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Cada verano repetimos los mismos gestos: extendemos la toalla, buscamos el mejor sitio en la playa, aplicamos protector solar, a veces demasiado tarde, y disfrutamos de largas jornadas al aire libre. Sin embargo, hay un detalle que suele pasar desapercibido pese a que puede marcar una enorme diferencia para nuestra salud: observar nuestros lunares. La exposición al sol aumenta durante estos meses y, aunque el calor no hace que un lunar se vuelva peligroso de un día para otro, sí es la época perfecta para detectar cambios que durante el resto del año permanecen ocultos bajo la ropa. El doctor José Luis Ramírez, co-director de la Unidad de Láser y Cicatrices de IMR y especialista en Dermatología Médico-Quirúrgica, Medicina Estética y Medicina Capilar, explica por qué el verano debe convertirse también en la estación de la prevención y cómo pequeños gestos pueden ayudar a detectar un melanoma cuando todavía tiene cura.
El verano no provoca el problema, pero sí ayuda a detectarlo
«El verano no es el momento en que los lunares enferman de repente, pero sí es un periodo importante por dos razones: estamos más expuestos y, por tanto, hay más opciones de percibir cambios».




