llegue el momento. Para algunas personas, esa reserva ofrece además cierta sensación de control sobre un futuro que no siempre resulta previsible.

El razonamiento para esta conducta radica en que tirar algo aprovechable parece un desperdicio. Una investigación posterior de Frost y otros especialistas estudió cuatro motivos para conservar posesiones: mantener información, evitar residuos, conservar un vínculo emocional y apreciar el objeto por su aspecto. Entre las personas con problemas de acumulación, el deseo de no desperdiciar destacó como una de las razones con mayor peso.

Esto no quiere decir que cualquiera que guarde envases tenga un problema psicológico. La misma conducta puede responder a razones muy diferentes. Una persona puede conservar tres cajas porque sabe que vende productos por internet, mientras que otra podría guardar decenas sin recordar qué contienen ni permitir que nadie las tire. El objeto es el mismo, pero su función dentro de la vida de cada uno cambia por completo.

Cuándo es previsión y no falta de orden

La diferencia entre una reserva útil y el desorden se reconoce con preguntas bastante concretas. ¿Las bolsas tienen un lugar asignado? ¿Las cajas se utilizan de verdad? ¿Es posible desechar las que están rotas o sobran? ¿Los armarios y las habitaciones continúan cumpliendo su función? Si la respuesta es afirmativa, probablemente se trate de un hábito organizado y no de una acumulación preocupante. También influye la frecuencia con la que esos objetos vuelven a utilizarse. Quien guarda bolsas para hacer la compra, separar ropa o transportar cosas les está dando una segunda vida. Lo mismo ocurre con las cajas empleadas en una mudanza, para ordenar documentos o proteger algún objeto delicado. Conservarlas ahorra dinero y evita generar más residuos, siempre que el número se mantenga dentro de un límite razonable.

El problema comienza cuando la posible utilidad se vuelve demasiado amplia. Prácticamente cualquier cosa podría servir algún día si se imagina una situación suficientemente concreta. Esa forma de pensar dificulta escoger qué merece quedarse y qué puede salir de casa. La decisión se aplaza una y otra vez, no porque el objeto sea imprescindible, sino porque tirarlo obliga a renunciar a todas las posibilidades inventadas para él.

Cuando deshacerse de una bolsa provoca angustia

El trastorno de acumulación va bastante más allá de guardar envases para una futura mudanza. La Asociación Estadounidense de Psiquiatría lo describe como una dificultad persistente para desprenderse de posesiones, con independencia de su valor real. La persona siente que necesita conservarlas y experimenta un malestar considerable ante la posibilidad de desecharlas.

Otro elemento esencial es el espacio. En estos casos, los objetos terminan ocupando zonas destinadas a cocinar, dormir, sentarse o caminar por la vivienda. Ya no se trata de un armario algo lleno, sino de una acumulación que impide utilizar la casa con normalidad y puede afectar a la higiene, la seguridad y las relaciones con otras personas. Por otro lado, sentir cierta pena al tirar una caja buena tampoco basta para hablar de un trastorno, pero la señal de alerta aparece cuando desechar cualquier objeto causa una ansiedad intensa, la acumulación crece sin control o la persona deja de invitar a familiares por vergüenza, aunque sólo un profesional puede valorar si existe un problema clínico y qué ayuda resulta adecuada.