El desconocido oficio de la posguerra española esencial para la subsistencia de muchos: hoy nadie recuerda ese nombre
Este alimento de la posguerra se vende a precio de oro en tiendas Bio
Durante la posguerra fue comida de pobres: hoy es uno de los manjares más populares
El ingenioso oficio que fue esencial para sobrevivir en la posguerra
La posguerra española transformó la vida en pueblos y aldeas. La falta de recursos, el aislamiento geográfico y los bajos salarios obligaron a muchas familias a recurrir al autoconsumo. En ese contexto surgieron fórmulas de intercambio que no dependían siempre del dinero. Entre ellas destacó un oficio que conectaba cortijos dispersos con núcleos urbanos y mercados.
En amplias zonas de Andalucía, Murcia o Castilla, los hogares producían huevos, trigo, lana o animales de corral, pero necesitaban adquirir tejidos, azúcar, arroz o utensilios que no podían fabricar. La posguerra consolidó así una red informal de intermediarios que recorrían veredas y caminos transportando mercancías a lomos de mulos o burros.
¿Cuál fue el oficio de la posguerra esencial para la subsistencia de muchos?
La palabra que definía esta actividad era la de recovero, un término hoy prácticamente en desuso. Su función no se limitaba a vender; también ejercía de recadero y transmisor de noticias entre aldeas. Principalmente, recogían excedentes y ofrecer productos básicos, anotando las deudas en libretas y ajustando cuentas según el precio semanal del mercado.
Y cabe remarcar, que en la economía de la posguerra, el huevo adquirió un valor singular. Aunque en la mayoría de cortijos se criaban gallinas, el consumo propio era limitado. Se reservaban los huevos para intercambiarlos por telas, calzado o alimentos no perecederos.
Su cotización variaba según la estación: en verano abundaban y el precio descendía; en invierno escaseaban y aumentaban de valor.
El recovero fijaba el importe de cada producto en pesetas, pero el pago se efectuaba en especie. El valor entregado dependía del precio que alcanzara el huevo esa semana. De este modo, la contabilidad combinaba anotaciones en moneda oficial con abonos en docenas.
Las rutas podían extenderse durante varios días. En zonas serranas, como la provincia de Jaén o el entorno de Huelma, los recoveros partían de madrugada y regresaban al anochecer. Transportaban las mercancías en capachos de esparto y protegían los huevos con capas de paja para evitar roturas.
Al final de la jornada podían acumular decenas de docenas, que después eran enviadas en camiones a ciudades como Granada, donde se revendían en tiendas y mercados.
Algunos disponían de jaulas de madera con capacidad para ochenta docenas, identificadas con sus iniciales. El traslado se hacía por carreteras sin asfaltar, lo que incrementaba el riesgo de pérdidas. Aun así, la demanda urbana mantuvo activo el circuito durante años.
Trueque con el recovero, grano y pequeñas deudas: la economía doméstica en la posguerra
El intercambio con los recoveros no se limitaba a huevos. También se aceptaban:
- Pollos, conejos o pavos en Navidad.
- Trigo y cebada almacenados en trojes familiares.
- Lana recién esquilada.
- Incluso pieles o productos de huerta.
El pago en grano tenía particularidades. En ocasiones, las mujeres entregaban pequeñas cantidades sin que el cabeza de familia lo supiera, con el fin de adquirir ropa o calzado para los hijos. Esta práctica obligaba al recovero a buscar escondites temporales para los sacos, ya que no siempre podía transportarlos de inmediato.
La actividad exigía contar con un permiso municipal, conocido popularmente como «matrícula» o autorización de ropavejero. Sin ese documento, la mercancía podía ser requisada por las autoridades. El oficio se ejercía en condiciones climáticas adversas y requería resistencia física y conocimiento del territorio.
Más allá del intercambio comercial, el recovero actuaba como canal de información, similar al pregonero, otro oficio de la posguerra. En una España rural con escasos medios de comunicación, su llegada suponía conocer quién se había casado, quién había fallecido o qué noticias circulaban por la comarca.
Así, su figura se integró en la vida cotidiana de la posguerra, hasta el punto de que muchas economías familiares dependían de ese circuito para equilibrar ingresos y gastos.
Del auge al declive: ¿Qué ocurrió con los recoveros?
A finales de los años sesenta, la transformación social y económica alteró este modelo. La mecanización del campo, la mejora de carreteras y el éxodo rural redujeron la población en cortijos aislados. Al mismo tiempo, surgieron granjas avícolas cercanas a las ciudades, capaces de ofrecer huevos seleccionados y a menor coste logístico.
La posguerra quedó atrás y con ella la necesidad que había impulsado la recova. Muchos recoveros optaron por abrir tiendas fijas en el pueblo, dedicarse a la agricultura o emprender negocios vinculados a la carne y el grano.
Algunos sustituyeron el burro por pequeñas furgonetas, adaptándose temporalmente al cambio, pero el sistema tradicional de trueque fue desapareciendo.
Fue de esta forma que el oficio se diluyó en la memoria colectiva, transformado en venta ambulante moderna o absorbido por el comercio establecido. Sin embargo, durante décadas fue una pieza esencial en la supervivencia de miles de hogares rurales.
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