La psicología llega a una conclusión y revela que los hijos que dejan de visitar a sus padres no lo hacen por egoísmo, sino por seguridad emocional
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Las relaciones entre padres e hijos adultos cambian con el paso del tiempo, y en muchas familias la distancia se va instalando de forma gradual, aunque no siempre haya una discusión ni un motivo evidente: los hijos adultos cada vez visitan menos a sus padres y, cuando lo hacen, sienten cómo el vínculo se debilita. Normalmente, esta actitud se relaciona con el egoísmo o la falta de cariño, pero desde la perspectiva psicológica hay razones muchísimo más complejas.
Muchos hijos adultos siguen queriendo a sus padres y quieren mantener una buena relación con ellos. Sin embargo, con el tiempo aprenden a poner límites y a reconocer que ciertas dinámicas familiares pueden llegar a ser emocionalmente agotadoras. El problema surge cuando sienten la necesidad de justificar sus decisiones, su trabajo, su pareja o su estilo de vida durante la visita. Un comentario sobre el aspecto físico o una crítica camuflada de preocupación pueden parecer gestos insignificantes pero, cuando se repiten a lo largo del tiempo, terminan influyendo en el bienestar emocional de los hijos.
La razón por la que muchos hijos no visitan a sus padres
La investigación Self-Determination Theory and the Facilitation of Intrinsic Motivation, Social Development, and Well-Being, desarrollada por Richard M. Ryan y Edward L. Deci, de la Universidad de Rochester, explica la teoría de la autodeterminación, la cual plantea tres necesidades psicológicas básicas: competencia, autonomía y pertenencia.
Cuando una relación respeta estas necesidades, se vive como un apoyo emocional. En cambio, cuando las amenaza constantemente, puede convertirse en una fuente de tensión. En el caso de los hijos adultos, la autonomía adquiere un papel muy importante: no buscan una aprobación continua, pero sí necesitan sentir que sus decisiones son reconocidas como propias. Por eso, el contacto puede disminuir incluso cuando el afecto sigue presente.
Las relaciones familiares rara vez se deterioran por un solo conflicto, sino que suelen verse afectadas por pequeños gestos que se repiten con el tiempo. Cuando las emociones de un hijo adulto no se validan o sus decisiones se cuestionan de forma habitual, pueden aparecer sentimientos de frustración, impotencia o resentimiento. Con el tiempo, la persona tiende a compartir menos, a contar menos aspectos de su vida y a proteger aquellas partes que considera más sensibles.
Este proceso suele ser doloroso para ambas partes. Los padres pueden no comprender por qué las visitas son cada vez menos frecuentes. Los hijos, por su parte, pueden experimentar culpa por tomar distancia. Sin embargo, esta situación revela que: la relación necesita más seguridad emocional.
Actitudes tóxicas
El abuso verbal y emocional puede manifestarse cuando los padres desvalorizan constantemente a sus hijos, recurriendo en ocasiones a la manipulación emocional o a dinámicas como el gaslighting para imponer su visión o controlar la situación. También es frecuente que prioricen sus propias necesidades por encima de las de sus hijos.
Otro rasgo habitual es el comportamiento controlador. En estos casos, los padres pueden involucrarse de forma excesiva en la vida de sus hijos/as, limitando su autonomía y dificultando su independencia. A menudo intentan moldearlos según la imagen de lo que «deberían ser. También puede aparecer cierta rivalidad o celos cuando los hijos establecen vínculos cercanos con otras personas, lo que puede llevar a actitudes tóxicas con el fin de mantener el control o la cercanía.
La falta de comprensión es otro factor importante: los padres pueden no validar las decisiones, intereses o logros de sus hijos/, lo que dificulta el desarrollo de una autoestima sólida y una sensación de reconocimiento. Del mismo modo, el no respetar los límites personales es una señal frecuente.
«Las personas dominantes, por naturaleza, tienden a ocupar más espacio escénico, por decirlo de alguna manera, que las personas sumisas. No lo hacen como muestra de menosprecio hacia los demás sino porque suelen tener menos capacidad de dudar de sus propias decisiones o porque tienen un alto nivel de energía que necesitan desplegar. Sin embargo, esto no siempre es así; hay quienes disfrutan no solo dominando, sino, humillando a los demás. Sea por una razón o por otra, debemos tener en cuenta que cuando nos relacionamos con personas dominantes corremos el riesgo de vernos avasallados por sus límites o de tener que ceder un terreno que nos pertenece.
Poner límites es tener muy claro qué consideramos propio, ya sean pertenencias, derechos, opiniones, etc., y tener la confianza de hacérselo saber a los demás en el momento oportuno y no dejar que nos quiten el lugar que nos corresponde. Para poner límites de una forma efectiva, hay que saber controlar las propias emociones. Ante cualquier muestra de atropello, no dejarse llevar por la ira ni por el decaimiento, sino mantener una actitud firme y serena. El ceder ante un abuso, nos minará la autoestima y el abusador volverá a chantajearnos con aún mayor fuerza», explica la psicóloga Montse Jiménez en Mundo Psicológos.
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