Escándalo en Palma: el ‘baño de los horrores’ de un bar destapa a un espía sexual que grabó a más de 400 mujeres
Un espacio cotidiano se convirtió durante años en el escenario de uno de los episodios más inquietantes de voyeurismo en la isla
Nadie que cruzara la puerta de aquel pequeño baño de Palma, el bar Mayvan, podía imaginar lo que realmente ocurría entre sus paredes. Un espacio cotidiano, aparentemente inofensivo, se convirtió durante años en el escenario de uno de los episodios más inquietantes de voyeurismo en la isla. Hoy, ese lugar ya tiene nombre propio: el baño de los horrores, donde un voyeur grabó a más de 400 mujeres sin que ninguna de ellas sospechara que estaba siendo observada.
Palma vuelve a estremecerse ante uno de los casos más turbios y perturbadores de los últimos años. La Audiencia Provincial ha endurecido la condena contra un hombre, español de 45 años, que convirtió el baño de mujeres de su propio bar en un auténtico centro de espionaje sexual. De dos años y ocho meses de prisión, la pena ha sido elevada a cuatro años, tras eliminarse dos atenuantes que, según el tribunal, resultaban claramente insuficientes ante la gravedad de lo sucedido.
Los hechos ocurrieron entre 2016 y julio de 2022 en un bar situado en la calle Vinyassa, en pleno centro de la capital balear. Durante ese tiempo, el acusado ideó un sistema tan simple como macabro: ocultó una cámara oculta dentro de una botella de plástico colocada estratégicamente en el baño femenino. El dispositivo apuntaba directamente hacia la taza del váter, captando imágenes íntimas de las clientas sin su consentimiento, en un acto continuado de invasión extrema de la privacidad.
La magnitud del caso hiela la sangre. Según fuentes policiales, más de 400 mujeres pudieron haber sido grabadas en este espacio. Mujeres de todas las edades, clientas habituales o visitantes ocasionales, que nunca imaginaron que aquel gesto cotidiano –cerrar la puerta de un baño– no garantizaba su intimidad. Sin embargo, la Policía Nacional sólo ha logrado identificar a 26 víctimas, entre ellas cuatro menores de edad. La investigación no se amplió a más posibles afectadas debido a un inquietante motivo: la pena sería la misma tanto si se confirmaban 26 víctimas como si ascendían a 400.
Durante el juicio quedó acreditado que el acusado almacenaba meticulosamente todo el material en su vivienda, utilizando tarjetas de memoria y discos duros. Una colección sistemática de vídeos que reflejan la frialdad con la que actuaba. Aunque no se ha podido demostrar que difundiera las imágenes, él mismo reconoció que las visualizaba en privado, lo que refuerza el carácter compulsivo de su conducta.
En su defensa, alegó un consumo elevado de cocaína y alcohol, asegurando que su estado mental lo llevó a cometer estos actos de forma indiscriminada. Sin embargo, el tribunal ha sido contundente al valorar que esa explicación no justifica ni reduce la gravedad de lo sucedido.
Inicialmente, se le aplicaron atenuantes por drogadicción y por reparación del daño. Pero la Audiencia ha sido tajante: las compensaciones económicas –alrededor de 18.000 euros en algunos casos y apenas 1.000 euros en otros– fueron calificadas de «irrisorias e insuficientes» para el daño causado, un daño que no puede medirse únicamente en términos económicos.
El fallo judicial, impulsado parcialmente por el recurso de la Fiscalía y de las acusaciones particulares, marca un punto de inflexión en un caso que ya es considerado uno de los mayores escándalos de voyeurismo en la historia reciente de Palma.
Más allá de la condena, queda la huella imborrable de un delito que vulneró la intimidad de cientos de mujeres en un lugar donde deberían sentirse completamente seguras. Un caso que no solo indigna, sino que también reabre el debate sobre la protección de la privacidad, los límites de la vigilancia ilegal y la necesidad de reforzar las medidas contra este tipo de crímenes silenciosos, invisibles, pero profundamente devastadores.
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