El ‘caso Josué’, 20 años sin respuesta: su padre dejó de dar señales de vida días después de su desaparición
Josué desapareció días después de que su madre decidiera separarse de su padre
El 10 de abril, hace 20 años, Josué Monge García, un niño sevillano de 13 años, salió de su casa de Dos Hermanas (Sevilla) en bicicleta rumbo a la vivienda de un amigo, donde iba a quedarse a dormir. Sin embargo, nunca llegó a su destino. La familia denunció su desaparición días después y su padre, Antonio Monge Rodríguez, tomó su furgoneta y comenzó por su cuenta la búsqueda de su hijo.
Tras 13 días, Antonio dejó de responder al teléfono. Veinte años después de la desaparición, no hay rastro de ninguno de los dos ni tampoco de la furgoneta con la que comenzó a buscar a Josué.
La Policía, que aún no ha esclarecido lo ocurrido, sostiene que podría tratarse de un caso de violencia vicaria y que Antonio habría matado a su hijo, ocultado su cadáver y posteriormente suicidado.
El caso fue valorado como violencia vicaria después de que se conociera que Isabel García, la madre de Josué, sufría malos tratos y había decidido separarse de Antonio Monge. Días después de ésta decisión, su hijo desapareció.
Huida a Portugal
Desde el inicio, el juzgado autorizó intervenir las llamadas telefónicas de todos los integrantes de la familia. Durante semanas se escucharon las conversaciones de padres, tíos y abuelos, pero no se encontró ningún dato relevante. Josué disponía de un teléfono móvil que dejó de emitir señal justo en el momento de su desaparición. Desde entonces permanece apagado y nunca ha vuelto a encenderse. Algo similar ocurrió con el teléfono del padre trece días más tarde.
Una de las líneas de investigación que barajó la Policía era que el padre pudiera haber salido de España. Además de la difusión de las alertas del padre y del hijo a través de Interpol y Europol, algo habitual en estos casos, se realizaron consultas con distintos cuerpos policiales europeos para comprobar si algún agente había localizado a Antonio Monge en algún control o si su furgoneta había sido denunciada por alguna infracción de tráfico.
La Policía era conocedora, por información aportada por la madre, de que a Antonio Monge le atraía especialmente Portugal, se llevaron a cabo gestiones intensas con la policía portuguesa. Incluso hubo contactos directos entre los agentes del Grupo de Homicidios de Sevilla y sus homólogos en Portugal. Algo similar ocurrió con Marruecos, donde se revisaron las listas de entrada al país y los registros de los ferris que cruzan el Estrecho.
Se revisaron los registros de la Seguridad Social para comprobar si Monge había recibido alguna pensión o ayuda económica. También se investigaron sus cuentas bancarias. No constaba que hubiera retirado dinero ni utilizado tarjetas de crédito. No había ningún movimiento. En este caso, el rastro del dinero, que en otras ocasiones resulta clave, tampoco aportaba ninguna pista en el caso de los Monge.
La furgoneta era una de las piezas fundamentales que podían resultar clave en la investigación. La Policía remitió oficios a todos los municipios de España (más de 8.000) para averiguar si el vehículo había sido sancionado por alguna infracción o retirado por una grúa municipal y llevado a algún depósito. En las dependencias del Grupo de Homicidios se fue acumulando una gran cantidad de documentos con las respuestas de los ayuntamientos, todas ellas negativas.
Ante la hipótesis de que Antonio Monge pudiera haberse quitado la vida arrojándose al río Guadalquivir con la furgoneta, un helicóptero policial realizó varias búsquedas aéreas a lo largo de toda la ribera, desde Córdoba hasta Sanlúcar de Barrameda. Estos vuelos se llevaron a cabo en verano, cuando el nivel del agua era más bajo. También se inspeccionaron distintos embalses. El helicóptero sobrevoló la Sierra Morena, desde la provincia de Córdoba hasta la de Huelva, sin que desde el aire se encontrara ningún indicio ni rastro.
Sectas
La familia Monge era muy religiosa y uno de los hermanos de Antonio ejercía como predicador en una iglesia evangélica. El presunto asesino solía realizar aportaciones económicas y, ante la posibilidad de que hubiera abandonado su fe para unirse a otra, la Policía investigó posibles sectas que tenían comunas, por si el padre y el hijo se hubieran integrado en alguna de ellas.
En una ocasión, alguien aseguró haber visto a Josué en un pueblo de Lérida, cerca de la frontera con Francia, aunque finalmente se comprobó que se trataba de otro niño con un gran parecido.
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