Los plenos del alcalde Miquel Oliver
Hay alcaldes que entienden el pleno municipal como una herramienta democrática. Un lugar donde se discute, se discrepa y, con un poco de suerte, se gobierna pensando en todos. Y luego están los plenos del alcalde Miquel Oliver, que parecen más bien una representación de teatro experimental donde el protagonista nunca acepta que haya público crítico en la sala.
Uno asiste para apoyar a mis compañeros de Vox en Manacor, para escuchar propuestas, para comprobar cómo marcha el municipio y para ejercer algo tan sencillo como el interés por la vida pública. Pero en Manacor eso parece molestar. Especialmente si quien ocupa un asiento no forma parte del aplauso obligatorio al separatismo institucionalizado que algunos consideran la única opinión legítima.
Hay algo profundamente revelador en un político que convierte la presencia de un ciudadano en una obsesión personal. Porque el problema nunca es quien grita desde la grada; el problema es quien desde el poder pierde la compostura cada vez que detecta una mirada incómoda. Y eso ocurre demasiado a menudo en los plenos del separatista Miquel Oliver.
La mala educación en política no siempre consiste en levantar la voz. A veces es peor: consiste en usar el cargo para señalar, ridiculizar o convertir al discrepante en parte del espectáculo. Esa costumbre tan antigua de algunos nacionalistas de dividir el mundo entre buenos mallorquines y sospechosos habituales. Entre quienes merecen respeto institucional y quienes deben ser tratados como una molestia.
Lo más curioso es que luego hablan constantemente de convivencia. La palabra convivencia les encanta. La pronuncian con solemnidad, como si acabaran de descubrir la paz mundial en una cafetería ecológica de la capital del Llevant. Pero la convivencia empieza por aceptar que en un pleno municipal también puede sentarse alguien que piensa distinto. Incluso alguien de Vox. Qué escándalo.
Porque ese parece ser el verdadero pecado: no callarse. No asumir que determinados espacios públicos son patrimonio ideológico de unos pocos. Resulta incómodo comprobar que cada vez más vecinos están cansados de una política convertida en catecismo identitario mientras los problemas reales siguen esperando turno.
Y ahí aparece el nerviosismo. El gesto torcido. La ironía mal digerida. El intento constante de personalizar el debate para evitar hablar de lo importante. Es más fácil convertir a un asistente en enemigo oficial del día que responder con serenidad a las críticas. Mucho más fácil teatralizar que gobernar.
La democracia municipal debería parecerse menos a un club privado y más a una plaza abierta. Los plenos no son propiedad del alcalde ni de su sensibilidad política. Son de los vecinos. También de los que discrepan. También de los que no participan del fervor separatista que impregna tantas instituciones de Baleares.
Quizá algún día Miquel Oliver descubra que la autoridad no consiste en incomodarse ante la oposición ni en repartir etiquetas desde la presidencia del pleno. La autoridad de verdad tiene algo de paciencia, algo de educación y bastante de respeto.
Mientras tanto, en Manacor seguiremos asistiendo a esos plenos donde algunos pretenden gobernar el municipio y otros, aparentemente, vigilar quién osa mirar demasiado de cerca.
- David Gil de Paz es portavoz adjunto de Vox en el Consell de Mallorca.
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