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La estupidez como ley inexorable

Lo siento, pero debo volver a nombrarlo. El doctor Carlo M. Cipolla fue, quizá, quien con mayor brillantez explicó la estupidez humana. Y su conclusión sigue siendo incómodamente vigente: la estupidez no es una anomalía, es una constante. Tan inexorable como la gravedad. Está ahí, operando siempre, condicionándolo todo.

Porque sí, la estupidez también vota, opina, se manifiesta y dicta el rumbo de las sociedades.

En Estados Unidos, cerca de 97 millones de ciudadanos votaron a Donald Trump en unas elecciones que marcaron un punto de inflexión. Entre promesas, una destacaba por encima de todas: «No a la guerra». Un eslogan tan potente como simplista. Porque una cosa es desear el fin de los conflictos y otra muy distinta ignorar su naturaleza.

Trump prometió acabar con las guerras, pero nunca dijo que no intervendría en ellas. Y ahí reside la trampa intelectual de tantos: confundir el deseo con la realidad. ¿Quién empezó primero?

El ataque a Israel el 7 de octubre de 2023 por parte de Hamás, Hezbolá y el respaldo de Irán no fue un episodio aislado. Fue el detonante de una escalada anunciada. Miles de muertos, secuestros, violaciones… y, aun así, parte de la opinión pública occidental parece haber decidido mirar hacia otro lado.

En Estados Unidos resurgen los «No a la guerra». Como si la memoria fuera selectiva. Como si los atentados del 11 de septiembre de 2001 nunca hubieran ocurrido. Como si el terrorismo islamista fuera una abstracción lejana y no una amenaza real que ha golpeado repetidamente a Occidente.

Y en España, esa amnesia adquiere tintes aún más preocupantes. Aquí hemos aprendido a olvidar demasiado rápido. Hemos diluido el recuerdo del terror de ETA y de sus víctimas hasta el punto de normalizar lo que nunca debió ser aceptable. Entre sus dirigentes más sanguinarios estuvo Soledad Iparraguirre, conocida como Anboto, jefa de la banda y responsable de una larga trayectoria criminal. Sobre ella pesan múltiples asesinatos y atentados, con decenas de víctimas a sus espaldas, formando parte de una organización que sembró España de miedo, sangre y silencio durante décadas.

También hemos enterrado, bajo capas de relato interesado, la memoria del atentado del 11 de marzo de 2004. Y mientras tanto, seguimos repitiendo mantras simplistas: que retirarse de conflictos nos protege, que mirar hacia otro lado nos salva. Pero la realidad es tozuda.

España salió de Irak… y eso no impidió el atentado de Barcelona de 2017. Dieciséis muertos. Más de trescientos heridos. La violencia no desaparece porque decidamos ignorarla.

¿Quién quiere la guerra? Esa no es la pregunta correcta. La cuestión es si estamos dispuestos a comprender que hay conflictos que no elegimos, pero que nos alcanzan igualmente. ¿Debería Volodímir Zelenski haberse rendido sin más ante la invasión de Vladímir Putin? ¿Debió Estados Unidos aceptar sin respuesta el ataque a Pearl Harbor? ¿Habría sido razonable permitir que Adolf Hitler se adueñara de Europa sin oposición?

La historia ya ha respondido a esas preguntas. Pero parece que algunos han decidido olvidarlo. Porque el problema no es el deseo de paz. El problema es la cobardía intelectual disfrazada de virtud. Esa que confunde rendición con humanidad y pasividad con moral superior.

Y ahí es donde la estupidez deja de ser un defecto individual para convertirse en un peligro colectivo. Porque una sociedad que blanquea a asesinos, que relativiza el terror y que desprecia su propia memoria está condenada a repetir exactamente aquello que dice aborrecer.

Y cuando ese momento llegue —porque llegará—, ya no habrá consignas que nos protejan, ni pancartas que detengan la violencia, ni relatos que maquillen la realidad.

Sólo quedará la verdad desnuda: que no supimos defendernos, que no quisimos entender… y que, por comodidad o por miedo, elegimos ser cómplices de nuestra propia derrota.