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Psicología

Los psicólogos expertos confirman que los padres que cuelgan las medallas y dibujos de sus hijos no sólo están orgullosos, en realidad están mandando un mensaje importante

Tener dibujos sujetos con imanes en la nevera, o una medalla colgada en la habitación es algo de lo más habitual en muchas casas en las que hay niños. Para los padres puede ser simplemente una manera de demostrar que están orgullosos de sus hijos, pero para los niños el gesto puede tener otro significado mucho más profundo tal y como señala la psicología.

De hecho, lleva tiempo estudiando cómo las respuestas de los adultos influyen en la forma en la que los niños perciben sus capacidades. De este modo, uno de sus trabajos en un lugar visible puede transmitir algo tan sencillo como: lo hemos visto y para nosotros importa. Sin embargo, también cuenta qué decimos al colocarlo allí. No es lo mismo celebrar únicamente que un niño haya ganado que reconocer cuánto se ha esforzado para conseguirlo.

Los psicólogos confirman que colgar  los dibujos de los hijos transmite un mensaje importante

Un garabato que para un adulto puede parecer poco importante quizá haya supuesto para el niño un buen rato dibujando, pensando qué quería hacer y eligiendo colores, así que cuando ese papel termina en la nevera en lugar de desaparecer dentro de un cajón, sabe que alguien se ha fijado en él. Esta idea puede relacionarse con la teoría de la autodeterminación desarrollada por los psicólogos Edward Deci y Richard Ryan. El modelo identifica tres necesidades psicológicas básicas: autonomía, competencia y relación con los demás.

Ver una creación propia expuesta en casa puede intervenir en dos de ellas. Por una parte está la competencia, es decir, sentir que somos capaces de hacer cosas. Por otra, la conexión con quienes nos rodean y la sensación de ser valorados. Esto no significa que llenar la nevera de dibujos consiga automáticamente que un niño tenga más confianza en sí mismo. La relación no es tan sencilla, pero ese reconocimiento puede formar parte de un ambiente familiar en el que el menor perciba que sus intereses y su trabajo reciben atención.

No es lo mismo elogiar el esfuerzo que decirle que es el mejor

Las palabras que acompañan al dibujo o a la medalla pueden ser incluso más importantes que decidir dónde colocarlos. Pensemos en dos niños que reciben un premio. A uno le dicen que es brillantísimo y el mejor de todos. Al otro le recuerdan cuánto ha practicado para conseguirlo. En ambos casos existe orgullo, pero el mensaje cambia. Los trabajos de la psicóloga Carol Dweck y otros investigadores han estudiado las diferencias entre elogiar características personales y reconocer aspectos como el esfuerzo, las estrategias utilizadas o el proceso de aprendizaje.

Cuando la atención se centra únicamente en ganar o en ser especialmente inteligente, el niño puede empezar a relacionar el reconocimiento con el resultado. Esto cobra importancia cuando aparece un fracaso. Si ser bueno significa ganar siempre, perder puede resultar mucho más difícil de encajar. Valorar el trabajo realizado permite mirar el resultado de otra manera. La medalla celebra una victoria, pero los entrenamientos, las veces que algo salió mal y la constancia también forman parte de lo conseguido.

La nevera puede convertirse en un álbum de recuerdos

No todo tiene que ver con los logros. Muchas veces los padres guardan estas cosas simplemente porque quieren conservar un momento de la infancia de sus hijos. El primer dibujo, una manualidad del colegio o una fotografía pueden tener poco valor material y muchísimo para una familia. Por ello, poner esos recuerdos en lugares por los que se pasa constantemente hace que formen parte de la vida cotidiana. Para un niño, verlos puede transmitir que sus experiencias tienen un espacio dentro de la familia. Para los padres, el mismo dibujo puede acabar recordándoles años después una etapa concreta de su infancia.

El problema aparece cuando sólo se celebran los éxitos

Reconocer el trabajo de un niño también puede animarle a continuar con una actividad. Si ha dedicado tiempo a pintar, practicar un deporte o aprender a tocar un instrumento y sus padres muestran interés, esa respuesta puede servir de motivación. La cuestión cambia cuando el reconocimiento depende siempre del resultado. Si las medallas tienen un lugar privilegiado pero aquello que no terminó en premio nunca merece atención, el niño puede recibir un mensaje diferente al que sus padres pretendían transmitir.

Por eso no hace falta esperar a que llegue un gran logro. Una tarjeta hecha a mano, un dibujo imperfecto o una manualidad pueden ocupar exactamente el mismo lugar. Celebrar únicamente el resultado puede poner todo el peso en ganar; interesarse también por el proceso permite reconocer lo que hubo antes. Al final, lo importante no es la nevera ni la pared elegida para colocar un diploma. Es lo que ocurre alrededor de ese gesto. Cuando un niño descubre que sus padres han guardado algo que hizo y han decidido dejarlo a la vista, puede entender que aquello a lo que dedicó su tiempo también importa en casa.