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Morante de la Puebla recuerda su infancia: «De pequeño no quería juguetes, quería un capote»

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Morante de la Puebla. (Foto: EuropaPress)
Rocío Álvarez
  • Rocío Álvarez
  • Periodista multimedia especializada en belleza, viajes y estilo de vida. Durante mis años de vida, la lectura se ha convertido en una compañera fiel y gracias a ella descubrí mi vocación: crear y transmitir a través de las palabras. Con esta convicción me matriculé para cursar Periodismo en la Carlos III y, después de años formándome, encuentro mi sitio en el mundo: COOL. ¿Mi ley de vida? Nunca desistas, porque el día que lo hagas siempre pensarás en lo que podría haber sido.

Morante de la Puebla ha estado ligado desde niño a La Puebla del Río, el municipio sevillano donde nació y que ha marcado buena parte de su personalidad y de su manera de entender el toreo. José Antonio Morante Camacho creció entre el río, los caballos y el campo, en una familia humilde que terminó apoyando una vocación que apareció cuando apenas tenía cinco años. Mientras otros niños buscaban juegos y juguetes, él quería un capote y pasaba las horas imaginando que estaba delante de un toro. Aquella infancia, alejada de las escuelas taurinas y marcada por el paisaje de su pueblo, fue el comienzo de una trayectoria que acabaría convirtiéndolo en una de las figuras más reconocibles del toreo.

Un niño que sólo quería un capote

La afición de Morante apareció muy pronto. Con apenas cinco años ya tenía claro que quería torear y comenzó a practicar en casa, utilizando como improvisados compañeros de faena todo aquello que encontraba a su alrededor. «Yo de pequeño no quería juguetes, yo quería un capote», recordó en una ocasión. Perros, sillas y cualquier objeto podían convertirse en el toro imaginario al que enfrentarse.

El colegio ocupaba, en cambio, un lugar mucho menos importante en sus pensamientos. Dibujaba toros en los cuadernos y esperaba a que terminara la jornada para poder volver al campo y entrenar. Su obsesión por el toreo fue creciendo al mismo ritmo que su determinación. Con nueve o diez años ya se ponía delante de becerras con una serenidad que sorprendía a los adultos.

Su primer contacto con el mundo del toro se produjo, por tanto, mucho antes de que llegaran los grandes escenarios. No fue una vocación heredada directamente de su familia, ya que ninguno de sus padres se había dedicado profesionalmente al toreo. Fue él quien encontró desde muy pequeño ese camino y consiguió que su entorno terminara acompañándole.

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Morante de la Puebla. (Foto: EuropaPress)

La Puebla del Río, el paisaje que lo acompañó desde niño

La localidad sevillana ocupa un lugar esencial en la historia personal de Morante. Él mismo ha explicado que su infancia estuvo marcada por «el río, los caballos y el aire de la Puebla», elementos que relaciona directamente con su manera de ser. Para el torero, aquel entorno no fue simplemente el escenario de sus primeros años, sino una influencia que acabaría trasladándose también a su forma de entender la tauromaquia.

También sus padres tuvieron un papel fundamental durante aquellos primeros años. Su familia hizo un esfuerzo económico para respaldar una afición que podía parecer difícil de convertir en una profesión. Especialmente importante fue su padre, Rafael, que acompañaba al pequeño Morante en sus desplazamientos y confió en unas capacidades que, con el tiempo, terminarían convirtiéndose en una carrera profesional.

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Morante de la Puebla. (Foto: EuropaPress)

De las láminas de toreros antiguos a la plaza

Mientras crecía, Morante encontró sus referentes en figuras de otras épocas. Pasaba horas contemplando imágenes de toreros antiguos, entre ellos Gallito y Belmonte, y desarrolló una relación muy particular con la historia de la tauromaquia. Su inspiración no estaba únicamente en los nombres contemporáneos, sino también en las formas de torear del pasado.

El salto a los ruedos llegó siendo todavía muy joven. Cuando se vistió por primera vez de luces, llevaba un traje prestado que le quedaba grande, pero aquella experiencia tuvo para él un significado especial. Recordaría después que aquel momento le hizo sentirse «importante», aunque también era consciente de la responsabilidad que suponía para un niño.

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Morante de la Puebla. (Foto: EuropaPress)

El refugio al que siempre vuelve

Con el paso de los años, La Puebla del Río no ha perdido su importancia. El municipio continúa vinculado a la vida de Morante y aparece como ese lugar al que regresar cuando busca distancia del ruido que acompaña a su profesión.

Su relación con los caballos, el campo y el río también permanece. La vida alejada de las grandes ciudades forma parte de su entorno habitual y conecta directamente con aquella infancia en la que el paisaje sevillano era su escenario cotidiano. Allí, entre recuerdos familiares y una vida más vinculada al campo, mantiene ese vínculo con el lugar en el que comenzó a imaginarse como torero.