La nueva locura inmobiliaria en Mallorca: se venden pisos okupados que superan los 700.000 euros
Estas propiedades, la mayoría de los casos, terminan en manos de fondos de inversión para especular
En Mallorca, el mercado inmobiliario ha cruzado una línea que hace apenas unos años habría parecido impensable: vender viviendas okupadas a precios desorbitados. Lo que antes se consideraba un activo problemático, hoy se anuncia sin complejos en portales como Idealista, con cifras que rivalizan con inmuebles en perfecto estado y listos para entrar a vivir.
La fotografía actual resulta tan llamativa como inquietante. En el barrio del Rafal Vell, un piso de apenas 69 metros cuadrados se oferta por 377.000 euros pese a estar ocupado por una familia con niños pequeños. No es un caso aislado. En una céntrica calle de la barriada del Amanecer, una vivienda alcanza los 795.000 euros en condiciones similares. Y en la calle Vallgornera, en Son Gual, otro piso okupado sale al mercado por 440.000 euros.
Son ejemplos concretos de una tendencia que se está consolidando silenciosamente: la normalización de vender propiedades a las que el comprador, en la práctica, no puede acceder. El problema va mucho más allá del precio. Estas viviendas no se pueden visitar, lo que impide evaluar su estado real. Tampoco pueden tasarse con garantías, un requisito imprescindible para que los bancos concedan hipotecas. El resultado es un mercado restringido a compradores con alta liquidez o dispuestos a asumir riesgos legales y económicos considerables. En otras palabras, el comprador medio queda completamente fuera del juego.
Pero donde unos ven obstáculos, otros ven oportunidades. En la gran mayoría de los casos, estas propiedades terminan en manos de fondos de inversión. El mecanismo se repite: adquieren viviendas —o incluso edificios enteros— con problemas de ocupación, esperan o fuerzan su desalojo, los reforman y los devuelven al mercado a precios aún más altos. El margen de beneficio puede ser enorme.
Este fenómeno no solo distorsiona los precios, sino que también redefine el acceso a la vivienda. La okupación, lejos de frenar el mercado, está siendo absorbida por él. Mientras tanto, para los residentes locales, la sensación es de expulsión progresiva. Comprar una vivienda ya era difícil; hacerlo en estas condiciones se vuelve directamente inviable. La paradoja es evidente: casas inhabitables que se venden como lujo futuro, en una isla donde cada vez es más complicado simplemente vivir.
Mallorca se enfrenta así a una nueva realidad inmobiliaria, una en la que el valor no reside en el presente del inmueble, sino en su potencial especulativo. Y donde incluso lo que no se puede habitar se paga como si ya fuera exclusivo.
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