Rocío Dúrcal, de trabajar en una peluquería a convertirse en una estrella: «Empecé demasiado joven a trabajar, así que no tuve niñez»
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Rocío Dúrcal se convirtió, siendo apenas una adolescente, en uno de los grandes rostros de la canción y el cine español, pero antes de los focos hubo una infancia muy distinta a la que suele imaginarse detrás de una estrella. María de los Ángeles de las Heras, conocida familiarmente como Marieta, creció en una familia humilde del madrileño barrio de Cuatro Caminos y, como hermana mayor de seis hijos, asumió responsabilidades desde muy joven. El trabajo llegó pronto a su vida y, mientras otras niñas disfrutaban de una infancia más despreocupada, ella compaginaba sus obligaciones con una vocación artística que terminaría cambiándolo todo. La propia artista llegó a reconocer que había empezado a trabajar demasiado pronto y que, por ello, apenas tuvo niñez.
Una infancia marcada por el trabajo
Antes de que su nombre llenara carteles de cine y escenarios, Rocío Dúrcal conoció una realidad mucho más cotidiana. Nacida en Madrid en 1944, creció en el seno de una familia numerosa y con recursos económicos limitados. Como hija mayor, tuvo que ayudar en casa y en el cuidado de sus hermanos pequeños, algo que terminó condicionando incluso su asistencia al colegio. «Yo era la mayor de seis hermanos y tenía que ayudar a mi madre», recordaba la artista al hablar de aquellos primeros años.
Al terminar la educación primaria, comenzó a trabajar como aprendiz en una peluquería de su barrio. Tenía alrededor de quince años cuando compaginaba aquel empleo con su creciente pasión por la música y la interpretación. Su primer trabajo, de hecho, quedó como una parte importante de su historia personal: RTVE recuerda que la artista nunca olvidó sus orígenes y que destinó su primer sueldo a comprar un colchón.

Su sueño artístico empezó mucho antes de la fama
El escenario, sin embargo, no era algo completamente ajeno para Marieta. Desde pequeña sentía una enorme inclinación hacia la interpretación y el canto. En el colegio ya había encontrado una pequeña audiencia entre sus compañeras, que le pedían que cantara durante los recreos. También comenzó a participar en veladas escolares y concursos radiofónicos, animada en buena medida por su abuelo. «Siempre me gustó cantar y actuar», explicó años después al recordar cómo comenzó a despertar aquella vocación.
Sus padres, aunque conocían sus aptitudes, inicialmente no parecían contemplar que aquella afición pudiera convertirse en una profesión. Su vida dio un giro cuando, en 1959, participó en Primer aplauso, un programa de Televisión Española dedicado a descubrir nuevos talentos. Allí llamó la atención del productor Luis Sanz, que acabaría convirtiéndose en una figura decisiva en sus primeros pasos profesionales.
Tenía entonces sólo catorce años. La oportunidad que se abrió ante ella significó dejar atrás la vida que había conocido hasta entonces para comenzar una preparación artística intensiva.

De Marieta a Rocío Dúrcal
Luis Sanz vio en aquella adolescente algo más que una buena voz. Tras descubrirla, comenzó a trabajar con ella y la joven abandonó progresivamente su anterior rutina para formarse en diferentes disciplinas. Recibió clases de canto y baile y comenzó a prepararse para desarrollar una carrera delante de las cámaras.
También fue entonces cuando nació el nombre que terminaría convirtiéndose en uno de los más reconocibles de la cultura popular española. Hasta ese momento había utilizado nombres como Rocío Fiestas para sus actuaciones. Sanz escogió finalmente Rocío y encontró Dúrcal de una manera tan curiosa como azarosa: el apellido correspondía al municipio granadino que señaló al azar en un mapa.

El cine llegó cuando todavía era una adolescente
Su salto definitivo llegó con el cine. En 1962 protagonizó Canción de juventud, película que la convirtió rápidamente en uno de los rostros jóvenes más populares del panorama español. Después llegarían títulos como Rocío de La Mancha, La chica del trébol y Tengo 17 años, consolidando una trayectoria cinematográfica que desarrolló durante buena parte de los años sesenta y setenta.
Mientras su carrera avanzaba, aquella infancia que ella misma recordaría como demasiado breve quedaba cada vez más atrás. Con apenas 17 años ya había cruzado el Atlántico para trabajar en América, otra muestra de la velocidad con la que se desarrolló su vida profesional.
Años después, cuando ya era una artista consagrada, seguía hablando de sus comienzos con naturalidad. En una entrevista publicada por El País en 2001 recordaba que había empezado a trabajar a los 15 años y que desde entonces los retos habían formado parte de su trayectoria.
«Empecé demasiado joven a trabajar, así que no tuve niñez», reconoció la propia Rocío Dúrcal al echar la vista atrás sobre aquellos años. Una frase que resume cómo la artista percibía el salto acelerado entre su infancia y una vida marcada desde muy pronto por el trabajo y las responsabilidades.
Su historia, vista desde sus primeros años, explica así una de las paradojas de Rocío Dúrcal: aquella niña que apenas tuvo tiempo para serlo terminó construyendo una carrera que la acompañaría durante toda su vida.