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Cómo hemos cambiado

Cómo hemos cambiado, cantaba Presuntos Implicados. Y vaya si hemos cambiado.

Hubo un tiempo en el que una portada de un periódico de papel podía hacer temblar un gobierno. Ponía y quitaba consellers —tanto del Gobierno balear como del Consell de Mallorca—, concejales, alcaldes e incluso presidentes. Bastaban dos o tres días de titulares para que algún político empezara a mirar el BOE con nostalgia y preparara discretamente las cajas de cartón del despacho.

Ahora puedes dedicarle 25 portadas consecutivas a un dirigente y el aludido sigue saludando con una sonrisa, inaugurando rotondas, haciéndose selfies y subiendo vídeos a TikTok. Algunos porque realmente tienen razones para resistir. Otros porque han descubierto que, en política, la piel de cocodrilo cotiza más que la vergüenza. Los tiempos cambian. El caso de Pedro Sánchez y su Gobierno de imputados y de presuntos delincuentes es un caso digno de estudio.

Y también ha cambiado el poder de quienes escriben esas portadas. Nos guste o no, la prensa de papel lleva tiempo dando sus últimos coletazos como gran prescriptora de la opinión pública. Cada año pierde lectores, influencia y capacidad para marcar la agenda. Lo que durante décadas fue el desayuno obligatorio de miles de personas hoy compite con un teléfono móvil que se actualiza cada segundo.

Algunas cabeceras entendieron hace tiempo que el futuro no consistía en cambiar la rotativa por una página web, sino en cambiar la mentalidad. Otras, sin embargo, siguen buscando al culpable en Google, Facebook, Elon Musk o los algoritmos, cuando quizá deberían empezar por mirarse al espejo. Adaptarse nunca fue una opción; era una obligación. Hay periódicos que todavía creen que viven en 1998. El problema es que los lectores hace tiempo que están en 2026.

También hay que decirlo: algunos políticos ya no se ponen a los pies de determinados editores que vivieron tiempos mejores y que todavía creen que el mundo gira alrededor de su línea editorial. Confunden influencia con nostalgia y poder con costumbre. Y no siempre es lo mismo.

En Baleares, el panorama periodístico ha dado, en apenas un año, un giro copernicano. De esos que nadie vio venir… o que algunos no quisieron ver. Las redes sociales, los nuevos formatos digitales y la salida de periodistas con nombre y apellidos de cabeceras históricas han cambiado las reglas del juego mucho más que cien congresos sobre el futuro de la comunicación.

A eso hay que sumar la jubilación de auténticos referentes del oficio y la incorporación de un nuevo talento al que se le pide que sea periodista, cámara, editor de vídeo, fotógrafo, community manager, diseñador gráfico, experto en SEO y, si sobra tiempo, que saque una exclusiva antes de comer. Todo ello por unos 1.100 euros al mes. No es extraño que, a los dos o tres meses, entreguen los 15 días de preaviso. No abandonan el periodismo; simplemente intentan llegar a fin de mes.

Luego nos preguntamos por qué cuesta encontrar profesionales con experiencia. La respuesta, curiosamente, suele aparecer en la nómina.

Mientras tanto, medios históricos y secciones que durante décadas marcaron la agenda pública han quedado reducidos a su mínima expresión. La audiencia, afortunadamente, es mucho más democrática que antes: no entiende de nostalgias ni de escudos centenarios. Simplemente hace clic donde encuentra información útil, rápida, contrastada y creíble.

Por la parte que nos toca, en OKBALEARES no podemos esconder la satisfacción. Somos el tercer periódico más visitado de Baleares, el medio que más ha crecido en la última década y el preferido por buena parte del público joven. Además, nos hemos consolidado como un referente en información de sucesos, tribunales y emergencias.

Pero sería injusto celebrar esos datos mirando únicamente hacia delante. Cuando uno echa la vista al retrovisor y observa la situación de medios con tanta historia, de compañeros y de amigos con los que ha compartido madrugadas, cierres imposibles y coberturas memorables, los buenos resultados tienen inevitablemente un cierto sabor agridulce. De hecho, algunos portales web que en su día fueron todo un referente en nuestra comunidad ahora se desmoronan como un castillo de naipes en cada entrega del EGM.

Porque esto nunca debería consistir en alegrarse de que al vecino le vaya peor. La competencia te obliga a mejorar; la desaparición de buenos periodistas solo empobrece el oficio.

El periodismo sigue teniendo la misma obligación que hace 50 años, aunque ahora se publique en una pantalla de seis pulgadas. Honestidad. Transparencia. Capacidad para reconocer los errores cuando se cometen. Y recordar cada día esas preguntas que parecen tan básicas y que, sin embargo, cada vez cuesta más encontrar completas en algunas noticias: qué, quién, cuándo, dónde, por qué, cómo… y para qué.

Adaptarse a los nuevos formatos sin renunciar a la esencia del oficio. Porque un vídeo vertical no sustituye una investigación, un titular estridente no reemplaza una buena información y un hilo en redes sociales jamás será mejor que una noticia bien contrastada. Y luego está la enfermedad de nuestro tiempo: la inmediatez. Esa obsesión por ser el primero, aunque sea para tener que corregir la noticia diez minutos después. Hay quien llega siempre el primero… al desmentido.

Llegar el primero tiene mérito. Llegar el primero y acertar, mucho más. Quizá, ya lo dicen los grandes de esta profesión, ése sea el gran reto del periodismo digital: correr sin perder el equilibrio. Informar sin convertirse en un altavoz. Opinar sin confundir opinión con militancia. Adaptarse sin perder el alma. Y recordar que los lectores pueden perdonar un error, pero rara vez perdonan que les tomen por ingenuos.

Las portadas ya no tumban gobiernos como antes. Los algoritmos tampoco hacen milagros. Pero la credibilidad sigue siendo el único patrimonio que un medio no puede comprar, ni heredar, ni maquillar con una campaña de marketing.

Porque al final, los lectores cambian de soporte. Lo que nunca deberían tener que cambiar es la confianza.