Los jubilados que envejecen con la mirada más dulce no son los que se mantuvieron activos, sino los que permitieron que tres cosas se reconstruyeran silenciosamente
La expresión serena que algunas personas conservan en la vejez no responde únicamente al carácter ni a la suerte
Buscan voluntarios para vivir gratis en una isla griega a cambio de dedicar cinco horas al día al cuidado de los gatos callejeros
John Nash, científico premio Nobel de Economía en 1994: "Lo único más grande que el poder de la mente es el coraje del corazón”
La psicología confirma que las personas que hablan alto y a veces gritan no son agresivas, en realidad sienten las emociones con más fuerza que el resto
- Laura Mesonero
- Laura Mesonero Ortiz (Madrid, 2002) Periodista especializada en SEO editorial y desarrollo de audiencias digitales, con experiencia en medios nacionales de referencia como La Razón (Grupo Planeta), The Objective media y ahora en OkDiario. Experta en estrategia de contenidos orientada a Google Discover y Google Search. Perfil híbrido entre redacción, análisis de datos y visión estratégica.
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Siempre se ha dicho que los ojos son el reflejo del alma. Basta con cruzarse con una persona mayor para descubrir que algunas miradas transmiten una paz difícil de describir, mientras que otras parecen cargar todavía con el peso de los años.
Hay quienes llegan a la vejez con un gesto amable, una expresión cálida y una serenidad que llama la atención. Muchos creen que esa dulzura es el premio a una vida fácil o especialmente feliz, pero la psicología sostiene que la explicación es mucho más compleja. No depende tanto de lo que una persona haya vivido como de la forma en que ha aprendido a relacionarse con su pasado, con los demás y consigo misma.
Lejos de ser un rasgo de personalidad con el que se nace, esa calma suele construirse lentamente a lo largo de los años. Los especialistas señalan que, al llegar a la jubilación y desaparecer muchas de las obligaciones que marcaron la vida adulta, afloran con más claridad aquellos aspectos emocionales que durante décadas quedaron en un segundo plano. Es entonces cuando algunas personas encuentran un equilibrio que acaba reflejándose incluso en su manera de mirar.
Aprender a disfrutar de la propia compañía
Durante gran parte de la vida, el trabajo, la familia y las responsabilidades ocupan casi todo el tiempo disponible. Sin embargo, cuando ese ritmo desaparece, muchas personas descubren que no saben qué hacer con los momentos de silencio.
La psicología explica que quienes afrontan mejor esta etapa suelen desarrollar una relación sana consigo mismos. No necesitan estar constantemente ocupados para sentirse útiles ni buscan llenar cada hora del día. Son capaces de disfrutar de actividades sencillas como leer, pasear, cuidar las plantas o sentarse a contemplar el paisaje sin experimentar la sensación de estar perdiendo el tiempo.
Ese bienestar interior no surge de la noche a la mañana. Es el resultado de haber aprendido a aceptarse con sus virtudes y limitaciones, sin depender continuamente de la aprobación de los demás.
Los vínculos que realmente aportan bienestar
Otra característica habitual entre las personas mayores que transmiten serenidad es la importancia que conceden a sus relaciones personales.
Con el paso del tiempo, muchas amistades desaparecen y los círculos sociales se reducen de forma natural. Sin embargo, lejos de vivirlo como una pérdida, quienes disfrutan de un mayor bienestar emocional suelen centrarse en conservar aquellos vínculos que les aportan confianza, afecto y tranquilidad.
La psicología señala que no es necesario mantener una vida social intensa para sentirse acompañado. En muchos casos, unas pocas relaciones auténticas generan mucho más bienestar que una agenda llena de compromisos superficiales.
Tener un motivo para levantarse cada mañana
Existe la idea de que la felicidad durante la jubilación consiste simplemente en descansar. Sin embargo, los expertos recuerdan que el descanso pierde valor cuando no existe un propósito que dé sentido a los días.
Ese objetivo no tiene por qué ser extraordinario. Para algunas personas consiste en cuidar de sus nietos, para otras en colaborar con una asociación, aprender algo nuevo, cocinar, pintar o mantener vivo un pequeño huerto. Lo importante es sentir que cada jornada tiene un significado propio.
Contar con una actividad que resulte ilusionante favorece la sensación de utilidad y ayuda a mantener una actitud más positiva frente al paso del tiempo.
La serenidad no significa ausencia de dificultades
Resulta tentador pensar que las personas que conservan esa mirada tranquila nunca atravesaron momentos complicados. Sin embargo, ocurre precisamente lo contrario.
Muchas han vivido pérdidas familiares, problemas económicos, enfermedades o situaciones especialmente difíciles. La diferencia es que, con los años, aprendieron a distinguir qué merece realmente su energía y qué conflictos conviene dejar atrás.
Los psicólogos explican que esta capacidad para relativizar los problemas suele aparecer cuando la experiencia enseña que no todo puede controlarse y que aferrarse continuamente a la preocupación solo aumenta el sufrimiento.
Una actitud que se construye durante toda la vida
La expresión serena que algunas personas conservan en la vejez no responde únicamente al carácter ni a la suerte. Es, en buena medida, el resultado de años aprendiendo a gestionar las emociones, aceptar los cambios inevitables y valorar aquello que realmente aporta bienestar.
Por eso, cuando alguien transmite calma con solo mirarle a los ojos, probablemente no esté mostrando una vida perfecta, sino el aprendizaje acumulado tras décadas de experiencias. Una serenidad que no nace de evitar el dolor, sino de haber aprendido a convivir con él sin permitir que defina el resto de su historia.
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