Los psicólogos coinciden: las personas que evitan decir lo que piensan no lo hacen por timidez o falta de opinión, sino porque temen las consecuencias de expresarse
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En ocasiones, sentimos la necesidad de expresar lo que pensamos, pero ante el miedo a generar un conflicto, molestar o hacer daño a la otra persona, decidimos guardar silencio. Esta postura puede ser una buena opción en determinados momentos, por ejemplo, cuando nadie nos ha pedido nuestra opinión o cuando se trata de una cuestión que no nos corresponde, pero cuando callar se convierte en una conducta habitual, puede ser una señal de que necesitamos aprender a establecer límites y expresar aquello que pensamos con claridad.
Precisamente, la sinceridad es uno de los pilares de la confianza, entendiendo como tal el hecho de ser claros a la hora de comunicarnos con otras personas sobre lo que pensamos y sentimos. Cuando tenemos algo que decir y no encontramos la manera adecuada de expresarlo, es completamente normal sentir cierto temor ante la reacción de la otra persona, pero debemos ser capaces de decir lo que pensamos, aunque resulte incómodo. Sin embargo, si preferimos guardar silencio para evitar una discusión, seguiremos acumulando malestar, frustración o resentimiento.
¿Por qué hay personas que evitan decir lo que piensan?
«Si esta forma de actuar se sostiene, suele ocurrir lo que se conoce como el «efecto olla a presión»: lo que no dijimos a tiempo sale de golpe, como una explosión, mal formulado y cargado de toda la rabia acumulada. Llegados a ese punto, el conflicto que en un inicio era pequeño, se ha hecho grande porque ya no hay que resolver solamente el desacuerdo inicial, sino todo lo que se ha ido acumulando, la forma en que lo hemos expresado y, además, la distancia que se ha generado entre las personas implicadas», explica la psicóloga Alba Cardala a Saber Vivir TV.
Hay personas que, amparándose en la frase «yo soy muy sincera», creen que tienen vía libre para decir todo lo que piensan sin prestar demasiada atención a la manera de hacerlo. Pero la verdadera sinceridad implica saber hasta dónde es necesario llegar, comunicarse de forma honesta y directa y, sobre todo, cómo hacerlo para evitar hacer daño a la otra persona. Cuando esto no ocurre, podemos estar ante lo que se conoce como sincericidio: una forma de crueldad que se presenta bajo la excusa de «decir la verdad».
El hecho de que nuestra opinión no coincida con aquello que la otra persona esperaba escuchar no significa que estemos comportándonos de una forma cruel. Pensar que todo el mundo debe estar de acuerdo con nosotros es una expectativa muy poco realista, ya que es inevitable que surjan diferencias en las relaciones tanto personales como profesionales. La clave está en entender que, cuando se afrontan de manera adecuada, esas situaciones no tienen por qué destruir una relación, sino que pueden ponerla a prueba y, en muchos casos, terminar fortaleciéndola.
«Para eso debemos tener claro que decir lo que pensamos no significa que tengamos vía libre para hacerlo sin filtro. Podemos comunicar con honestidad… pero siendo asertivos. Y eso pasa por aprender a hablar de forma clara y sincera, pero con empatía y respeto. Tenemos percepciones distintas: lo que a ti te parece importante decir puede no serlo tanto para la otra persona, y viceversa. De lo que se trata es de poner en una balanza lo que necesitas expresar y, al mismo tiempo, calibrar el impacto de tus palabras en quien tienes delante», advierte Cardala.
Falta de asertividad
Son muchos los motivos que pueden explicar el miedo a expresar lo que pensamos, como la baja autoestima. Sin embargo, uno de los factores que más parece influir en este temor es la falta de asertividad; cuando no sabemos cómo comunicar nuestras opiniones o límites sin sentir que estamos siendo desagradables, podemos optar por callarnos.
El psicólogo estadounidense Andrew Salter fue uno de los primeros en definir el concepto de «asertividad» durante las décadas de 1940 y 1960. Salter la definió como la capacidad para expresar los propios pensamientos y deseos, haciendo saber a los demás aquello que sentimos y pensamos, pero también como la habilidad para defender nuestros derechos de manera respetuosa, sincera y honesta.
Según las conclusiones a las que llegó Salter a partir de sus investigaciones, prácticamente cualquier persona puede desarrollar una conducta más asertiva. El hecho de que no mostremos esta capacidad en todas las situaciones no significa que carezcamos de ella, sino que podemos tener más dificultades para utilizarla en determinados contextos. Por lo tanto, nuestras habilidades sociales y comunicativas no son inamovibles, sino que pueden entrenarse, desarrollarse y perfeccionarse con el tiempo.
En definitiva, la sinceridad desempeña un papel fundamental en las relaciones, ya que favorece la confianza, la comunicación abierta y el entendimiento entre las personas. En este sentido, relacionarnos desde la confianza y la sinceridad permite crear espacios en los que podemos mostrarnos tal y como somos, sin sentir constantemente la necesidad de ocultar lo que pensamos o sentimos.
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