‘El último mono’: la película que destroza a feminazis y machirulos para reírse de nuestras propias trincheras en clave de comedia romántica
La película de Joaquín Mazón, protagonizada por Juan Dávila y Susana Abaitua, derrocha humor sin lecciones

Con un panorama cinematográfico nacional a menudo volcado en el drama apesadumbrado, las narrativas densas y los guiones de solemnidad casi litúrgica, el estreno de El último mono en cines este viernes (7 de agosto) puede abrir la ventana de esa habitación cargada. En clave de comedia romántica, la película toma el pulso a la actualidad. Joaquín Mazón firma una cinta que no busca sentar cátedra ni pedir perdón por querer, simplemente, entretener y hacer reír.
El último mono abraza sin complejos la comedia desenfadada frente a la inercia del relato sesudo, y apuesta por la diversión directa con ritmo. La película bebe sin disimulo del circo mediático actual para trasladarlo a la gran pantalla.
Alejandro (Juan Dávila) es un ruidoso macho alfa, un gurú y coach, rey de la conocida como machosfera, que acepta ante sus seguidores el reto de enamorar en tres días a Mariela (Susana Abaitua), una popular monologuista feminazi, y su máxima rival pública en las redes sociales. Lo que empieza como una campaña con la que conseguir likes y seguidores se transforma rápidamente en un enredo constante.
Uno de los grandes atractivos de El último mono es la vigencia de su temática, a la que se le suma la habilidad de convertir la polarización ideológica tan presente en el día a día en un esperpento pop con el que echarse unas risas. Además, la película también se aproxima a la cultura del postureo y la provocación de las redes, pero desde el humor y no desde el hate. Logra transformar el enfrentamiento entre el machismo de garrafón y el feminismo más absurdo en una caricatura con la que nadie se libra del ridículo.
El ritmo fluido y desenfadado de El último mono no da lugar al aburrimiento, y hace de la cinta una opción idónea para la cartelera de verano. La película satiriza los dogmas de ambos extremos con un tono festivo que descalifica el fanatismo sin ponerse moralista (y se agradece).
Mientras que Juan Dávila hace de la provocación su hábitat natural, Susana Abaitua derrocha carisma y simpatía, y maneja el tono cómico con una solvencia capaz de nivelar cualquier exceso, con el apoyo de Óscar Lasarte y Conchi Espejo. Todos a las órdenes de un director, Joaquín Mazón, que domina el tempo de la comedia, favorecido, a su vez, por el guion de Joaquín Oristrell y Yolanda García Serrano.
Que la película no entre más en materia en el debate de fondo es gratificante. Su función es clara: entretener sin dar lecciones, sin pretensiones intelectuales y sin entrar en reflexiones que resulten pedantes. Si alguien entiende lo que ve como un retrato y no como una caricatura… que cada palo aguante su vela.
Los gags inmediatos surten el efecto buscado. El último mono no es más que el humor como recurso bien ejecutado para desarmar, de manera natural, la crispación social y recordarnos que existe el derecho a reír sin sentir culpa. Noventa minutos eficaces para soltar carcajadas, para airear el ambiente y las trincheras. Ese fue el efecto que produjo, de hecho, en su presentación en el festival Lo que viene, donde la buena acogida quedó demostrada con las risas incesantes del público que asistió a la proyección.
