Ángel Martín, el buen artesano del gag verbal
Llenó la sala magna del Auditórium de Palma con su monólogo humorístico 'Somos monos'
El punto de partida es dar por hecho que el hombre usa un 0% de las capacidades de su cerebro
Toda comedia, y el monólogo humorístico es un caso singular de comedia, suele rematar el final con una moraleja o reflexión moral que, en el caso de Somos monos, es la reivindicación del derecho a reírnos los unos de los otros y viceversa. Ángel Martín llenó la sala magna del Auditórium, lo que demuestra que sigue viviendo un momento dulce con sus monólogos, en los que predomina el relato tranquilo, midiendo los tiempos con maestría hasta la explosión final de cada gag verbal y siempre actuando como lo que es: un buen artesano de la palabra, convertida en trabajada materia prima.
Somos monos toma como eje en su desarrollo argumental la idea base de cómo ha cambiado nuestra vida a partir de aplicar las nuevas tecnologías al mundo de la comunicación, especialmente en teléfonos móviles y el uso que hacemos de internet. De manera que el punto de partida es dar por hecho que el hombre usa un 0% de las capacidades de su cerebro, al ir delegando por completo su capacidad de elección.
A partir de aquí se le abre un horizonte inmenso de posibilidades para ir tejiendo el relato y lo mejor de todo, sin la necesidad de recurrir al histrionismo, aunque es cierto que sus gestos secos, divertidos, casuales, sí le dan un cierto barniz de hombre-espectáculo.
Por lo general, se refugia en ese perfil de hombre tranquilo, algo acelerado, que le convierte en alguien de una proximidad absoluta. Es el amigo de toda la vida, el que está llamándonos la atención sobre ciertas conductas absurdas, dando preferencia a lo que dice internet antes que aplicar sentido común a las pequeñas cosas del día a día. Un aspecto sorprendente de este monólogo es llevarle la contraria a la corrección política, empezando por la castración histérica de las películas de Disney –el beso a Blancanieves, no consentido, sin ir más lejos– y tantas cosas que son ferozmente manipuladas por las ideologías dominantes, incluso denunciar la interesada polarización.
Todo ello le lleva a un final que es en sí mismo una patada de hartazgo, al sellar el monólogo con esta frase demoledora: «¡No echemos más leña a la chimenea del odio!». En el fondo es la reivindicación del papel centenario del bardo. Reírse de todo con gracia y sin necesidad de dar explicaciones.
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