Los arquitectos expertos coinciden: para reducir el calor en las ciudades hay que transformarlas en «bosques humanizados»
Un arquitecto da la clave, natural, para que el calor no se note tanto en las ciudades
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Con veranos que cada año parece que tienen temperaturas más elevadas, así como olas de calor más largas, son muchos los que piensan en soluciones. Y aunque siempre se habla de refrescar con aire acondicionado, cuando nos vamos al exterior, basta con caminar un poco para darnos cuenta de qué modo el suelo, las fachadas o el asfalto parece que retienen el calor mucho más de lo que lo hacían hace años.
Eso nos lleva a buscar sombra constantemente pero no parece que encontremos espacios en los que realmente poder evitar esa sensación sofocante. Algo que tiene que ver en cómo están pensadas las ciudades y con qué materiales se han construido durante décadas. Ese es el punto en el que varios arquitectos empiezan a coincidir. José Luis Esteban Penelas, catedrático de arquitectura y edificación en la Universidad Europea, lo resumía hace unos días en el programa La Brújula, dirigido por Rafa Latorre, con una idea que va más allá de medidas puntuales. Si el calor se ha vuelto estructural, la respuesta también tiene que serlo. No basta con aliviarlo; hay que cambiar la forma en la que se diseñan y se entienden los espacios urbanos y apostar por lo que ya se define como «bosques humanizados».
Para reducir el calor en las ciudades hay que transformarlas en «bosques humanizados»
Cuando llegan los picos de calor como los sufridos últimamente, es cuando muchas ciudades muestran donde fallan. Lo que en invierno puede pasar desapercibido, en verano se vuelve evidente: calles sin sombra, superficies que arden y barrios donde refrescarse resulta complicado. Penelas insiste en que no se trata de una anomalía puntual, sino de una consecuencia directa de cómo se ha construido. Por eso habla de transformación y no de retoque, de cambiar criterios y no solo de añadir elementos.
Las cifras ayudan a poner contexto a esa idea. Entre mayo y septiembre de 2025, cerca de 4.000 personas murieron en España por causas asociadas a las altas temperaturas. Este mismo año, en apenas una semana de junio, se superaron las 300 de modo que se evidencia lo que ya se sabe, que el calor no es sólo molesto, sino peligroso. A partir de ahí, el planteamiento de los expertos va en una dirección bastante concreta: introducir la vegetación como parte del sistema, no como un añadido estético. No se trata de «poner más verde», sino de integrarlo en la lógica de la ciudad para que tenga un efecto real sobre la temperatura. Es un cambio de enfoque que obliga a repensar desde el diseño de una calle hasta la escala de un barrio entero.
Materiales que acumulan calor y ciudades que no se enfrían
Hay un elemento que se repite en todas las explicaciones y que, sin embargo, pasa desapercibido en el día a día: los materiales. El asfalto oscuro, el hormigón o ciertas cubiertas absorben calor durante horas y lo liberan lentamente cuando cae la noche. Ese comportamiento es el que explica que, incluso de madrugada, muchas calles sigan irradiando una sensación térmica elevada.
La diferencia entre el centro urbano y la periferia puede alcanzar varios grados, en torno a seis o siete según distintas estimaciones. No es una percepción subjetiva, es el conocido efecto isla de calor. Y se nota especialmente al anochecer, cuando el campo o las zonas menos densas empiezan a refrescar mientras la ciudad se resiste a hacerlo. Dormir peor no es casualidad; tiene una explicación física. En ese contexto, la propuesta de convertir las ciudades en «bosques humanizados» no suena tan lejana. Es, en realidad, una forma de describir un modelo en el que la naturaleza no compite con la ciudad, sino que forma parte de ella. Árboles, sombras continuas, suelos más permeables y superficies que no acumulen tanto calor son piezas de un mismo engranaje pensado para reducir la temperatura de forma sostenida.
Cómo influyen la orientación y los materiales en la temperatura
Pero no todo depende de plantar árboles. El modo en que se orientan los edificios o los materiales que se eligen también marcan diferencias que, en verano, se notan. Penelas recuerda que hace décadas muchas calles estaban pavimentadas con piedra natural o granito, materiales que se comportan de manera distinta frente al calor.
Con respecto a la orientación, es esencial favorecer la ventilación cruzada pero no sólo eso. Tener en cuenta la trayectoria del sol no es un detalle menor, sino una decisión que condiciona la temperatura interior durante meses. Son aspectos menos visibles que una zona verde, pero igual de determinantes en el resultado final. Y a esto se suman soluciones que combinan tradición e innovación como las fachadas vegetales, pérgolas bien diseñadas o estructuras que imitan el comportamiento de la vegetación, reteniendo humedad por la noche y liberándola durante el día. Ideas que ya se están probando en distintas ciudades, pero requieren planificación y continuidad para que tengan un impacto real.
Mirar atrás para recuperar soluciones que ya funcionaban
Y en medio de tantas propuestas nuevas, hay quien mira al pasado con cierto sentido práctico. Antes de la llegada de grandes infraestructuras como el Canal de Isabel II, el agua formaba parte del paisaje urbano de otra manera. En Madrid, por ejemplo, existían sistemas que la distribuían por las calles, lo que ayudaba a aumentar la humedad y a suavizar la temperatura. De este modo, recuperar ese tipo de soluciones no significa volver atrás sin más, sino adaptarlas a las condiciones actuales. Y un escenario de olas de calor cada vez más frecuentes, el agua puede volver a jugar un papel relevante como regulador térmico, igual que lo hace en muchas ciudades que han apostado por fuentes, láminas de agua o sistemas de riego urbano visibles.
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