El laborioso oficio desaparecido que tuvo su apogeo durante la posguerra española: en Madrid resiste un único artesano
Durante la posguerra se veían por todas partes, pero hoy nadie practica este oficio
En la posguerra española fue básico para sobrevivir: hoy muchos lo rechazan
El ingenioso oficio que fue esencial para sobrevivir en la posguerra
Los años posteriores a los grandes conflictos bélicos del siglo pasado impusieron duras condiciones de vida marcadas por la escasez. En este panorama, durante la etapa de la posguerra española, la necesidad obligó a la población a exprimir los recursos que ofrecía la propia naturaleza para lograr salir adelante de forma digna.
En esa época de restricciones, una fibra vegetal en concreto alcanzó su apogeo productivo en muchas regiones. Generaciones enteras se dedicaban desde la infancia a arrancar, remojar y trenzar sus fuertes hebras directamente con las manos. Esto no era un simple pasatiempo, constituía el verdadero modo de subsistencia para muchas familias.
¿Cuál es el oficio desaparecido que tuvo su apogeo durante la posguerra española?
El trabajo de la espartería se erigió como uno de los pilares económicos básicos de la clase trabajadora. La recolección del esparto exigía jornadas de labor agotadoras en pleno campo bajo el sol, pero su posterior comercialización supuso un enorme respiro en toda la posguerra.
Y es que un dato clave aquí es que la gran falta de cuero y de materiales sintéticos obligó a fabricar objetos cotidianos con esta planta montaraz. Las alpargatas, las cestas para cargar piedras, las monturas para los animales de campo y las primigenias persianas dependían de sus hebras.
El proceso consistía en arrancar de raíz las matas llamadas atochas, secarlas en el monte y sumergirlas en balsas de agua durante al menos un mes. Después de este tiempo, los peones extraían el material y procedían a machacar la fibra contra piedras utilizando pesados mazos de madera.
Era una tarea de gran desgaste físico que llenaba las extremidades de heridas punzantes. Expertos artesanos que asientan la memoria del oficio, como el veterano aragonés Pedro García, quien en un documental relata cómo el esparto resultaba un elemento tan generalizado que pocos podían prescindir de sus diversas elaboraciones.
Debido a los pocos recursos disponibles en los hogares, los usuarios alargaban el uso de las viejas esparteñas mediante injertos caseros y las reforzaban empleando rudimentarios alambres en las suelas.
La evolución del esparto desde la posguerra a la actualidad
El material fibroso que en otro tiempo sirvió de solución para vestir a personas y pertrechar fincas campestres ha encaminado su función hacia propuestas vinculadas al interiorismo. A día de hoy, el desembolso efectuado para obtener persianas tejidas íntegramente a mano de esparto suma elegancia rústica a un salón contemporáneo.
La actividad espartera local exploró perfiles de demanda para robustecer sus ventas a diario. Un claro reflejo de esta reestructuración radica en directores de cine internacionales que encargan objetos realistas para rodar en sus largometrajes y que valoran lo que transmite una buena cuerda retorcida con la técnica adecuada desde el primer instante en escena.
Y por extraño que parezca, opositores al cuerpo de bomberos compran fardos gruesos de esparto para muscular y entrenar trepada durante los exámenes físicos porque aseguran disponer de un agarre idóneo.
De esta manera, junto con corrientes decorativas modernas orientales y prácticas japonesas puntuales del arte de atar, el género conserva una clientela variada.
Juan Sánchez, el último espartero de Madrid que mantiene la esencia
Conforme el país avanzó en las décadas siguientes, la apertura comercial y la irrupción del plástico a bajo precio causaron el declive imparable de este mercado doméstico del hilado de esparto.
Variopintos talleres tuvieron que cerrar de manera definitiva, ya que perdían sus ingresos frente a una rápida producción masiva hecha sobre grandes fábricas motorizadas.
A pesar de las barreras que hundieron al sector artesanal, en el centro de España sobrevive un símbolo tenaz: Juan Sánchez. Este hombre dirige en la actualidad una singular espartería situada de lleno en la calle Mediodía Grande, dentro del barrio madrileño de La Latina, y conserva formatos comerciales muy lejanos en el tiempo.
El abuelo paterno dio el campanazo inicial abriendo el primer local por las afueras de la capital española cerca del año 1927. El negocio flanqueó los estragos de la posguerra y se afincó temporalmente por diversas calles de postín.
Como destino final, la tercera descendencia dirige las riendas del patrimonio familiar afincado en su base permanente y protegida de turbulencias externas.
El día a día de Juan Sánchez como espartero
El establecimiento comercial de Sánchez funciona a modo de máquina del tiempo y presenta estanterías desbordadas con artículos de cordaje de diversos grosores o cestos trenzados. A su vez, representa un punto de peregrinaje para ciudadanos de todas las procedencias y estatus civiles que anhelan reparaciones artesanales.
Así, en este artesano solitario recaen centenares de horas anuales doblando y anudando tramos mientras atiende dudas a curiosos y transeúntes sobre métodos caducados para otros sectores contemporáneos.
El gran freno inmediato que paraliza a esta estirpe sigue siendo el temor a no encontrar herederos profesionales para su local enclavado. Así, el humilde oficio que dio de comer a tantas zonas en penuria hace más de cincuenta años podría perecer finalmente de manera abrupta en plena capital urbanizada.
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