Reflexión

Qué significa el proverbio chino: «Entre tres que caminan juntos, siempre hay uno del que puedo aprender»

proverbio chino
Tres jóvenes caminando. Foto: Pexels.
Alejo Lucarás
  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

En la China de hace 25 siglos, viajar a pie por caminos polvorientos era la forma habitual de ir de una ciudad a otra, y rara vez se hacía en solitario. De esa imagen tan cotidiana parte un proverbio chino que ha sobrevivido a dinastías, guerras y revoluciones hasta llegar a carteles motivacionales, publicaciones típicas de LinkedIn y charlas de empresa.

Vamos, que su autor no pretendía escribir una máxima para decorar paredes. Hablaba ante un grupo de discípulos que lo seguían de un reino a otro y que, tras su muerte, recopilaron sus palabras. La frase admite una lectura rápida y amable, pero quienes la han estudiado durante siglos advierten de que esconde una exigencia más incómoda de lo que aparenta.

¿Qué significa el proverbio chino «Entre tres que caminan juntos, siempre hay uno del que puedo aprender»?

La frase pertenece a Confucio (551-479 a. C.) y figura en el capítulo séptimo de las Analectas, la recopilación de sus enseñanzas.

En su versión completa dice así: «Cuando tres personas caminan juntas, una de ellas puede ser mi maestro. Escojo sus virtudes para seguirlas y sus defectos para corregirlos en mí mismo». En chino, la primera parte ocupa apenas siete caracteres.

Según el material didáctico de la Oficina de Educación de Hong Kong, el número tres no debe tomarse al pie de la letra. Más bien, es una cifra aproximada que equivale a «unas cuantas personas».

Del mismo modo, la palabra maestro no designa a un profesor, sino a cualquiera capaz de despertar una enseñanza en otro, sin importar su edad, su oficio o su posición social.

Por tanto, el significado tiene dos caras. La primera es la conocida: todos tienen algo que enseñar, sea cual sea su lugar en el grupo.

La segunda es la que suele omitirse, porque también se aprende de quien se equivoca. Ver en otro un defecto (la impaciencia, la arrogancia, la pereza) obliga a preguntarse si ese mismo fallo no habita también dentro de uno.

Ahondando en el origen de este proverbio chino en las enseñanzas de Confucio

Confucio nació en el estado de Lu (en la actual provincia de Shandong), en una época de guerras entre reinos rivales. Pasó buena parte de su vida de viaje con sus seguidores, en busca de un gobernante que aplicara sus ideas sobre la virtud y el buen gobierno, algo que nunca logró.

Posteriormente, sus discípulos reunieron sus conversaciones en las Analectas, uno de los textos fundamentales de la cultura china.

Y ojo, que el proverbio no es una ocurrencia aislada. En el capítulo cuarto de la misma obra, Confucio ya había formulado una idea gemela: «Al ver a un sabio, piensa en igualarlo; al ver a alguien que no lo es, examínate por dentro».

Incluso, algunos estudiosos sostienen que ese pasaje sirvió de modelo para la frase de los tres caminantes, que le añadió la imagen del camino compartido.

Siglos más tarde, durante la dinastía Tang, el ensayista Han Yu (768-824) recuperó el proverbio en su texto Sobre los maestros. Recordaba que el propio Confucio había aprendido de figuras como Laozi o Changhong, a quien consultó sobre música, y concluía que el discípulo no tiene por qué ser inferior al maestro, ni el maestro más sabio que el discípulo.

¿De quién aprendemos cuando creemos que nadie puede enseñarnos nada?

La frase de Confucio pone el foco en una actitud más que en una técnica. Quien da por hecho que ya lo sabe todo deja de observar, y quien solo escucha a quienes considera superiores se pierde buena parte de lo que ocurre a su alrededor. El compañero de trabajo más joven, el vecino con otro oficio o el desconocido de una sala de espera entran en esa lista de posibles maestros.

Su discípulo Zigong lo resumió en otro pasaje de las Analectas, cuando le preguntaron de quién había aprendido Confucio: el maestro aprendía de todos y no necesitaba un maestro fijo.

Esa disposición choca con una época en la que se tiende a seguir solo a las voces afines, a quienes confirman lo que ya se piensa y rara vez lo ponen a prueba.

Lo que este proverbio chino revela sobre la forma de mirar a los demás

La segunda mitad de la cita encierra el ejercicio más exigente. Criticar los errores ajenos resulta sencillo; usarlos como espejo, no tanto.

Dicho esto, Confucio no propone juzgar al otro, sino convertir cada defecto observado en una revisión propia. La persona impuntual, el jefe que no escucha o el amigo que siempre interrumpe pasan a ser, así, lecciones involuntarias.

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