74 Festival Internacional de Cine de San Sebastián (SSIFF)

‘Ruega por nosotras’: la película sobre los reformatorios para adolescentes «inmorales» que deja helado al público en San Sebastián

La película dirigida por Daniel Monzón y protagonizada por Zoe Bonafonte recibe una buena acogida en San Sebastián

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Escena de 'Ruega por nosotras'. (Amalur Pictures)
Paula M. Gonzálvez

Las jóvenes descarriadas y enderezadas por el Patronato de la Protección a la Mujer estuvieron privadas de libertad, bajo el yugo de una moral severa e inquebrantable representada en Ruega por nosotras, la película dirigida por Daniel Monzón (Celda 211) preestrenada en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián. Casi 540 centros diseminados por España formaron una red de correccionales que sobrevivió hasta mediados de la década de los 80.

Bajo la coartada de vigilar la decencia pública y tutelar a adolescentes y adultas jóvenes fuera de la norma, unas cuarenta 40.000 mujeres sufrieron el encierro en los centros. Ahí es donde Daniel Monzón y su guionista de cabecera, Jorge Guerricaechevarría, posan la mirada en Ruega por nosotras.

La película se traslada a la Barcelona de 1974 para acompañar a Ana, una joven de 19 años y de familia acomodada, interpretada por Zoe Bonafonte. Tras escaparse una noche para acudir a una verbena, sus padres deciden entregarla a los tentáculos del Patronato. Trasladada a un centro de internamiento en Madrid, Ana entra en un universo grisáceo e higienizado a la fuerza, regido por celadoras y monjas, donde la identidad se pulveriza desde el primer reparto de uniformes.

Lejos de atascarse en la pura recreación del sufrimiento, la narración encuentra su verdadero centro de gravedad en Sole (Manuela Calle), una interna cuya energía indomable actúa como detonante vital. La relación que florece entre ambas no se articula como un simple recurso dramático de consuelo, sino como una trinchera emocional. Monzón esquiva el regodeo en la miseria física para poner el foco en la compasión, el gesto compartido a escondidas y la empatía entre las jóvenes, que se convierten en el único lenguaje capaz de preservar su dignidad humana frente al sadismo burocrático.

Zoe Bonafonte, la protagonista, sostiene sobre sus hombros el peso de una mirada desgarradora pero resistente, mientras que Manuela Calle aporta una luminosidad magnética y orgánica que dota al largometraje de sus minutos más verdaderos. En el lado institucional, actrices de la talla de Adelfa Calvo o María Cerezuela construyen unos personajes de una autoridad implacable, que huyen del trazo grueso para reflejar cómo el fanatismo moral puede llegar a naturalizarse como rutina.

Creado por decreto en 1941, el Patronato nació con la premisa de «dignificar» y «rehabilitar» a las mujeres en situación de vulnerabilidad o «caídas en la prostitución». Sin embargo, cualquier joven o adolescente que mostrase atisbos de rebeldía, independencia o conducta considerada «inmoral» -desde quedarse embarazada fuera del matrimonio, acudir a bailes o salas de cine sin supervisión, vestir prendas no acordes a la época, intentar huir de familias desestructuradas o abusivas, hasta mantener amistades no sancionadas- podía ser denunciada. Eran habitualmente los propios progenitores quienes lo hacían, aunque también se daba el caso de que las señalaran párrocos, otros familiares o vecinos. Cuando se trataba de los padres, acostumbraban a contar con la complicidad del médico de familia, que iba a casa para anestesiar a las jóvenes con el fin de que no mostraran resistencia al traslado.

Una vez detenidas o entregadas, las jóvenes eran ingresadas sin plazos definidos en centros de internamiento. Estos reformatorios, aunque eran de titularidad pública, estaban gestionados mayoritariamente por órdenes religiosas femeninas. El ingreso conllevaba la pérdida total de la identidad legal: las internas sufrían el despojo de sus objetos personales, el corte rapado del cabello y la asignación de batas grises o uniformes con números en lugar de nombres.

La vida cotidiana en las dependencias del Patronato combinaba la disciplina conventual con el régimen carcelario. Las jóvenes ejercían labores no remuneradas (lavandería, confección textil, limpieza industrial para marcas comerciales) para encontrar la «redención a través del trabajo».

La incomunicación con el exterior era casi absoluta, y a ella se sumaban castigos físicos y psicológicos: desde horas en celda de aislamiento hasta constantes exámenes o controles ginecológicos humillantes destinados a verificar el estado de virginidad de las internas.

Con todo ello, Daniel Monzón y Jorge Guerricaechevarría escriben un guion en el que, «por desgracia, nada de lo que cuenta la película surge de la imaginación», han explicado en San Sebastián. La historia de Ruega por nosotras se plantea desde el destino de unos personajes, para narrarla a través de la emoción. Por ello, por un lado, es la protagonista quien introduce al espectador en ese terrible universo y, por otro, su perfil es el de una niña bien, un personaje que no está significado políticamente. No hay forma de que el espectador pueda juzgar los motivos por los que ha acabado ahí dentro.

Por otro lado, aun con la violencia física -y psicológica- descrita de forma gráfica, algunos castigos sádicos se quedaron fuera para que no protagonizaran excesivamente la película. En este sentido, el director ha preferido obviar, por ejemplo, que a las chicas que se orinaban les metían en una bañera con hielo para, después, frotarles la vagina con ortigas. Además, ha querido huir del morbo para contar la historia ·»desde el respeto a las personas que pasaron por allí, y no haciendo un aprovechamiento grosero» del relato.

Con todo, Ruega por nosotras es una película que, más que verse, se siente en el cuerpo: empieza como un nudo en la garganta, te hiela la sangre, te encoge el corazón y te golpea el estómago. La película ha recibido una muy buena acogida por parte del público en el Festival de San Sebastián.