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La psicología deja claro que los que nacieron en 1950-1960 fueron mas felices que los jóvenes de hoy porque no tenían tantos bienes materiales

  • Janire Manzanas
  • Graduada en Marketing y experta en Marketing Digital. Redactora en OK Diario. Experta en curiosidades, mascotas, consumo y Lotería de Navidad.

Hoy en día, los jóvenes afrontan muchos más problemas emocionales que las generaciones anteriores. Precisamente, desde 1990, los trastornos mentales se han duplicado, hasta alcanzar los 1.200 millones de personas, según un estudio publicado en The Lancet. Los autores del estudio, de Universidad de Queensland (Australia) y el Instituto de Métricas y Evaluación de la Salud (IHME) de Estados Unidos, señalan que son la principal causa de discapacidad en todo el mundo, especialmente en Australasia y Europa Occidental.

«Estas tendencias al alza pueden reflejar tanto los efectos persistentes del estrés derivado de la pandemia como factores estructurales a largo plazo, como la pobreza, la inseguridad, el abuso, la violencia y la disminución de la cohesión social. Abordar este creciente desafío requerirá una inversión sostenida en los sistemas de salud mental, un mayor acceso a la atención y una acción global coordinada para brindar un mejor apoyo a las poblaciones más vulnerables», explica el Dr. Damian Santomauro, primer autor del estudio y profesor asociado del Centro de Investigación en Salud Mental de Queensland, en colaboración con la Universidad de Queensland.

¿Por qué los nacidos en 1950-1960 eran más felices?

En 2026, aunque los jóvenes tienen, al menos en teoría, la edad perfecta para disfrutar de la vida, los datos reflejan que su bienestar emocional atraviesa uno de sus peores momentos. En cambio, los adultos nacidos en las décadas de 1950 y 1960 son, en muchos casos, más felices debido a distintos factores psicológicos y sociales. Diversos estudios psicológicos señalan que la franja de edad entre los 60 y los 70 años representa un auténtico «pico» de bienestar emocional.

A diferencia de las generaciones actuales, las personas que crecieron en la segunda mitad del siglo XX lo hicieron en un entorno con muchos menos estímulos, en el que tenían que desarrollar recursos propios para gestionar el tiempo y las emociones. La psicología aporta además otro aspecto importante: con el paso de los años, las personas suelen tomar decisiones desde una perspectiva más reflexiva, lo que ayuda a reducir la impulsividad y el estrés ante la incertidumbre.

Según la comunidad científica, la personalidad humana se compone de los siguientes elementos: extroversión, amabilidad, conciencia, neuroticismo y apertura a la experiencia. En este contexto, varios estudios han observado que estos rasgos evolucionan positivamente a medida que aumenta la edad. La amabilidad y la apertura tienden a aumentar con los años, mientras que el neuroticismo, relacionado con la ansiedad y la inestabilidad emocional, suele disminuir de forma significativa. Este proceso puede traducirse en una mayor sensación de tranquilidad y en relaciones sociales más satisfactorias.

En contraste, la generación Z y la generación alfa han crecido expuestas a una enorme cantidad de estímulos, presión social, incertidumbre económica y una comparación constante a través de las redes sociales, factores que pueden influir directamente en su bienestar y estabilidad emocional.

«Nuestros hallazgos demuestran que la prevalencia de los trastornos mentales alcanza su punto máximo entre los 15 y los 19 años, un período crítico del desarrollo que puede influir en las trayectorias educativas, laborales y relacionales», explica la Dra. Alize Ferrari, coautora del estudio y profesora asociada honoraria del Centro de Investigación en Salud Mental de Queensland, en colaboración con la Universidad de Queensland.

Sobreestimulación en el desarrollo infantil

Durante los primeros años de vida, el cerebro se encuentra en una etapa fundamental de desarrollo, y diferentes estudios científicos señalan que someterlo a un exceso de estímulos puede tener consecuencias negativas. Cuando se produce una sobrecarga de estímulos, la mente puede tener más dificultades para procesar la información y desarrollar habilidades cognitivas. Además, puede generar un estado de alerta constante y afectar tanto a la adquisición del lenguaje como a la capacidad de atención.

Asimismo, los niños y niñas pueden encontrar más dificultades para regular sus emociones, algo que puede favorecer la aparición de ansiedad. Del mismo modo, la sobreestimulación puede perjudicar el juego libre y creativo, tan importante durante esta etapa. Si los menores realizan actividades de forma continua, no solo disponen de menos tiempo libre, sino también de menos oportunidades para algo fundamental: aburrirse. «Aburrirse también es bueno para el cerebro: no solo porque seamos creativos tratando de buscar alternativas para salir de esta incomodidad, sino porque aburrirse también otorga descanso al cerebro», señala la Asociación Nacional de Psicólogos en Acción de España.

La sobreestimulación también puede limitar su capacidad para resolver problemas por sí mismos, ya que el exceso de información y de actividades dirigidas puede impedirles explorar y aprender a su propio ritmo y, por tanto, desarrollar una mayor autonomía a la hora de tomar decisiones.

Durante la adolescencia, la sobreestimulación puede generar ansiedad, estrés e incluso depresión. También es habitual que aparezcan problemas de autoestima y dificultades a la hora de construir su propia identidad. El uso excesivo de pantallas y redes sociales puede favorecer el desarrollo de adicciones digitales y un progresivo aislamiento social, al reducir las interacciones cara a cara y debilitar los vínculos con familiares y amigos.